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Archive for 25 abril 2017

Esta reseña de la poeta cubana Ena Columbié fue publicada en su blog  El Exégeta: http://elexegeta.blogspot.comel pasado día 20 de abril.

El dolor discreto, encerrado en este corpus poético que expresa más de lo que dice, es ni más ni menos la búsqueda de sí mismo y la de cada uno de los que nos adentramos en su lectura. Eso dice Lilliam Moro sobre el libro Copos en la piel, del poeta Carlos Naranjo (Santiago de Cuba, 1975) y dicha cita me sumerge en la búsqueda de la definición que me aclare su concepto de “dolor discreto”.

Entonces encuentro poemas breves que hablan de dolor:

 

El dolor tiene mil voces

el mío canta como pájaro

al borde de la sombra.

(XXXIV)

 

El dolor se fragmenta dentro de mí

como se han roto tus palabras

a los pies de mis ganas.

(XXXI)

 

Hoy no llevo desafíos en mis ojos

solo mis manos para callar tu dolor

una ventana para gritar tus sueños

(VENTANA VI)

 

Y encuentro versos que también hablan de dolor, no solo del suyo, sino también del de otros:

El dolor tiene mil voces. /el dolor tiene algo que decir. / lo oculto, el dolor, un fajo de poemas, / al dolor de corazones / no se opaca el dolor del que todo lo pierde, / El dolor se fragmenta dentro de mí…

Pero el “dolor” no sólo se representa en el libro con la palabra literal, sino también por medio de la tristeza, de la culpa; por medio de referencias bíblicas y desencuentros. Sí, es discreto definitivamente el dolor de Naranjo, pero el de su persona; con él, Moro posee una entrañable amistad y creo que es a eso a lo que se refiere, al dolor terrible de un joven que pasa por tu lado sin que te percates de su sufrimiento. Con respecto al poemario, es estruendoso, escandaloso frente al dolor, lo muestra de todas formas posibles, sin miedo a decir, sin tapujos grita el dolor que lo escuchen; porque necesita que se lo palien:

 

He lanzado la piedra

porque los ojos de la culpa no duermen

 (MEA CULPA)

 

la tristeza que conozco

es barco varado en tierra

es cadalso en mis manos sobre un cuerpo

(SADNESS)

 

la soledad amordaza mis días,

(90 MILLAS)

 

Muchos son los ejemplos; también tiene razón Lilliam Moro cuando dice: es ni más ni menos la búsqueda de sí mismo y la de cada uno de los que nos adentramos en su lectura; porque él cree que se nota su dolor, que es visible a los demás, y estos versos lo constatan:

 

pero solo encuentro sus ojos clavados

en el dolor de mis entrañas.

(HOMBRE JUNTO AL MAR)

 

Cuando sigues leyendo el poemario, ya sin la atención fija en el dolor, se revela la poesía real. Son poemas del amor más que del dolor, de la añoranza y del desamor. Entonces aparece el sexo como un leitmotiv, y la piel como casa y asidero, y los ojos, los besos, los dedos, las ganas…

El libro está ilustrado por Yuniel Delgado Castilla (La Habana, 1984), que nos remite al recuerdo del arte figurativo de la gran Antonia Eiriz, que a su vez nos remite a Goya, Konning, Dubuffet y otros. Yuniel es pintor, dibujante, ilustrador y escultor cubano. Se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro en la capital cubana (2011). Su obra ha sido expuesta en diferentes ciudades, como: La Habana, Miami, Pennsylvania, Vigo, Luxemburgo, Boston y Nueva York. Actualmente reside en Miami, su web es:  www.delcastilloart.com

 

Ena Columbié

Miami, abril y 2017.


Ena Columbié. (Guantánamo, 1957). Licenciada en Filología por la Universidad de Oriente. Reconocida poeta y escritora cubana. Como pintora y fotógrafa ha expuesto en varios países. Reside en Miami. Su último poemario, Sepia (Betania, 2016) con prólogo del poeta Juan Carlos Valls, contiene excelentes fotos de su autoría.


Copos en la piel  de Carlos I. Naranjo

2017, 88 pp. Colección Betania de Poesía.

ISBN: 978-84-8017-390-2.


 

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Con sumo placer, presentamos el libro de cuentos Danny y Danielle y otras historietas (Betania, 2017) de la profesora y escritora cubana Silvia Burunat, radicada en Nueva York.

