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Archive for 24 marzo 2013

Reseña escrita por el poeta cubano Luis Manuel Pérez Boitel y publicada recientemente en la revista digital Cañasanta (www.canasanta.com):

La poesía siempre nos impone un  nuevo comienzo,  una necesidad de reconstruir espacios, de buscar senderos posibles; quizás esta Bojeo_cover_frontback_Página_1 fue la razón que motivara a Arístides Vega Chapú  (Santa Clara, 1962) para  asumir la antología Bojeo a la isla infinita que publicara la Editorial Betania.

Con una bella ilustración de Zaida del Río en la cubierta, se configura un texto que nos resulta grato en la lectura y que no desentona en sus propuestas escriturales.   El bojeo a la isla…, que bien nos recuerda el que hicieran los españoles en 1500, es aquí una razón para  (re)encontrarnos con poetas que no residen en el país.  De allí que la  madurez de esta selección corrobora cuánto de lo finisecular se afianza en los escritores cubanos que radican fuera y dentro de la Isla.   Quizás, en ese intento de llegar a las costas sobreviven paisajes muchos más plenos y hedónicos, donde las distancias  son aparentes.  Sergio García Zamora, Ihosvany  Hernández González, Sonia Díaz Corrales, Juan Carlos Recio, Félix Anesio y el propio Arístides Vega Chapú nos proponen un mapa de interacciones,  una necesidad de afianzar desde las raíces la verdadera cosmogonía de estos tiempos: La isla.

Pequeña y breve pudiera ser la selección que nos entrega Betania, pero intensa y plural pudiera ser la bandera de esta pequeña embarcación que nos disemina con su canto.  La angustia es un leit motiv que aparece a nivel de subtexto, como si la salvación fuera la ruta deseada y no el final de la travesía.  Hay otras razones que se articulan en esta muestra y que denotan depurados estilos.

Sergio García Zamora, nos inquieta con una poética de lo aparente, es como un trazo breve y fugaz que va quedando en cada territorio del poema, pero nos singulariza una voz que no necesita altisonantes para ocupar un espacio.  Sus versos se adentran con una mirada  casi críptica,  en esas pequeñas realidades, donde tal parece navega hasta llegar a puerto.

Ihosvany Hernández González,  nos dice: regresas / al punto de partida / después de asumir la nieve y el sahumerio de una ciudad /  y a partir de allí nos impone su viaje  órfico que nos hace enmudecer, intentando desde su imaginería recordar una y otra vez lo que fue suyo o prefiera recordar.  Pretexto este que nos advierte de un escritor que bien se ha tomado en serio el asunto de la creación.

Sonia Díaz Corrales, nos inquieta cuando intenta escribir todo el silencio, en este bojeo donde ella ha preferido recordar al abuelo, o recapitular la noche donde fuera feliz, o el instante en que no lo fuera y se inquieta por un rey, la poética aquí es un divertimento para golpear otras paredes más reales.  Grato ha sido leer su poema Respuesta a los mensajes de Spam de Mr. John Patterson,  donde la sabía con que se asume lo coetáneo nos afianza un universo muy autentico y casi inexplorado en el tractus de la poesía cubana.

En Juan Carlos Recio, el verso se asume desde una atmósfera del diluvio, que nos recuera la poética de Rimbaud.  El poeta es un navegante incontinente, y su creación es su nave, un / otro “barco ebrio”, donde se articula un discurso ante lo desconocido y ante el dolor.  El poeta reconoce sus verdades,  anda por los trillos más reconocidos y dice: “si voy a reconstruir algo / no puede ser el olvido”.  La poesía como un modo de escapar es aquí la necesidad de estas palabras dichas con el aliento del que no puede decir otra cosa;  estos poemas de Juan Carlos Recio nos imponen siempre volver a sus poemas, como bitácora de un viaje, alrededor de sí mismo, para anunciar otras cosas que bien sabemos cómo se definirían.

En Félix Anesio, la poesía se sustenta en una filosofía donde los vórtices son necesarios.  La muerte pudiera figurar sobre su mano pero no en su corazón.  La palabra que asume es un mapa donde los territorios son tan precisos como la felicidad.  Su poética, para mí hasta hoy desconocida, nos sumerge en un imaginario lleno de redefiniciones que bien aplaudo por lo versátil del encuentro.

