Revista ALHUCEMA ( Nº 26, julio-diciembre 2011)
BOLAÑOS, Aimée G. Las palabras viajeras (poemas). Madrid: Editorial Betania, 2010. 88p.
Por Nubia Hanciau (Universidad Federal de Río Grande, Brasil)
la puerta de la casa abierta/sueño feliz/de la viajera que regresa/al hogar desnudo/de la isla constante
Las palabras viajeras
¿Cómo reseñar un libro de poesía que causa en el que reseña constante deslumbramiento, un susto detrás de otro, un develamiento aquí, otro en la página siguiente? se pregunta el profesor Luís Augusto Fischer, exactamente lo que siento al reseñar Las palabras viajeras, poemario de Aimée G. Bolaños, publicado en España (2010) y presentado en la 38ª Feria del libro de la Universidad Federal de Río Grande (2011).
Un (a) poeta ensaya varias voces a lo largo de su carrera, y, si persistir, alcanza aquella que inconfundiblemente es la suya. Las palabras viajeras liga, por su temática, todas las fases de la autora, desde El Libro de Maat y Pensar a narrativa (Brasil, 2002), pasando por Las Otras. Antología mínima del Silencio (España, 2004) y Layla y Machnún, el amor verdadero (España, 2006), en coautoría con Emilio Ballesteros, hasta Poesía insular de signo Infinito. Una lectura de poetas cubanas de la diáspora (España, 2008).
Los cincuenta y dos poemas son agrupados en cuatro movimientos. El primero, titulado Memorias, reúne reflexiones e indagaciones referidas a la memoria, su lugar en el día a día de la poeta, la rememoración de las percepciones o acontecimientos pasados, fuertemente influenciados por la organización en esquemas do conocimiento y espíritu, cuyo temperamento y carácter marcan el proceso de rememorar. Los diecinueve poemas que constituyen esa primera parte son precedidos por dos epígrafes, de Santa Teresa de Jesús y Cecília Meireles, que sustentan las memorias de la autora de Las palabras viajeras, y confirman como gran parte de nuestra memoria patente en la vida cotidiana reposa en la imaginación, nutrida por la afectividad, por el sufrimiento y por el amor. Recurriendo a las poetas de los epígrafes y a la autora del poemario, analistas de los sentimientos a través de siglos de literatura, se lee: “Y el tiempo mítico es mucho más duradero y esencial que el tiempo cotidiano; éste toma sentido en aquel y se mueve en círculos concéntricos que en realidad no hacen sino asomarse una y otra vez a las realidades que los mitos nos recuerdan”. (Carta de Yahya, p. 9). Así, los escenarios y los modos de vida mudan de acuerdo con las épocas y nos sorprendemos al constatar hasta que punto los textos, tanto los propios como los de otros autores, se aplican a la personalidad del hombre y de la mujer contemporáneos. Pasando de la carta de Yahya a la “Cámara oscura” (título del poema, p. 11) – cámara de la que también nos habla Barthes al aproximarnos a La cámara clara (1984, p. 53) – reparamos que “algo perturbador/ entró en la escena/ y en la mudez de la imagen/ el espacio se espacio se volvió teatro” (p.11). Y como la fotografía es contingencia pura, alguna cosa representada, ella ofrece de inmediato los detalles que la poeta consigue con sus versos animar.
Todo poema responde a interrogaciones en relación a la memoria, sin la que él no habría nacido. La memoria tiene también el papel de traer al presente lo que permanece de nuestro pasado que, sin ella, parecería un gran vacío, afirman Jean-Yves e Marc Tadié, en Le sens de la mémoire [El sentido de la memoria] (1999, p.11). Es de lo que tratan los versos de “Él se retrata en el olvido” al hacer presente una figura “sólidamente plantada/ en el miserable piso/ del tiempo” (p.12) y, de la misma forma, en el poema: “Ella [pálida y leve] no sabe que se retrata” (p. 13). Del corto poema “Inocencia” (p.14), se desprende una concepción de poesía en plena inocencia y libertad creativa, poesía de alguien que ya no existe, pero escribe al margen del retrato. Al rememorar la familia, la poeta retoma el tema de la cámara, focalizando los planos del escenario eternizados en aquel instante. Otros retratos se siguen, deshabitados y/o perdidos, signos de identidad que se impone a la memoria, muchas veces tomada por la nostalgia. “Una vieja casa, un pórtico, una sombra […] una calle desierta…” recuerda, más una vez, Barthes (1984, p. 63).
