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Archive for 30 junio 2017

Nos complace presentar el poemario Rimas del alma. Observando el mundo (Betania, 2017) del poeta cubano Carlos Manuel Taracido (Güines, 1943), residente en Miami.

Esta es su segunda entrega poética, después de Poemas de mi fantasía (1971), su opera prima. En este libro, el poeta -y también profesor universitario- reúne 89 poemas que divide en cuatro secciones: Versos entrañables, Reflexiones, El terruño y Tres poemas en inglés. En estas páginas se pueden leer poemas amorosos, versos nostálgicos o existenciales, hasta una fina poesía patriótica. Todo en un contexto variado, pero de una lírica pletórica con un alto nivel poético.

Acompañan, salpicando este tomo, once imágenes con pinturas o fotos realizadas por el autor, como Fertilidad que se reproduce en la portada. Así, poesía y arte (pintura y fotografía) se combinan, se mezclan, dando como resultado una bella edición.

Como muestra del buen quehacer poético de Taracido, les ofrecemos a nuestros lectores tres poemas de esta obra:

 

Observando el mundo

Sentado a la ventana

observando el mundo,

un viento fresco flota

acariciándome

por sólo un momento,

mientras nubes corren por el cielo

creando locas formas

en mi mente.

 

La máscara

Todo es una máscara,

una máscara

que luce radiante

pero que tiene mentiras.

 

Se llena de ideas sin fondo,

se llena de cosas no claras,

pretende, odia sin saña.

 

Todo es una mentira,

así le sonreímos a la vida.

 

Pasaron las horas

Cuando las horas pasaron

se vieron las olas del tiempo

sin muchos recuerdos del alma.

 

Se vieron los astros sin miedo,

como se ven las flores de un río.

 

Sin rumbo pasó una tiñosa

y de pronto

sentí las tinieblas de un pueblo…

 


Carlos Manuel Taracido (Güines, 1943). Poeta y profesor universitario cubano. Ha sido profesor de Literatura y Lengua española en varias universidades del área metropolitana de Filadelfia. Desde 1976 reside en Miami donde también fue profesor universitario hasta su jubilación en el 2011. Autor del poemario Poemas de mi fantasía (1971), del libro Esquema de prosodia española (1971) y de la Breve antología de la poesía en Cuba: 1800-1959 (1972) de la que recientemente se ha publicado una segunda edición: Antología de la poesía en Cuba: 1800-1959 (Betania, 2016).


Rimas del alma. Observando el mundo, de Carlos Manuel Taracido.

164 pp., 2017. Colección Betania de Poesía.

ISBN: 978-84-8017-392-6.

PV:   15.00 euros ($20.00).

Editorial Betania (fundada en 1987).

E-mail:  editorialbetania@gmail.com

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Este artículo de la poeta y profesora cubana Aimée G. Bolaños (Cienfuegos, 1943) fue publicado en la revista digital hispanoamericana Otro Lunes (Berlín: Nº 46, abril 2017): http://otrolunes.com/46/este-lunes/notas-sobre-poesia-y-exilio-en-felipe-lazaro/

Foto de Jacqueline Alencart

Exilio es, en fin, reconocer las patrias menos obvias.
Juana Rosa Pita

Para pensar la significación del exilio en la obra de Felipe Lázaro, bastaría reparar en el título de su antología. Cuando el autor reúne en Tiempo de exilio1 una selección de su poesía de los últimos cuarenta años, el exilio está en el centro de un proceso creativo de muy variados matices, aún abierto.

Su escritura tiene nítidas referencias a una temporalidad histórica marcada por  los interminables tránsitos. Quien habla y firma el libro se hace en el exilio, omnipresente en los avatares del vivir a partir del éxodo originario. El sujeto poético de cada poema en sus desdoblamientos de “persona”, quiero decir, con sus diferentes máscaras, es expresivo de una experiencia transterrada que identifican al autor, escriba, antologador  y  editor de Tiempo de exilio.  A su vez, el exilio remite  la poesía de Felipe Lázaro a una genealogía poética: Ovidio, Dante, Baudelaire, figuras emblemáticas. Heredia, Martí, Lezama Lima, Baquero (tan caro a Felipe Lázaro), de diferentes formas en el continuum poético cubano.