Arístides Vega Chapú, aquí  incluye sus poemas,  como  propuesta noble para seguir el trayecto,  en ese bojeo que no es tan lineal como la isla, ni tan periférico por las costas, por muy aparente que nos parezca.  Aquí el antologador busca tierra adentro, y también tierra afuera, para devolvernos con intensidad lo que ha descubierto ante sus ojos.  En ese empeño debemos agradecer por la muestra que se ofrece a la Editorial Betania, para que en este volumen de alrededor de 90 páginas, el lector pueda seguir reconociendo algo de lo que el Almirante había dibujado como “isla la más hermosa que ojos hayas visto, llena de muy buenos puertos y ríos hondos, y la mar que parecía que nunca se debía de alzar…”

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Esta reseña del poeta y escritor cubano José Abreu Felipe fue publicada en el periódico El Nuevo Herald (Miami) el domingo 3 de marzo de 2013:

En esta época de tantos y tantos poetas de a tres por un dólar –que abarrotan las revistas virtuales y los ‘egoblogs’– encontrar una voz como la de Magali Alabau es como hallar, y ruego se me perdone lo pobre y gastado de la imagen, un oasis en medio del desierto. Después de un silencio de casi 20 años, Magali publicó en el 2011, Dos mujeres. Ahora regresa a la palestra con Volver (Betania, 2012, con prólogo de Ileana Álvarez), un largo poema de gran aliento que a mí me gusta ver como su reafirmación definitiva en la poesía, pero que es mucho más que eso.

Alabau ha escrito sin proponérselo, quizás sin saberlo, el gran poema del exilio cubano. Lo ha escrito, como era de esperar, con sus entrañas y le ha dolido mucho. Leyéndolo, se siente ese dolor. Casi que se huele, que se palpa. Y busco una palabra que me resuma el tamaño de ese dolor –y el de la pérdida que lo produce–; que abarque ese desgarramiento, esa angustia que hace que una palabra te lleve a la otra, que todas se encadenen y te empujen y te atropellen, proponiendo un ritmo cada vez más vertiginoso, más impetuoso, más acelerado, y así hasta el final, sin catarsis posible. Una palabra que a la vez sea pérdida y recuperación, muerte y vida, y un amor insalvable flotando sobre todo eso, y sólo hallo una. Exilio.

Al volver se recupera el miedo que se creía olvidado. Otra vez ahí está la maleta abandonada que vamos llenando: Tres ajustadores, un par de zapatos, una saya o pantalón, una blusa, un corpiño, un par de medias de señora, un par de calcetines, un pañuelo y nada más. Le echamos una última mirada a la casa donde nacimos, donde crecimos, a un cuadro en la pared que no podemos llevar, a un rincón más memorable que los otros; aquel árbol de enfrente, aquel otro del patio. Los muertos que fueron cayendo y que vamos dejando atrás irremediablemente, primero el abuelo, luego los demás. Irse. Partir. Cualquier palabra de esperanza quedó allá. Como el amor. Miro como tú el paisaje con límites marcados para que ni tú ni yo podamos encontrarnos. Para que la distancia se haga definitiva, se transforme en pérdida. Querer a alguien de lejos, enviar telegramas diciendo yo te quiero, sin atreverme a decir yo te deseo. Irse. Partir. Siempre hay alguien que se va y nunca vuelve. Romper con la rutina, matar la cotidianidad, y en ese otro sitio que ignoramos y que se nos antoja hostil, que imaginamos frío y desolado, reconstruir, o al menos intentarlo, la pérdida. Con ese monedero tan vacío en ese registrar en vano de qué es lo que permiten que me lleve. Me quitaron lo irremplazable. Menos el miedo. Te quiero así, temblando.

Volver no es un libro pensado, fríamente calculado, rigurosamente estructurado. Volver es un libro vivido, sentido, parido. Hermosamente desolado, sacudido por el miedo. Un miedo que sigue ahí, que no se va, y del que sólo saben los que han padecido lo mismo. Es el miedo kafkiano ante la ley, el del inocente que camina descalzo a la orilla del mar, al atardecer, y se siente vigilado. Es culpable porque es inocente. Luego no queda más remedio que escapar, que huir, mientras sea posible. Me fui de la prisión que más quería. Y no hay retorno, porque como escribió alguien alguna vez, un exiliado lo será de por vida y de por muerte. Sólo cabe preguntarse: ¿Quién los llevará mañana hacia la densidad del bosque?

Volver es un libro terriblemente hermoso, en el sentido que Rilke le daba a la palabra, pues, según él, “lo hermoso no es más que el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”. Casi no se puede tolerar la carga que nos deja Volver, que no es otra que la del exilio, un exilio que para muchos cubanos ya pasa de medio siglo. Hay que, no obstante, darle las gracias a Magali Alabau por escribirlo, que es guardar para la historia y para la posteridad el dolor y el sufrimiento del cubano exiliado.