Burunat es una prolífica autora, tanto de libros de texto a nivel universitario, como de obras de ficción dentro del género de literatura de memorias, biográfica y de viajes. Como ella misma nos confiesa en sus palabras preliminares de este libro: “Soy escritora de memorias con elementos biográficos (…) La cuentística siempre ha sido un género que poco me ha llamado la atención. Esto es, como creadora, no como lectora. Crecí leyendo narraciones cortas, colecciones internacionales de cuentos indígenas americanos, cuentos escandinavos, cuentos de la India, cuentos árabes, cuentos argentinos, en fin, de diversos países y regiones. Me formé con los cuentos de José Martí, de los más hermosos que existen. Pero a la hora de escribir, la composición de un relato breve me parecía algo muy difícil de lograr, un escrito que yo era incapaz de crear y que no iba a atraer la atención de los lectores”.

Más adelante en el mismo Prefacio, nos comenta: “Comprendí que, si bien no existía una verdadera conexión entre mis narraciones, sí quería yo establecer una temática, aunque no fuera necesariamente muy estricta. La idea de escribir sobre niños, adolescentes y jóvenes, digamos, menores de diecinueve años, me pareció óptima. Hay una frescura, una naturalidad, una espontaneidad en esa época de la vida que se prestan para escribir sobre ello. Igualmente pensé que en mi propia existencia he conocido a muchísimas personas de todo tipo y trasfondo. Siendo, como soy, profesora, han pasado por mis aulas cientos, tal vez miles de alumnos que me han enseñado sobre el paso por la Tierra y las diferencias entre los seres humanos, además de las semejanzas. Tenía frente a mí un tesoro de individuos, experiencias, palabras y hechos que constituirían una fuente de inspiración”.

Danny y Danielle y otras historietas es un libro de cuentos de temática ecléctica si bien con un hilo común: sus protagonistas o personajes que desfilan en estas historietas. Una obra que contiene  narraciones con aspectos humorísticos y pícaros, aunque también hay relatos serios y melancólicos.

Como muestra del buen quehacer literario de Silvia Burunat, ofrecemos a los lectores un cuento de este libro:

 

La bicicleta de Ofelia

 Tenía nueve años, era bastante alta para su edad, delgada y con cabellos muy rubios que le llegaban a la cintura, atados con una cinta de satén blanco para echarlos hacia atrás. Sus ojos azules eran muy bonitos, a pesar de cierto estrabismo que, en vez de restarle belleza, le prestaba un no sé qué de picardía a su carita que siempre sonreía. Daba gusto verla paseándose por las calles empinadas de La Víbora, el reparto donde vivía con su hermana Aida, doce meses menor que ella, junto al resto de la familia que consistía en su madre Josefa, su padre Salvador, su hermanito Mario, quien aún era casi un bebé de tres añitos y Natalia, una parienta lejana que había venido del campo para fungir de ama de llaves, un título rimbombante para no decir sirvienta. Aida no la seguía en sus travesuras pues tenía una personalidad totalmente opuesta a la suya; poseía un interesante sentido del humor y sabía apreciar las travesuras de Ofelia, pero prefería imbuirse en el estudio, especialmente en los recovecos de la gramática castellana que tanto le gustaba y en cuyas clases siempre se destacaba en el Colegio La Domiciliaria donde ambas estudiaban.

Todo este preámbulo no da la impresión de nada extraordinario, si no fuera por la época en que esto ocurría: el último decenio del siglo XIX, cuando las niñas de bien ni soñaban con subirse a una bicicleta en público, compitiendo con los chicos del barrio. Los pantalones les estaban vedados, por lo tanto, la bicicleta se montaba con faldas recogidas a un lado. Por suerte, las medias blancas de algodón hasta por encima de las rodillas, estaban de moda.

Aquello de la bicicleta comenzó un día al salir del colegio cuando Ofelia se detuvo frente a la puerta del plantel para observar a una docena de chiquillos que se lanzaban por las lomas a todo pedal, muertos de risa y a pura gritería. Aquello, obviamente, era mucho más divertido que los tiempos verbales que a Aida tanto le gustaban. Ya, desde el interior del aula, Ofelia había divisado a los muchachos desde una ventana y en medio de la clase de Gramática, cuando Sor Rosa le preguntó: -Srta. Osuna, ¿qué particularidades tiene este tiempo?, refiriéndose a las formas verbales de un párrafo que otra alumna acababa de leer.

-Pues parece que va a llover, observó la rubita con desparpajo. O tal vez, en sus devaneos mentales, había creído que, realmente, Sor Rosa se interesaba por el medio ambiente.