La foto – para Maya Islas, poeta e artista plástica de las más reconocidas de la diáspora cubana – es el instante del pasado donde quedamos congelados en un eterno ahora. Además de las imágenes captadas por la luz, que existen en tiempo y espacio, permanecen igualmente las caras y los cuerpos del poema…; los poemas que describen las memorias a través de las fotos son elementos importantes para validarnos, para extendernos en la eternidad.
“Yo nací entre los mimos de una casa señorial que habitaba de lleno los sonidos del mar” (p. 29) dice Alina en su carta, y con ella el tema de la habitabilidad es retomado en los poemas finales del primer movimiento memorial de Aimée G. Bolaños: “El patio particular”, “Casa”, “Hogar”, “Morada”, “Casa de palabras” (p. 23-27); en esos espacio concretos las representaciones imaginarias del lugar son puestas en escena junto a las nociones de memoria, habitabilidad y hospitalidad, recurrentes en obras literarias y teóricas de la contemporaneidad. Para Jacques Derrida, un acto de hospitalidad solo puede ser poético. Es que lo que se ve ante la puerta siempre abierta de la casa, donde “Ao anoitecer brincamos as cinco pedrinhas/ no degrau da porta da casa” (p. 16), versos simples y familiares de Alberto Caeiro – “el maestro ingenuo” de los heterónimos y del propio Fernando Pessoa –, citados por Aimée, que rememoran y enfatizan la propia conciencia de existir, de la infancia, de la presencia de la muerte, del amor a la vida y por los seres, en vínculo estrecho con la localización. Pues estar en el mundo y la re/constitución de la memoria de esa presencia suponen un cúmulo de experiencias vividas en uno o varios espacios. En verdad, si por un lado habitamos lugares; por otro, ellos nos habitan a lo largo de nuestra existencia.
Entre esos poemas “del habitar” y la inclusión de la carta “increíblemente poética” de Alina, al final de las Memorias, la autora de Las palabras viajeras ofrece, para la reflexión, los fulgurantes versos de Orbis Tertius:
el poema es la palabra/perdida/sin origen ni destino/en eterna travesía//el poema es la palabra/perdida/que habita la casa real
de la figuración infinita (p. 28)
En las palabras errantes es que viajan los poemas [escritos y] no escritos… y llegan al lector de la poeta. J. Guillermo Renart, profesor jubilado de la Universidad de Ottawa, aproxima con propiedad la lectura de esos bellísimos versos a las reflexiones teóricas del canadiense Northrop Frye: “Poesía…‘canción de palabras’, lenguaje en melodía insustituible e iluminadora”.
El segundo movimiento, los Autorretratos, está compuesto por seis poemas anunciados por la cita de Cecília Meirelles – “Entre mim e mim, há vastidões bastantes”. Los versos de este segmento llevan al momento mítico de la Isla, a los orígenes, a la infancia, y revelan la perplejidad frente al universo: “¿dónde estoy? El aire nos esculpe y da forma, dice Alejo Carpentier. La poeta Aimée no escapa a esa verdad, sus versos siguen esa línea de transformaciones, una vez más según la lectura de Maya Islas. El tema de la identidad fracturada, tan caro al pensamiento posmoderno, transparece; los estados de ánimo, a veces desolados, otras angustiados o apasionados, se reproducen en “confusas tramas”, “infinitos ilegibles”, “fiel a lo ilusorio del tejido”, “semejante a lo mismo y lo diverso”, “en la intrincada tela que imagino” (p. 39, todas las citas) de los sujetos líricos textuales.