Alabau reside en Woodstock, Nueva York, desde 1966. Hasta mediados de los años 1980 desarrolló una exitosa carrera como actriz con diversas compañías teatrales, hasta que con Manuel Martín fundó el Teatro Dúo. Más tarde trabajó con Ana María Simo en Medusa’s Revenge Theatre. Ha recibido númerosos premios por su labor, entre ellos la Beca Cintas. Entre sus libros de poesía destacan: Electra, Clitemnestra (1986), Ras (1987), Hermana (1989), Hemos llegado a Ilión (1992) y Liebe (1993).

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La primera escena de la literatura carcelaria cubana que viene a la mente es la de Reinaldo Arenas, en el castillo del Morro, aferrado a la-cárcel-letrada_coverfrontsu ejemplar de La Ilíada, por miedo a que algún preso se la robe para torcer cigarrillos, y escribiendo cartas de amor a los criminales que lo rodean. Arenas narró su experiencia en la cárcel, en 1974, en un puñado de páginas estremecedoras de su autobiografía Antes que anochezca (1992), llevada al cine por Julian Schnabel. Por escalofriante que pueda resultar ese testimonio, no es excepcional en la literatura cubana.

Cuba posee una eminente y sombría tradición de literatura carcelaria. El presidio, lo mismo que el exilio y el suicidio, ha sido una constante en la historia insular. La sucesión de regímenes no democráticos, en los dos últimos siglos, puso tras las rejas a numerosos escritores. Poetas del siglo XIX, como Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) y Juan Clemente Zenea, o del XX, como Rubén Martínez Villena, Juan Marinello, Heberto Padilla y Raúl Rivero, además de narradores de ambas centurias, como Ramón de Palma, Cirilo Villaverde, Alejo Carpentier o Carlos Montenegro, pisaron en algún momento las cárceles de la Isla.

Cárceles que fueron, hasta fines del siglo XX, fortalezas coloniales como El Morro, El Príncipe y La Cabaña. La modernización del sistema penitenciario cubano ha sido lenta e inconclusa. Se inició durante el periodo republicano —el célebre panóptico del Presidio Modelo, en la Isla de Pinos, fue inaugurado en 1926— y se reformó en los años 70 y 80, bajo la hegemonía soviética. Todavía en los últimos años del siglo XX, algún que otro castillo, construido en la época de la dominación española para proteger las ciudades de piratas y corsarios, servía para confinar criminales cubanos.

El escritor Rafael Saumell, preso en la Isla y luego exiliado en Estados Unidos, ha reconstruido la historia de esa literatura cautiva en su reciente libro La cárcel letrada. Saumell inicia esta historia con el caso del poeta esclavo del siglo XIX, Juan Francisco Manzano, quien aunque fue siervo doméstico soportó encierros de castigo y torturas terribles, como el cepo, que narró en su Autobiografía. Luego se detiene en dos de las grandes memorias sobre la vida en cárceles cubanas, El presidio político en Cuba (1871) de José Martí y Presidio Modelo (1935) de Pablo de la Torriente Brau.

Con frecuencia se identifican estos dos textos, en una genealogía inverosímil, dada la diferencia sustancial entre ambos. Martí grita desde el dolor y la invocación de Dios y Dante, su denuncia contra la España autoritaria y colonial, que encarcela niños de 12 años como Lino Figueredo. De la Torriente, en cambio, dejó escrito en 1935, antes de su viaje de Nueva York a la España republicana, donde moriría al año siguiente, una de las narraciones más estremecedoras de la literatura cubana. Martí y De la Torriente, como observa Ana Cairo, hablan de sistemas penitenciarios distintos —el colonial y el republicano—, con prosas también distintas: la romántica y la vanguardista.

Mezcla de ficción real, reportaje periodístico e investigación histórica, Presidio Modelo es un moderno ejercicio de prosa, que trastoca los géneros literarios. Todas las modalidades del infortunio de la vida en la cárcel, sus arquetipos y estrategias, sus terrores y sociabilidades están descritos ahí, con la frialdad de la estadística. De la Torriente produjo el inventario exhaustivo de personajes y técnicas de reclusión en aquella penitenciaría de la Isla de Pinos: los carceleros (“El Comandola”, “El Capitán Castells”…), los presos (“El Ruso”, “El Jorobado”, “El Madrileño”, “Cristalito”…), el castigo dentro del castigo (la incomunicación, el aislamiento, las torturas, el trabajo forzado).