Con toda razón, Francis Sánchez, al prologar el libro, subraya la significación del término que el autor reclama a pesar de haber salido de Cuba con solo 12 años (p. 7). Y vale recordar que si el exilio tiene marcas políticas evidentes, siendo histórico (muy patente, si bien no exclusivo, de la historia cubana), es también una dimensión existencial, supone una conciencia ontológica, consustancial a la poesía. Alude a la condición del artista y su vida espiritual, a una sensibilidad profunda en la trashumancia simbólica, como aquel albatros de Baudelaire exilado en las alturas. Más que un fenómeno o temática, implica una sensibilidad, un conjunto de actitudes, afectos y comportamiento que encarnan en la poesía.

 Tiempo de exilio, como compendio poético de Felipe Lázaro, naturalmente me lleva a reparar en las intrincadas y sostenidas relaciones entre su figura autoral y exilio. Si la poesía lírica con una propuesta de lectura oscilante problematiza la relación autor y yo de la enunciación con su ambigüedad; la poesía del exilio encuentra su fundamento en el efecto de realidad que identifica autor y sujeto poético. A diferencia de las estrategias de la autoficción –soy yo, pero no soy yo–, el autor afirma la identidad pragmática y ontológica del sujeto discursivo y el nombre al pie de libro. Esta estrategia, compartida por el lector, constituye el fundamento de una poética de registro testimonial autorreflexivo, entre el memorialismo y la autoconfesión, tan patente en la poesía del exilio y distintiva de Felipe Lázaro.

Con sus prácticas discursivas específicas, de modo marcado en Tiempo de exilio, la poesía exiliada redefine la figura del autor, oficiante de su propia historia y escritura,  crea un lugar donde se afirma y reconoce, un espacio en el que de manera verdadera, con todas sus contradicciones y ausencias, existe. El poeta escribe para no desaparecer. La poesía es última y primera prueba de existencia. El poeta reclama y proclama su referencia, existe fuera del texto. Vive y escribe su experiencia, se presenta como figura empírica, factual, de estatuto “real” del tejido imaginario, lo que es muy patente en los poemas de la poesía compartida en Tiempo de exilio. En ellos el autor se ficcionaliza junto a tantas figuras de la historia de la poesía cubana y latinoamericana exiliada en un formidable juego de espejos. De este modo, no solo aspira a la credibilidad, también a legitimar la experiencia del exilio que comparte con una comunidad sociohistórica, tanto autoral como lectora.

Viviendo su exilio, el poeta habita y es habitado por el espacio sin tiempo de la escritura  –“poetizando a diestra y siniestra” (p. 78)–,  contrapaso  al tiempo lacerante y los no-lugares o lugares terminales del exilio. En este espacio de la escritura se nombra, retornando a sí y cuanto fue suyo –“cotidiana fantasía” (p. 86) –, asumida la poesía como única y definitiva casa.

En esa dimensión intemporal y restauradora de la escritura, Tiempo de exilio muestra su otra cara de Jano: el tiempo humano del ser y la existencia. En esa densidad histórica que el poeta describe como “abismo de la extrañeza” (p. 24), el presente revisita un pasado declinante –“nostalgias arrebatadas del naufragio…” (p. 27)–, transitando entre diferentes tiempos y espacios referidos a una trayectoria de vida marcada por “la inmensa distancia, lo que nos une y separa” (p. 24).

El poeta representa su cotidianidad –odisea de los días–, se mueve entre ciudades, mujeres amadas, amigos-poetas, omnipresente la poesía de este viaje sin retorno. En este sentido, altamente expresivo resulta “Árbol extraño” que, según Francis Sánchez, “ofrece un arquetipo del exiliado, símbolo que resurge de una fisura ontológica” (p. 10). El poema, concebido como una conversación del sujeto de la enunciación con el hijo, alude a esa ruptura ontológica con la metáfora seminal del árbol ceniciento, pálido de frío que deberá revivir sus raíces en un trasplante-vuelta, deseo mitificado e imposibilidad. La extranjería-extrañeza se ha tornado radical:

Mas un día, hijo, lo volveré a trasplantar,
ya definitivamente,
aunque puede pasar que tampoco allí encuentre morada,
que no se sienta realizado en casa,
que después de tanto recorrer por el mundo
su pequeño lugar de nacimiento le sea ajeno.
Y será otra vez extranjero:
irreversible meteco,
noria de los pasos. (p. 39)

Metaforizado por el frío, el exilio alcanza significación simbólica. La dimensión metafísica dialoga con la histórica en “Nostalgia”, uno de los poemas más abiertos a la interpretación de la antología por su extrema hipérbole, síntesis metafórica y elíptica composición:

