LA HABANA ELEGANTE, Nº.35
Betania de cumpleaños. Lo común con Betania
Ricardo Riverón Rojas
El 23 de septiembre de 1990, cuando le di vida a Ediciones Capiro en la mediterránea y muy cubana ciudad de Santa Clara, Felipe Lázaro había celebrado ya el tercer cumpleaños de Betania. Comenzaba la década más dura e incierta del siglo xx cubano: un período eufemísticamente calificado como especial con la «especialidad» alcanzada a expensas de la drástica y trágica reducción del nivel de vida, el recrudecimiento del bloqueo imperialista, la caída en picada del PIB y, en el caso de las editoriales y revistas, el cierre virtual atendiendo a que la importación de papel, procedente de la URSS, fue de lo primero en sufrir reducciones drásticas. Pese a ello, entonces nació Capiro, la editorial con que siempre soñé.
Betania, en la igualmente mediterránea Madrid, tuvo su alumbramiento en enero de 1987. Su fundador, tan cubano y poeta como yo, vive fuera de Cuba desde 1960; a diferencia de mí, que aún vivo, pienso y escribo en esta isla que ambos amamos desde el verso. Cautelosa, plural, y osada; con el garbo que exhiben sus libros, Betania se aproxima ahora — es evidente — a sus dos primeras décadas de existencia. El «período especial» permanente en que operan las editoriales como Betania —convengamos en llamarles alternativas— me hace sentirla, en un sentido más medular que lo que podría indicar la lógica, como hermana de mi Capiro, sobre todo de aquel proyecto romántico de inicios de los noventa.
Un océano por el medio, dos sistemas políticos, convicciones y credos diferentes —miramos y analizamos la realidad cubana desde distintos ángulos y con diferentes perspectivas—, opuestos sentidos de la propiedad — él es dueño de Betania; yo fui director de Capiro hasta diciembre del 2004 — y cerca de veinte kilogramos de peso y doce centímetros de estatura de más a su favor no han sido obstáculos insalvables para que la poesía y el más noble espíritu gremial, con su aura sublime, nos hayan unido en una amistad y colaboración que califico de respetuosos, amables, afectuosos, enriquecedores.
Pero, sobre todo, a Felipe y a mí nos une la cubanía: esa multiplicidad de gestos que se expresan como manera única de invadir el aire y tomar las palabras por asalto para convertir las argumentaciones en escenografía y darle paso a lo que Lezama bautizara como el ángel de la jiribilla; es decir: la barroca irracionalidad latente en los más intrincados vericuetos de un tiempo sin edad, desbordante de calidoscópicos rumbos.
En septiembre del 2005, al arribar a Madrid con el objetivo de atender la edición por Betania de mi libro de poemas titulado Lo común de las cosas, pude conocer personalmente a Felipe. Fue en el círculo de Bellas Artes, donde discutimos los detalles de la edición. Hace poco comprobé que tengo el honor de integrar la escasa — y quisiera que selecta — nómina del diez por ciento de autores residentes en Cuba que definen el catálogo de Betania. Aquella tarde, después de ingerir varios Havana 3 y de que por primera vez me regalara su famosa muletilla: «¿Te he dicho que te quiero?», el inmenso Felipe me reveló otro secreto — terrible — cuya confirmación pagué con una horrenda resaca: quienes antes bebieran con Felipe lo rebautizaron con un apodo sumamente generoso: Demolition Man.
El caso es que ahora Betania cumplirá sus veinte años, y que los poetas y editores cubanos, los intelectuales nacidos en este estrecho, largo y apasionado territorio, debemos agradecerle que nunca, por lejano que estuviera en el mapa, echara a un lado las esencias que le dictaron al oído en su Güines natal en 1948. Cuba habita con luz en el alma de Felipe, reflejo que él traduce en el alma y la tinta de Betania. Y si alguien me pidiera argumentos para demostrar tan entusiasta afirmación, le diría que me basta con dos de los libros publicados por Betania para repetirlo hasta del desplome. La novia de Lázaro, de Dulce María Loynaz, y la antología (donde, por cierto, no figuro) Poesía cubana: la Isla entera son libros de los cuales la cultura cubana no puede darse el lujo de hacer la vista gorda.
En este significativo aniversario, como cubano, como poeta, como intelectual residente en mi país e impregnado de sus justas esencias, no me queda otra que desear que Betania continúe con el mismo acierto su paso por la poesía, de la sabia mano de Felipe Lázaro. Mientras tanto, desde mi querida Santa Clara —ahora como director de la revista Signos — seguiré reconociendo y cultivando lo que tengo —tal vez lo que muchos tenemos — de común con Betania y con Felipe.