Atravieso la frontera. Una de ellas.
Parece que al final lo he conseguido.
Parece que ilumino un sendero
o es que estoy realmente iluminada.
Mabel Cuesta
Para leer de un tirón, sin pestañear ni respirar apenas, así de intenso me resulta Inscrita bajo sospecha[1], de Mabel Cuesta, libro que desafía la imaginación lectora. Entre las amplias perspectivas que esta narrativa abre, destacaría su forma enjuta, elíptica, de incesantes transgresiones, que incita a participar. Y, en este caso, participar significa movilizar las vivencias, componer una experiencia de lectura que explora significados y referencias.
Para nadie es un secreto que la narrativa corta, al igual que el poema, si no da en la diana, falla en su trayecto. Lo que es posible recuperar o superar en otro capítulo de novela, queda perdido en un texto breve. Italo Calvino, al hacer el elogio de la brevedad, argumenta que escribir en prosa no debería ser diferente de escribir poesía; en ambos casos es búsqueda de una expresión necesaria, única, densa, concisa, memorable[2]. En ese sentido el libro de Mabel Cuesta es un hallazgo. Obra de síntesis, de sensibilidad narrativa para lo esencial. También a salvo de poses literarias, de recetas fáciles desestructuradoras o misterios efectistas, lo que en modo alguno quiere decir que no haya una efectiva retórica discursiva y una elaborada composición de la historia. Con su oficio fabulador, la autora nos hace entrar en el juego narrativo como alguien realmente interesado en lo que se está contando y en el discurso que lo cuenta.
La narrativa de Inscrita bajo sospecha funciona, además, suena bien. La brevedad de los textos, su engarce en un todo plurívoco, el lenguaje trabajado en filigrana, creando una envolvente espiral de alusiones, sin dejar de ser directo y a veces coloquial, todo va conformando un libro sintético, de busca existencial y esencial que se fundamenta en la sospecha.
Y vale recordar, con Paul Ricoeur[3], que la sospecha arremete contra las máscaras de la convivencia social, desmantela y cuestiona, derrumba muros ideologizantes, así como la falacia de la unidad del sujeto. Pensar así, en la duda productiva, implica poner en entredicho, explorar el “puede ser” y “tal vez no sea”, admitir interpretaciones disímiles, afirmando y negando no como dicotomías, sino polos complementarios de la ficción. Esa pasión por la propia vida inscrita y escrita (citaría “Escrituras”, un texto ejemplar), hace la lectura del libro vital: uno quiere ser parte de su trama sinuosa para potenciar las sospechas.
Y no es poco mérito contar y contarse integrando autoanálisis, imaginación y emociones verdaderas, cuando nos vemos inundados por la moda de las narrativas banales, de regodeos en un yo que se exhibe encantado consigo, en verdad, sujeto poco relevante para los demás. Si el estudio de sí mismo ha dado obras memorables, estoy pensando en las monumentales novelas del egotismo stendhaliano, y constituye un caudal inagotable, no es menos cierto que actualmente asistimos a la proliferación de autoficciones triviales, de cierto modo el correlato de la autoayuda de sesgo más comercial, también de las biografías/autobiografías legitimantes y legitimadoras de algún estilo de vida o mentalidad, en las que la vida se torna banal, perdiéndose el texto en la autocontemplación narcisista.
El personaje sospechoso de Mabel Cuesta, espejo autocreador en la escritura, con sus varias formas de persona, no solo es creíble, sino apasionante, sobre todo, al desplazarse por escenarios multiculturales, articulando y desarticulando sus sentidos vitales. Siendo así, se puede configurar en un desdoblamiento revelador, a modo de “Versión femenina de Marco Polo” (p.32) y como alguien que dice a sí mismo: “Escribes en la proa de esos barcos enormes que te llevan de una punta a otra en la redondez del mundo” (p. 32), señalizando el lugar lleno de riesgos y fecundo de los tránsitos, donde la experiencia se trasmuta en letra, acaso letra escarlata, signo abrasador de la diferencia.
En el vínculo con lo otro y los otros, en el ojo ajeno y de la ajenidad circundante, extranjera y extraña en sentido literal y metafórico, exiliada en el reino interior y sintiéndose alienada, un alien, en los espacios heterotópicos que intenta habitar, este sujeto se mueve en el fértil intervalo de identidad/alteridad. En ese espacio intervalar, se pregunta ¿quién soy?, tema clásico universal; está a la busca de sí en un mundo conflictivo, de pérdida de valores, uno de lo más recurrentes motivos de la literatura moderna que Inscrita bajo sospecha reescribe de modo conmovedor y atrayente.