Tan fría es la ausencia
que hasta el silencio
se hiela. (p. 31)

Plurívoco e inclusivo, el autor crea una figura autorreferente y plural. El sujeto poético habla de sí como otro, la voz, siendo individual, es la de una comunidad exiliada, el movimiento se torna transgresivo, hacia la alteridad. Y en ese testimoniar al otro, se configura otro devenir y el poeta deviene otro, como puede leerse en “Fecha de caducidad”,  expresivo de una experiencia transpersonal al categorizar la figura del exilado con una enunciación metafórica muy viva –la patria es una balsa– que nomina las odiseas de mar cubanas:

Todo exiliado es un sobreviviente
que rescata del naufragio la patria
convirtiéndola en su única balsa.

(…)

A este triste y solitario náufrago
solo le queda rememorar su infancia
-su verdadero país-
mientras se niega a aceptar esta tragedia
impuesta por la Historia
-histeria patria-
y la lejanía no está en él
ni el espacio lo desune. (p. 84-85)

La memoria recurre en Tiempo de exilio al configurar el tiempo humano en movimiento tanto retrospectivo, dominante en la antología, como prospectivo: tiempo de la espera, de la profecía y el vaticinio. Expulsión del paraíso, tierra prometida inalcanzable, edén tropical ya desvaído, infancia mitificada, futuro conjetural componen una compleja trama en la que el dolor de la pérdida es tanto mítico como histórico, de evidente causalidad social. Extranjería, extrañeza, desarraigo, nostalgia son marcas de sensibilidad constantes. Y valdría actualizar la etimología de esta última palabra que tiene en su raíz nosteo y algeo(volver a la patria), indisolublemente asociada a las funciones imaginativas de la memoria y a la conflictiva percepción del paso del tiempo. Desde un problemático presente, el sujeto de “Tendrás casas invisibles” parece augurar cuando recuerda:

Tendrás casas invisibles
en el espacio desterrado.
Varios hogares descoloridos
-ascua vidriosa-
en el espacio congelado de palmas,
compartiendo el pan del olvido coagulado.
Así despertarás
fatigado,
de todo sueño esperanzador. (p. 35)

El proceso creativo de Felipe Lázaro vuelve continuamente sobre sí para interpretar, con imaginativas variaciones, el tema mayor del exilio,  moviéndose entre el adentro –minimalismo de la historia personal– y el tiempo de la Historia con mayúscula, magna estructura sociohistórica donde el sujeto poético lidia con la falta de sentido, tocando lo simbólico en el espacio compensatorio de la escritura. Así en “Epitafio para un aprendiz de poeta”, referido a un otro conjetural, el yo enunciativo oblicuamente se configura:

Sufrió lo indecible por una tierra lacerante.
sumergido en un pantano reseco por la lejanía
miraba sus poros como si fuera el universo
extraño, siempre extraño frente al espejo desnudo. (p. 61)

De libro a libro, de poema a poema, las formas compositivas de Felipe Lázaro van mudando y enriqueciendo sus significados en la identidad de una estética que privilegia la forma sentenciosa y reflexiva, la fragmentación y el decir elusivo, los efectos de oralidad y autorreferenciales, el sesgo narrativo, el dialogismo con el otro y con sí mismo. Su autoexamen y la mirada atenta al mundo que lo rodea dan vida a los espacios y tiempos de la errancia obligada, tanto en poemas de elaborada estructuración polifónica disonante, de cierto barroquismo  –“Las siete moradas de una Teresa llamada Carmen”, “Evocación de un encuentro”, entre otros memorables–, como en los de suma concentración, rupturas de sistema, acotaciones desafiantes y elocuente parquedad, como en “Señas de un preso”, dedicado al poeta Jorge Valls:

Lugar: La Cabaña-cárcel,
un camastro,
la mesita,
unos libros,
poca luz.
Una ventana con barrotes mohosos.
Nombre: Estudiante de Filosofía.
Tiempo: Veinte años.
Horas: Desfile de rejas. (p. 32)

La poesía amatoria es lugar de revelaciones en Tiempo de exilio. Los ditirambos amatorios de tesitura emotiva, más sensuales o idealizados –“Para el amor quedan recursos”, por ejemplo–, así como los punzantes poemas epigramáticos que reinterpretan el imperecedero “amo y odio” de Catulo –“Marvila la calculadora”, tan eficaz–, constituyen entradas en la intimidad, reveladoras de facetas de la biografía sentimental.