“El amor por una persona determinada […] hermoso accidente pasajero, menos real en cierto sentido que los predisposiciones y opciones que lo preceden y que sobrevivirán a él” (p. 41), fragmento de la cita de Marguerite Yourcenar, introduce el tercer movimiento, denominado Autoconfesiones, formado por poemas de la revelación, que desvelan el amor recóndito que se expresa por medio de la literatura. Metafóricamente el amor es “albatros/ que en el poema te liberas” (p. 46). El objeto de ese amor oscuro tal vez lo ignore: “el amor/ es el más difícil de las artes” (p. 59). Por medio de la evocación de detalles fantásticos – invocando a Gertrudis Gómez de Avellaneda cuando afirma “soy loca por completo” (p. 67) – que la poeta incluye para declararse osada en su poesía sutil y delicada, ella suelta las amarras que nos prenden al día a día, alza el vuelo, al percibir que las pequeñas y grandes tragedias, las dádivas que componen el juego de la existencia son parte de un sentimiento mayor que ni siempre se puede dominar o comprender. La libertad, los pensamientos eróticos o el afecto con que altera el sentido común de sus versos son los mismos que podemos tener ante la vida, tanto más real cuanto más se deja guiar por el amor que, como Dante escribió en la Divina Comedia, “mueve el sol y las demás estrellas” y rige, por sí, todas las cosas.
Al final otros escritos son introducidos, prosa de alto voltaje poético, en la feliz idea de utilizar cinco cartas de amor, tributo a las “cartas portuguesas” de Mariana Alcoforado, para hablar de sensaciones y filosofías. El ritmo esperado es quebrado, expediente utilizado anteriormente en la abertura, por medio de la inserción de fragmentos de cartas de otros poetas, la primera de Yahya [Emilio Ballesteros] (p. 9-10), la segunda de Alina [Alina Galliano] (p. 29-30) y, después, de María José [María José Mures] (p. 65-66). Mas son las epístolas del cierre de la obra de autoria de la poeta Aimée G. Bolaños, precedidas de una cita de Gertrudis Gómez de Avellaneda – la “Tula”, poetisa cubana, autora de extensa obra, numerosas cartas dirigidas a Ignacio de Cepeda y Alcalde – las que permiten descubrir la mirada apasionada, sin contención, sobre el amor, el sufrimiento, lo inalcanzable del cuerpo deseado, y son ellas, sin dudas, el estímulo necesario para todo poeta, perezoso por naturaleza, para desenvolver sus frases. En las cinco cartas las palabras están cargadas de vida, libertad, sufrimiento lúcido; dicen la ausencia, nombran el amor, transforman en poesía las memorias de la carne y las lágrimas.
El libro celebra en los epígrafes, a más de Fernando Pessoa y sus heterónimos, Cecília Meireles, Marguerite Yourcenar, Kafka, Shakespeare, Rûmi, poeta y teólogo musulmán persa, entre otros, transcendiendo fronteras étnicas y nacionales, al traducir en términos de arte verbal la esencia de cada cual; y también una consideración acerca de la mortalidad de esos poetas y de la sobrevivencia de sus obras. Pero lo que sobresale en Las palabras viajeras es la profunda unidad, ni por eso carente de variedad, de tonos y temas, nacidos de la experiencia viajera de la autora, que hace del viaje la condición del desarrollo de su obra, e intenta vivir en la escritura la circunstancia tan expresiva de esta época, temas comunes, aunque no menos verdaderos en la ficción, según ella misma declara. Hay una tradición de viaje en Aimée G. Bolaños que, gusto inherente a la literatura, se desplaza para romper con lo habitual. De acuerdo con el anuncio de la revista Hispano Cubana de Madrid (no. 39, versión impresa y online), “este es un lindo libro al amor y la amistad, en que el verso y la prosa, los poemas y las cartas se entrelazan con armonía y buen gusto, proporcionándonos su lectura un inmenso placer”. Poesía como confesión, si, pero más que nada, poesía como memoria, conocimiento del mundo, este es la dimensión de la bellísima obra de nuestra poeta.