El lector se depara con un sujeto ficcional que tiene diferentes caras, que cambia de piel (p. 7), como indica Odette Alonso en atinado prólogo. Sin desconocer sus mutaciones, o mejor, a través de ellas, el sujeto va siendo esbozado en el conjunto de trozos narrativos como una memoriosa joven mujer, también retratada cuando niña, que ama mujeres, escriba, viajera, de espíritu migrante, circulando entre diversas culturas, modos de ver el mundo e idiosincrasias, no pocas veces en contrapunto con su origen, cubano, y de los nacidos en los años 70, cuando el proceso social, llamado revolucionario, de manera evidente se fosilizaba, referencias sugestivamente elaboradas en los relatos para constituir contextos activos, de praxis social y cultural que interactúan con la dimensión subjetiva,
Esta figura emblemática de la diferencia posee una mirada perspicaz que viene de su cultura letrada, de la historia originaria, de los espacios múltiples del deambular, espacios que también han dejado en ella sus señales transculturales. Ha vivido y vive variadas formas de marginalidad, transterrada y errante, que le dan una visión más abarcadora, más inclusiva, sin dejar de ser desgarrada: su sensibilidad es alternativa, de minorías mayoritarias. Entre la culpa y el perdón, entre la piedad y el olvido, navega sin rumbo fijo, aunque la constancia pudiera estar en el amor a la escritura.
Sus matices son contrastantes. Primeramente tiene la experiencia de una sociedad cerrada, de tolerancia oficial escasa o cero para las diferencias; después vendrá el periplo viajero, que ha comenzado antes de la ida, pero que en la escritura del libro es ya viaje sin vuelta, como los típicos de la diáspora: “Regresar allí y tener el poder de cambiar la génesis” (p. 52), dice la hablante de “No sin ver la nieve” con plena lucidez del imposible objeto de deseo.
Añadiría que todos estos rasgos constitutivos no esclarecen la complejidad del sujeto con sus formas de personaje-persona, en correspondencia con la trama frecuentemente inexplicable de la propia vida “real”. Autora, narradora y protagonista comparten el nombre innominado y la angustia existencial en la agónica busca de sí y su lugar en el mundo, pero ni las omnipresentes cartografías y bitácoras, ayudan en la trama laberíntica de las grandes ciudades de la alienación, con sus prácticas discriminatorias y las deshumanas, todopoderosas burocracias.
Esta figura plural es cuestionadora y, a la par, cuestionada en su “legitimidad”, lo que acontece de diversas maneras, desde violentas y violatorias, hasta casi intangibles, pero devastadoras. Y aun no explicando, estos rasgos apuntan hacia algunas de las claves del sujeto de identidad herido, de memoria infeliz que cuenta y se hace en el acto de contar, todavía más expresivos si reparamos en los contrapuntos creados por la lectura en la tesitura de la sospecha. En verdad, la escritura no aspira a desmembrar el sujeto porque su naturaleza es fluente, en proceso, inconcluso, dialogante con los otros, más que nada, consigo mismo. Inmersa en la experiencia límite del ser / no ser, en el cruce de fronteras cada vez más desdibujadas y confusas, quien cuenta está lejos de simplificar su historia, de moralizar o autoexplicarse. Más que eventos, el libro corporiza estados espirituales. Como indica Odette Alonso “la anécdota se diluye en un ir y venir del pensamiento” (p.8). De tal modo, la escritura es disonante, discontinua, de movimiento interior, polimorfa, indefinida en la relación canónica con el género, cercana “a la poesía, a la bitácora íntima, al testimonio” (p. 8).
Todos los textos de Inscrita bajo sospecha inscriben en el tiempo humano, al rememorar fragmentos de vida con la forma de una narrativa de la existencia que focaliza momentos definitorios, cuando se condensa el vivir, llenándose de significados, y acontecen las pérdidas, epifanías y descubrimientos, aunque exteriormente parezca no ocurrir nada.
Y en el centro irradiante del libro, el lector se depara con el tema mayor de la identidad como problema y enigma, con sus inscripciones de la historia menor y mayor, del tiempo, espacio, sociedad y cultura que no son solo marcas de nacimiento, sino además signos de una época de crisis que parece no tener fin, asumida desde la experiencia migrante de nuestra época con sus distancias afectivas irrecuperables, de disgregación de la familia, de partidas forzosas e imposibles regresos, contextos azarosos en lo que es posible y necesario imaginar otros ciclos de vida.