Provocativos, por su tono y asunto, los poemas lúdicos de las celebraciones báquicas se destacan por su intensidad. Con su enunciación irónica, catálogos etílicos y  crónicas alborozadas –encubridoras de vacío y nostalgia–, estos deliciosos divertimentos crean escenas de notable fluencia descriptiva y contadora. Representativo de esa cuerda “Un sueño muy ebrio sobre la arena” reúne poetas dispersos en la celebración de las afinidades electivas y el vino  –“las grandes jarras hermanan brazos. / La intolerancia se disipa con un buen jerez” (p. 69)–, convivio que integra sitios y figuras de la bohemia, quizás otra forma de la errancia y, a la vez, morada. Allí, en ese espacio heterotópico, con la visión de las “copas con ala”, fulgurante imagen martiana del umbral del poema, se yuxtaponen fragmentos del viaje siempre inacabado y el nomadismo cultural.

Especialmente he apreciado los retratos, tanto elegíacos como desacralizadores,  y los autorretratos, en los que el poeta da forma a estados espirituales y a su reflexión ética. En este tipo de poema, “Tiempo de exilio” paradigmático, puede ser revelador y reticente, el sujeto discursivo espectador lúcido y aturdido de sí mismo:

Haber heredado el silencio por costumbre.

La nada acumulándose a pasos agigantados,
estériles segundos que se suceden
cuando el calendario pesa más que la vida
y es incierto el respirar constante.

Ya nada asombra a no ser la verdad.
Y el equilibrio necesario de los días
aturdido
experimenta con la lejanía. (p. 89)

De notable riqueza y variedad resulta la galería de retratos de poetas exilados (grandes figuras y todos lo que optaron por el destierro desde 1959), poemas generalmente memoriosos, elegíacos, dialógicos. En “Memoria compartida (Poema a Gastón Baquero)”, la elegía es espejo imaginario de una muerte que se reparte:

Más visible que nunca antes
divagas alegre por silente viaje,
repiensas versos como recuerdos
ante el asombro de las estrellas
con tu corazón elegante convertido en Isla. (p. 80)

De emocional tesitura reflexiva, “Díptico del eterno exilado”, a la memoria de José Mario, abre con una cita Guillermo Rosales que no deja lugar a dudas: “Soy un exiliado total”. El poema rememora una vida poética y en la poesía, para culminar con la figura emblemática del poeta maldito, eternamente anhelante y dislocado, padeciendo su exilio absoluto:

Con tu poesía rodeas la esencia del verdor insular,
vitral ausente de todo tipo de emblemas patrios.
Sin datos escritos en tu pasaporte,
deshaces la telaraña de tus ensueños
y confirmas la más trágica verdad:
los hombres son más libres después de muertos.

Al final, quemaste tu vida a grandes sorbos:
rebelde, iconoclasta, irreverente,
doblemente exiliado,
poeta maldito en tu tierra y en el destierro. (p. 83)

Un rico pensamiento del arte poético, junto a vívidas memorias de trozos de vida compartida, se deja leer en los poemas de diálogo imaginativo e imaginario con poetas.

(Heberto Padilla, Manuel Díaz Martínez, León de la Hoz, Alfredo Pérez Alencart, Louis Bourne, José Lezama Lima, Saint-John Perse, José Martí, Dámaso Alonso, Charles Baudelaire, Nicanor Parra, entre tantos)2. El sujeto poético se transforma en un demiurgo que da existencia al otro, en él se reconoce y completa, ahondando sin desvelar el misterio de la poesía. Cada uno de estos poetas, a su manera incomparable, “es un artista del desequilibrio” (p. 56) que en la escritura se  rehace. De este modo los retratos interpretan la condición del poeta errante, conocedor de la fragilidad de cualquier frontera entre el desaliento y la esperanza:

Desterrado de sí mismo
como una provocación más en su vida
siempre lo acompañó el poder subversivo de un poema.