Pues fascinada como estaba con las bicicletas, Ofelia llegó a su hogar aquella tarde con la cabecita llena de ilusiones. Se dirigió a su padre, quien alrededor de una treintena mayor que su esposa, ya peinaba canas y estaba más inclinado a consentir a sus preciosas hijas. –Papá, ¿tú crees que me puedas comprar una bici? Muchos vecinitos tienen y parece algo muy divertido. Por favor, padre querido, ¡cómprame una!

-¿Estás loca, hija mía? ¡Las niñas decentes no montan bicicleta! ¿Cómo se te ocurre semejante desatino? Ofelia, viendo que a su padre casi le daba un ataque cardíaco, se dirigió entonces a su madre. La chica pensaba que tal vez, siendo mucho más joven, iba a ser más comprensiva con sus caprichos. –Mamá, escúchame, ¿podrías convencer a papá para que me compre una bicicleta? Vi a muchos niños tirándose cuesta abajo por las lomitas del vecindario y estoy segura que es divertidísimo. Te prometo mejorar mis notas en las clases si Uds. me compran una y solo voy a usarla los fines de semana. ¡Ay, madre mía, no me niegues mi deseo, te lo pido de favor!

Aquella noche, Salvador y Josefa tenían mucho de qué hablar. Ofelia los traía por la calle de la amargura con sus travesuras y a Aida había que desprenderla de los libros para procurar que fuese algo más sociable. Afortunadamente, Mario era el chiquillo más tranquilito que se pudiera desear, siempre jugando solo con sus trencitos y peluches. Acababa de aprender a caminar, pero nunca se alejaba de los adultos. Era un niño tímido y callado que más remedaba a Aida que a su hermana mayor. -¿Qué te parece el nuevo capricho de Ofelia? ¡Nada menos que una bicicleta! Con nueve años y pensando en semejante desatino. Josefa se mostraba pensativa y, después de un corto silencio, comentó: -Yo creo que, efectivamente, no sería una buena idea comprarle una bicicleta. Nunca he visto triciclos, pero me parece que también son para chicos. He oído decir que en los Estados Unidos se han puesto de moda estos juguetes y que tanto unos como otras disfrutan de ese deporte. Pero aquí…

Y así continuó la conversación hasta que el sueño los venció. Esa noche tuvieron pesadillas: Ofelia subida en un monociclo, trabajando en un circo con Aida, vestida de payaso a su lado y Mario en una cesta al frente de los manubrios. Al despertar al  siguiente día, descubrieron que ambos habían soñado lo mismo. Llegaron a la conclusión que su compenetración de cónyuges era tan profunda, que hasta compartían iguales sueños.

Mientras tanto, la traviesa Ofelia también había viajado al mundo de las ilusiones mientras dormía. Se veía vestida de princesa, con tules y gasas blancas y azules, de pie sobre el asiento de una bici, corriendo a no se sabe cuántos kilómetros por hora por cuanta calle había en su barrio. Iba al frente, de líder de un grupo de jovencitos que la aplaudían sorprendidos de su temeridad. La estudiosa Aida estaba en la acera, con una expresión de reprimenda en el rostro y el índice de la mano derecha alzado, en señal de desaprobación.

A la mañana siguiente de un sábado esplendoroso y tropical, Ofelia se levantó más temprano que de costumbre. Fue al baño para asearse, se vistió, se puso sus medias largas de algodón, se fue a la cocina donde ya Natalia estaba preparando el desayuno y seguidamente, se tomó un tazón de leche y un pedazo de pan con aceite de oliva. Dando saltos y soltando risitas picarescas, Ofelia se dirigió a la puerta de su casa con Natalia que le corría detrás. -¿Adónde vas, niña? –Voy a la esquina a recoger unas florecitas que hay en el terreno aquí al lado. Vuelvo en unos minutos.

Ofelia se dirigió hacia la calzada, a tres calles de su casa. No tenía que cruzarla, pues la tienda que alquilaba bicicletas estaba en la misma esquina. En ese momento estaban abriendo las puertas y la niña, temblando de felicidad y con las mejillas más coloradas que nunca, se acercó al Sr. Ricardo. –Buenos días, ¿cuánto cuesta  alquilar una bici por una hora? –Un real (diez centavos). ¿Para quién es? –Para mi primo que acaba de llegar del campo. Mire, aquí tengo la moneda, déme aquella roja, la más bajita, mi primo nada más tiene ocho años. –Bien, son las nueve, devuélvemela a más tardar a las 10 y media, si no te cobro otro real.