Si algo caracteriza a esta figura, más que escindida, dilacerada, es la memoria imaginaria de tiempos particularmente difíciles y traumáticos que siendo tan recurrentes en la ficción contemporánea, aparece con contenidos propios en la cultura literaria cubana actual, tanto isleña como de la diáspora. En este sentido, cada pieza narrativa implica un ejercicio de la memoria imaginaria que es selectiva y autocreadora, capaz de trastocar escalas y perspectivas, asociando diversas temporalidades porque el pasado está en dramático diálogo con el presente y proyectando la historia personal en un devenir conjetural, de arcanos e incertezas: “Así, nos inventamos ciclos, cabalísticas eternas, puertas que se abren a un mañana prodigioso que sólo vive en la palabra.” (p. 31).
La memoria de Inscrita bajo sospecha, más que colectar o recuperar, transfigura, al darle forma narrativa al movimiento temporal de un sujeto, autoexaminándose en sus tiempos de vida. Cada texto describe rastros, vestigios, a la par, contribuye al diseño mayor del libro, enmarañado e incierto, cuya referencia continua, implícita o explícita, es la sospecha que hace el conocimiento relativo y conjetural.
En este ámbito, el libro describe una deslumbrante parábola que va de la recreación memorial al arrasador deseo de “Una borradura total de la memoria y los sentidos” (p. 34), como acontece en “Borraduras”, relato que me sugiere una resonancia borgeana, en particular, de “Las ruinas circulares”.
De modo impactante, “Borraduras” coloca en un primer plano la conciencia, dolorosa y jubilosa, de no ser. Conciencia fantasmal, de sombras avanzando en el desvanecimiento definitivo, que en la narración alcanza un punto muy alto cuando la hablante, después de un laborioso proceso de autoaniquilación, pudiera decirse de desnacimiento, consigue apagar, soñando, su historia y signos. Entonces, al ser posible hablar de sí como otro, concluye: “Pude morir en paz con la memoria, concedido el borrón que siempre quiso” (p. 37). El sujeto, que sufre y actúa, tiene una anagnórisis en el umbral de la muerte. En esa situación límite y liminar, reconoce su tierra prometida del no ser, quien sabe si forma paradójica extrema del difícil perdón (de nuevo el eco de Ricoeur[4]), hasta de uno mismo y, con ello, de una posible reconciliación de la memoria en la bendición del olvido.
Vistos en su conjunto, todos los fragmentos o relatos confluyen en la fabulación de una identidad persiguiendo sus “posibles”. Pero el sujeto ha hecho sus elecciones: puede construir una identidad narrativa, contar su historia, dando cuenta de todas sus discordancias esenciales, autodestruyéndose con sus contramovimientos de silencio, olvido y borradura, también rehaciéndose, reengendrándose en la escritura, para ejecutar algo así como versiones y variaciones de sí mismo.
En consecuencia, cada relato y el libro en su integridad, muestran estructuraciones abiertas, ambiguas. El yo de “Escrituras”, por ejemplo, habla oblicuamente, alternando la autorrevelación y el encubrimiento: “No hablas del enigma, pero me llevas hasta la puerta del silencio. Es como Delfos” (p. 33).
Y me quedo con la imagen de Delfos, reinscrita con notable densidad humana en Inscrita bajo sospecha. Símbolo proliferante de lenguaje que no cesamos de interrogar a la busca de inalcanzables respuestas. De la elocuencia de Mabel Cuesta, con sus expresivas zonas de silencio, el libro da testimonio. De su inacabado viaje por sí misma en la escritura, también, y muy creativamente. Otras obras vendrán a enriquecer una trayectoria autoral y nuestro mundo de lectores ávidos de ficciones que nos iluminen, con sus inscripciones sibilinas, en el délfico autoconocimiento.
Aimée G. Bolaños
Montreal, diciembre de 2010.
[1] Mabel Cuesta. Inscrita bajo sospecha. Prólogo de Odette Alonso Yodú. Madrid:
Betania, 2010. Todas las citas pertenecen a esta edición.
[3] Me refiero a la presentación que hace Ricoeur de Marx, Nietzsche y Freud como fundadores y maestros del pensamiento de la sospecha, desarrollando una categoría de notable presencia en la cultura contemporánea. Ver. Freud: una interpretación de la cultura. México D.F.: Siglo XXI, 2002 [1965] y El conflicto de las interpretaciones. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2003 [1969].
[4] Ver: Paul Ricoeur. La memoria, la historia y el olvido. Madrid: Trotta, 2003 {2000].