(…)

Este hombre masticó el exilio
y toda desesperanza le fue ajena. (p. 78-79)

Leídos de conjunto, los poemas de poetas, tanto retratos como autorretratos, integran una poética autoral tramada en y por el exilio; cada figura, ícono y emblema. Elogio de la palabra poética, ética, crítica y denuncia, conciencia de la transitoriedad de modas y modismos, todo ocupa su lugar en el pensamiento poético. Con la imago, Tiempo de exilio nos dice: la poesía es subversión, acto de rebeldía, sueño de verdades inconclusas, suma de voces sin estériles fronteras, fantástica realidad cotidiana, reconstrucción de la historia que se escapa, conocimiento ancestral, conjugación mística, coloquio humano trascendente, alegría que medita.

Finalmente, como alguien que comparte e intenta escribir la errancia, al pensar la poesía de Felipe Lázaro me han acompañado dos ángeles del imaginario. El primero, el ángel de Walter Benjamin tan citado que, lejos de agotarse, gana hoy nuevos significados. En la novena tesis sobre filosofía de la historia, Benjamin remite a un cuadro de Paul Klee, “Angelus Novus”, que representa un ángel atónito, de ojos desorbitados y alas abiertas. El Ángel de la Historia, dice, debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado, ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y las vuelca a sus pies. El Ángel quiere despertar a los muertos y componer el destrozo, pero sopla un vendaval que lo empuja hacia el futuro, al que vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece hacia el cielo3.

Junto al vendaval de la historia moderna y en nuestro caso al venturoso desastre del exilio, no solo destructivo, la poesía de Felipe Lázaro revive también otro Ángel, el de la Jiribilla, imaginado por Lezama Lima; ángeles no opuestos, más bien  simbólicos dobles complementarios. Sin desconocer las ruinas y la catástrofe, leyendo Tiempo de exilio, celebro esta imagen jubilosa, tan criolla y esperanzada, que rinde tributo a nuestra poesía:

Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte. Vigila las cenizas que retornan. Sé el guardián del etrusco potens, de la posibilidad infinita. Repite: Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad. Ya la imagen ha creado una causalidad, es el alba de la era poética entre nosotros4.

 

Notas del artículo

 

  1. Felipe Lázaro. Tiempo de exilio. Antología poética (1974-2014). Prólogo de Francis Sánchez. Prefacio de Margarita García Alonso. 2.ª Edición. Madrid: Editorial Betania, 2016. La antología acoge poemas de cinco libros: Despedida del asombro(1974), Las Aguas (1979), Ditirambos amorosos(1981), Los muertos cada día están más indóciles (1987), Un sueño muy ebrio sobre la arena (2003). Tiempo de exilio, última parte del libro, reúne poemas sueltos, no publicados en libro de autor. Todas las citas pertenecen a esta edición.
  2. Felipe Lázaro especifica y distingue: “Poetas a quienes escribo poemas como: Gastón Baquero, Alberto Baeza Flores, José Mario y Jorge Valls, y poetas a quienes dedico poemas, como: Díaz Martínez, Pio E. Serrano, León de la Hoz, Alfredo Pérez Alencart, Gaetano Longo, Louis Bourne, Carlos Contramaestre. Poetas que cito: Baudelaire, Perse, Mariano Brull, O. Paz, Eliot, H. Padilla, Martí, G. Rosales, y otros, más las tres citas iniciales: Rilke, Whitman y Borges.” Correo a la autora de 19 de febrero de 2017.
  3. Walter Benjamin. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Prólogo, traducción y edición de Bolívar Echevarría. México D.F.: ed. Ítaca, 2008, p. 160.
  4. José Lezama Lima. El reino de la imagen. Selección y prólogo de Julio Ortega. Caracas: ed. Ayacucho, p. 336.

Del Autor

Aimée G. Bolaños
(Cuba-Brasil). Escriba y lectora de ficción. Profesora del programa de posgraduación de la Universidade Federal do Rio Grande, Brasil. Fue docente en la Universidad Central de Las Villas, Cuba. Ha publicado numerosos artículos sobre  poesía y narrativa cubana trasnacional, el libro de ensayos Poesía insular de signo infinito. Una lectura de poetas cubanas de la diáspora  (2008) y la entrada sobre “Diáspora” para el Dicionário das mobilidades culturais: percursos americanos (2010, edición en francés,  2015). Entre sus libros de ficción: El Libro de Maat (2002), Las Otras. Antología mínima del Silencio (2004). Las palabras  viajeras (2010),  Escribas (2013), Visiones de mujer con alas  (2016) . En proceso de edición Oficio de lectora (ensayos). Ha sido traducida a diversas lenguas. Sus poemas aparecen en numerosas antologías, entre ellas, Catedral Sumergida (2014).

 

 

 

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