Desde el original título, palabras viajeras/ verba volant por el mundo, el libro impone su marca central. El cuadro que ilustra la portada, de la pintora española Remedios Varo, Trânsito em espiral, que, como la autora de Las palabras viajeras, también tuvo experiencia migrante, hace pensar en ese laboratorio cosmopolita que sirve para oir la pluralidad de voces y reconocer que los movimientos transculturales se desenvuelven no apenas de la periferia para el centro y viceversa, sino forman redes de interacciones entre varias culturas y varias formas de mestizajes, bien en el seno de una institución literaria particular, bien de modo continental o hasta mundial caracterizado por relaciones multidireccionales. Exilada en Francia, más tarde radicada en México, Remedios Varo fue figura central del surrealismo. La abertura al mundo de los laberintos y espirales da fuerza a la entrada de los poemas, que proporcionan poderosa metamorfosis: a ellos siempre se puede regresar y encontrar nuevo laberinto, nuevo misterio. Las mujeres, con el rostro velado, viajan en diminutos barcos, moviéndose en espiral. El espacio se diseña en el “entre”, haciendo que la poeta-narradora busque inspiración en ese no-lugar laberíntico, “en su isla-hilo-laberinto” (p. 49), para descubrir el espacio “entre” los ríos del vivir y en él habite, creando, así, un espacio inédito en el que los sistemas lingüístico y simbólico pesan menos, concediéndole tiempo para encontrar las palabras. Al final, en blanco y negro, el cuadro es retomado, cerrando la cuadratura (del círculo?)
Importante crítica de la literatura e del arte (em breve lanzando el Voces negras de las Américas: diálogos contemporáneos), Aimée G. Bolaños, “exilada voluntária”, instalada en Río Grande la mayor parte del año, nació en Cienfuegos (Cuba), se doctoró en la Rostock Universität, Alemania (1982), y vino en 1997 a Brasil, donde enseña literatura en la Universidad Federal de Río Grande y es, también, profesora adjunta de la Universidad de Ottawa. Posdoctora en Literatura Comparada por la Universidad Federal de Río Grande del Sur, en 2007. Movida vida la suya, entre un puerto de origen y otro de elección. Pero ¿quién sabe si ella hubiera preferido perderse en algún lugar de los caminos errantes del sueño? Para conocerla es preciso adentrarse en sus escritos, que expresan la vida íntima:
Para ti escribo este libro que quizás leerás como un ejercicio de narcisismo, para mí, pasión sincera. En el Orbis Tertius, mundo ilusorio de las palabras errabundas, soy un juego de espejos. Pero en el centro de cualquier reflejo encontrarás, si la buscaras, una mujer amorosa al borde del cansancio que mira ávidamente el mundo y se pregunta. Que ama la medida y corre libre. Que se nutre de sí y de imágenes. Que con fervor te ofrece sus palabras. (p. 71)
Algunos de sus textos son confesionales. En todos, sin embargo, aun en las cartas, prosa poéticas como esta anteriormente citada, está el sujeto lírico, probablemente la Aimée más auténtica, aquella que preferirá que se lean sus poemas en vez de oír sus aventuras del pasado.
Amigo querido, no te olvidé, no. Muchas gracias por tu saludo.
Vivo en Brasil, mi hijo y dos nietas en Montreal. La vida va…
Beijos
Querida Aymée, desde Miami te saluda tu viejo colegamigo Waldo González, donde estoy con mi esposa, la también escritora Mayra Hernández Menéndez y muy cerca de mi hijo Darío Damián González.