Presidio Modelo explora la conjunción siniestra del dato y la fantasía dentro de la cárcel. De la Torriente contó los muertos en el reclusorio, durante la dictadura de Gerardo Machado: si en 1925 habían muerto unos 12, entre 1930 y 1933 morían más de 100 al año. Pero además, el escritor le puso nombre e imaginación a cada muerto y a cada preso: reprodujo las décimas que dedicaban a sus carceleros, las maneras de sentir el tiempo, el aprendizaje de la filosofía penal del régimen. Aquella radiografía del mundo carcelario cubano, hecha por Pablo de la Torriente Brau en 1935, se reeditó tres años después en la gran novela del escritor gallego-cubano, Carlos Montenegro, Hombres sin mujer (1938).

En este relato, basado en la prisión de Montenegro en El Príncipe, reaparecían, bajo otros nombres, todos los personajes y suplicios descritos en Presidio Modelo. El “reclusorio nacional” de El Príncipe era un microcosmos de la sociedad cubana, despojado de naturaleza o paisaje. Los hombres y sus almas, desnudos, sin las mediaciones de la vida urbana, se colocaban frente a frente. Candela, La Morita, Pascacio, Cayohueso eran las personificaciones de sujetos populares, cuyos usos y costumbres se afianzaban en cautiverio.

El universo carcelario, descrito por De la Torriente y Montenegro, es radicalmente popular: no admite distinción de clases entre presos o entre guardias. Nada tiene que ver ese universo, como observa Saumell, con el presidio de élite que vivieron el joven abogado Fidel Castro y los asaltantes al cuartel Moncada, en el año y medio, entre 1953 y 1955, que fueron recluidos en el mismo Presidio Modelo, bajo la dictadura de Fulgencio Batista. Castro fue el preso político o letrado por antonomasia, tratado desde el proceso judicial, en el que se le respetó el derecho a autodefenderse, con todas las distinciones de su rango social y profesional.

La pérdida de fronteras entre el preso común y el preso político es distintiva de la literatura carcelaria cubana. Desde El presidio político en Cuba de Martí, los opositores cubanos encarcelados pierden, junto con su libertad, su lugar en la esfera pública. A excepción de Castro y otros presos políticos del periodo republicano, que llegaron a dar conferencias de prensa desde la cárcel, los intelectuales y políticos recluidos se confundieron dentro de la masa carcelaria. Esta es una de las señas de identidad de la copiosa literatura de presidio producida en el último medio siglo, bajo el sistema socialista cubano.

Perromundo (1972), la novela autobiográfica de Carlos Alberto Montaner, Donde estoy no hay luz y está enrejado(1970) y Veinte años y cuarenta días (1984) de Jorge Valls, Diary of a Survivor. Nineteen Years in a Cuban Women’s Prison (1995) de Ana Lázara Rodríguez o Cómo llegó la noche (2002) de Huber Matos son solo algunos de las decenas de testimonios de la reclusión de opositores en Cuba. Una escena recurrente, en estos relatos, es la resistencia del preso político a ser tratado como preso común, manifestada en el gesto de “los plantados”, aquellos reclusos que prefieren vivir desnudos antes que vestir el uniforme que le imponen sus carceleros.

En la última de las grandes redadas de opositores cubanos, todos pacíficos, de la primavera de 2003, fueron arrestados y condenados varios escritores y periodistas independientes como Manuel Vázquez Portal, Regis Iglesias, Ricardo González Alfonso y Raúl Rivero. Hoy, los cuatro están libres, en el exilio, pero ahora mismo, en La Habana, está siendo condenado a cinco años de privación de libertad, por un delito “común”, el narrador Ángel Santiesteban, autor del blog Los hijos que nadie quiso. El caso de Santiesteban viene a reeditar, en pleno siglo XXI, la pesadilla cubana de la crítica pública como acto vandálico.

La imagen de Reinaldo Arenas acurrucado contra la claraboya de El Morro, el castillo donde también estuvo preso su admirado Fray Servando Teresa de Mier, protagonista de la novela El mundo alucinante, resume la maldición de Cuba como país de escritores presos, de poetas en cautiverio. La claraboya es esa hendija de luz por la que ellos han podido, alguna vez, mirar al cielo. Pero es también, y ante todo, la grieta en las paredes del castillo por la que los libres nos asomamos a ese mundo de “bóvedas oscuras”, a ese “cementerio de sombras vivas”, de que hablaba José Martí.

*Este artículo fue publicado en las revistas Letras Libres y en diariodecuba.com

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