La rubita atrevida salió de allí con la expresión de felicidad mayor que nadie haya podido observar en su vida. Cuando llegó al tope de una de las lomas, allí estaban como diez chicos reunidos. Ese sábado había competencia y todos iban a participar. El ganador recibiría muchas felicitaciones y un gran cono de granizado del vendedor de la esquina. Ofelia sabía que iba a triunfar y ya se relamía de gusto pensando en el granizado de fresa y anís que tanto le gustaba. Nunca había montado en bicicleta, pero sí había observado cada movimiento de los muchachos de su barrio y estaba convencida que podría hacerlo. En unos minutos, todos estaban preparados. Ofelia se subió a la bici junto a un poste, para recostarse mientras se acomodaba en el asiento y recogía la falda de un lado. El corazón le latía hasta en las sienes. Invocó a todos los santos que conocía y que las monjas de La Domiciliaria le habían mostrado en un libro de hagiografía y, por fin, pedaleó para iniciar el descenso.

La valiente Ofelia apenas tuvo que esforzarse pues la cuesta era bastante empinada. Como un bólido, el viento despeinando la rubia cabellera y los ojos azules algo más bizcos que de costumbre, llegó a la meta… ¡la primera! Los amiguitos del barrio, para su sorpresa, en vez de reírse, burlarse o molestarse por su triunfo, comenzaron a aplaudirla. La niña no podía creerlo. Cuando se repuso de su mezcla de euforia y susto, su vecino, un chico llamado Miguel, le presentó el esperado cono de granizado de fresa y anís.

Eran casi la diez y media y Ofelia recordó que el Sr. Ricardo le había dicho que tendría que devolver la bicicleta a tiempo o le cobraría otro real. Así, una vez consumido el granizado, se fue andando las tres calles que la separaban del establecimiento. Al llegar, el reloj marcaba la diez y cuarenta y cinco minutos. Le esperaba algo extraordinario: los chicos del barrio se le habían adelantado y estaban reunidos en la tienda. El dueño, con una expresión afable, la recibió diciéndole: -Srta. Ofelia, ya me enteré de su triunfo y la felicito. Aquí sus amigos y yo hemos decidido que Ud. merece un regalo y cuál mejor que entregarle la bicicleta. Llévesela a su casa como un obsequio de sus admiradores del barrio. Es Ud. la niña más valerosa de La Víbora y la felicitamos.

Y así fue como “la bicicleta de Ofelia” pasó a ser una leyenda en aquel vecindario habanero.

……………………….

A los treinta relatos de Silvia Burunat, se le suma -como colofón- el cuento “La Diabla” del profesor y escritor Ángel Estévez.

En la portada se reproduce la obra  Las gigantillas (1791-1792) de Francisco de Goya y Lucientes.


Silvia Burunat. Profesora y escritora cubana. Doctora en Lengua y Literatura Española (Ph.D.).  Desde hace años, reside en Nueva York, ciudad donde ejerce la docencia en el City College.

Autora, junto a otros colaboradores, de los libros de texto: El español y su sintaxis (2010), El español y su estructura (2012) y El español y su evolución (2014), entre otros, y de los títulos:  Jornada de amor y lágrimas (2006), Josefa y Josefina (2007), Monólogos dialogados (2008), Autobiografía póstuma (2009), Fantasías reales en tiempo presente y en cinco continentes (2010), Diecisiete memorias y un prólogo (2010), From heaven to Earth and Back. Manual para enamorados (2015) y Danny y Danielle y otras historietas (2017).


Danny y Danielle y otras historietas, de Silvia Burunat.

2017, 184 pp. Colección NARRATIVA.

ISBN:   978-84-8017-387-2.

PV:   15.00 euros ($20.00).

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El miércoles 12 de abril se presentará en la librería BOOKS & BOOKS (de Coral Gables)  el libro Antología de la poesía en Cuba: 1880-1959 (Betania, 2016) del profesor y poeta cubano Dr. Carlos Manuel Taracido (Güines, 1943) que reside en la ciudad de Miami.

Presentará el libro la Dra. Marta Miranda.

Lugar: Librería Books & Books: 265 Aragon Ave. Coral Gables, FL 33134. Teléfono: (305) 442-4408.

Hora: 7.00 p.m.

Fecha: 12 de abril de 2017.

 

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