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Archive for the ‘Betania’ Category

Nos complace presentar el poemario Copos en la piel (Betania, 2017) del poeta cubano Carlos I. Naranjo (Santiago de Cuba, 1975).

En palabras de la poeta cubana Lilliam Moro: “Como un monje copista medieval, afanado en mostrarnos la mejor caligrafia de su ser poético, Carlos I. Naranjo ha logrado en Copos en la piel  la cuidadosa expresión de su mundo interior, donde pugna la tensión por lograr el equilibrio entre el eros y la trascendencia, mediante los versos precisos y pausados de ese “hombre que se acurruca junto al mar”, pero que a veces libera metáforas vehementes como “murmurarte a dentelladas”. El dolor discreto, encerrado en este corpus poético que expresa más de lo que dice, es ni más ni menos la búsqueda de sí mismo y la de cada uno de los que nos adentramos en su lectura”.

Esta entrega, compuesta por 49 intensos poemas, confirma la trayectoria poética de su autor; iniciada con el libro Irónicamente positivo (2003).

Como muestra de este buen quehacer poético valgan unos breves poemas de este título que hoy presentamos:

 

CICLO

 

En un inicio eran solo sus sueños,

los pintaba con polvo de estrellas,

en las paredes de la casa y al lado de sus muertos,

en los muros de una ciudad que se extingue.

Les tatuaba en su espalda,

planicies de piel inundadas de historias.

Aprendió a teñirles en el lienzo,

en el sexo con quien nunca tuvo sexo.

Sueños manchando cartas a desconocidos,

en los poemas de hojas amarillas,

en la tristeza que llega siempre,

y en la frente de los que urgen

que pare de pintar tantas quimeras.

 

 

 

90 MILLAS

 a Javier Azahares.

 

Un viento de sal se ha colado en mi esperanza,

ante noventa millas que nos separan.

No lo sospeché ese junio,

el mundo no era permeable.

Me han castrado los ancestros

mi tumba ha sido vendida al mejor postor.

Maldigo siempre a la mar,

a tus dedos,

los besos que aún queman mi sexo.

Pretendo borrar mis tardes y mis rimas,

cegar el pozo de esta conmoción,

no puedo odiarte,

tu aroma da vida a mis silencios,

te me agarras al alma cada vez que te veo

la soledad amordaza mis días,

mis dedos resbalan en la ausencia.

 

 

LA MUERTE DE MARAT

 

Distendido al borde de la cama

inclino la cabeza y entono un réquiem.

Luego de un sexo a tientas

recuerdo a Marat

la misma muerte

ojos cerrados

los míos fijos en el metrónomo de un jadeo.

Con la pluma en mano

memorizo el poema con gritos de parto.

Sangre blanca salpica el silencio

mi cabeza descubierta de enojos.

Ambos soñamos con la daga.

 

————-

En la portada -y en el interior del libro- se reproducen obras del pintor cubano Yuniel Delgado Castillo (La Habana, 1984) residente en la ciudad de Miami.

 


Carlos I. Naranjo (Santiago de Cuba, 1975). Licenciado en Filología inglesa por la Facultad de Letras de la Universidad de Oriente, Cuba, y por el Instituto a Distancia Enrique Pérez-Serantes de la Universidad de Comillas, España. Además, realizó estudios de postgrado en la Universidad Internacional de la Florida (FIU).  Ha sido profesor de Inglés y actualmente trabaja en el área de servicios sociales en Miami, ciudad donde reside.

Autor de los poemarios: Irónicamente positivo (2013) y Copos en la piel (2017). Su poesía ha sido seleccionada en las antologías Balseros (2015), Segunda antología poética Eliluc (2015), Versos paralelos (2015) y No resignación (2016) y ha publicado sus versos en las revistas Signum-Nous, Baquiana y Conexos de Miami.


Copos en la piel de Carlos I. Naranjo

2017, 88 pp. Colección Betania de Poesía.

ISBN: 978-84-8017-390-2.

PV: 12.00 euros ($15.00).

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El pasado 4 de marzo se realizó la presentación del libro Como Dios manda. La Biblia a la luz de Cristo (Betania, 2016), de Eddy De La Hoz. El acto se celebró en el hotel Ramada Inn de la ciudad de Fishkill en el estado Nueva York. Elizabeth Pacheco, estudiosa y profesora de enseñanza bíblica, hizo la presentación del libro y del autor ante más de un centenar de asistentes. Durante el emotivo acto donde estuvieron presentes pastores de diferentes iglesias, el autor hizo la narración de tres breves historias personales que ilustran la razón, el propósito y el futuro de este libro. En el propio volumen se destaca esta relación ejemplar entre la experiencia y el aprendizaje en el camino del enriquecimiento espiritual. Del encuentro salió el compromiso de hacer una edición del libro en inglés.

El autor, Eddy De La Hoz, durante la presentación de su libro Como Dios Manda, La Biblia a la luz de Cristo. (Betania).

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Nos complace presentar la edición especial (digital y gratuita) del libro Nostalgias, ironías y otras alucinaciones. Cuentos escogidos (Betania, 2017)  del narrador cubano Amir Valle, radicado en Berlín, Alemania.

Esta entrega reúne nueve de sus relatos, seleccionados por el autor, en forma de una magnífica y muy acertada antología personal. Como bien señala, Alberto Garrido, otro excelente narrador cubano, en las palabras iniciales de este libro: “Con Nostalgias, ironías y otras alucinaciones nos acercamos a un texto ejemplar, al mejor libro de cuentos de Amir, porque no solo es una bitácora de sus obsesiones literarias y estéticas, sino porque la factura, la técnica, se oculta, se escamotea para dejar que lo más importante brille: los personajes (…) No veremos en este libro ninguna pirotecnia liviana de la que tanto abunda en la literatura actual. Son cuentos de una redonda madurez: marginales, sórdidos, lúcidos, irónicos (…) Las historias son sucias, dramáticas, huelen a vida…”.

Como muestra de este buen quehacer literario de Amir Valle, les ofrecemos uno de sus cuentos:

 

Hoy almorzaremos con El Duque

 

A Demetrio Ruiz, que murió en Boston, huyendo de sus fotos de pelota, todavía hoy pegadas a la sala de su casa, en Miami.

 

Un comemierda. De eso tiene cara: de perfecto y gran comemierda, y en esas fotos aparece siempre a un lado, o al fondo, como un manchón que una mano sucia, misteriosa, invisible, hiciera al cuadrado de papel brillante donde su cara de Don Nadie aparece abrazado al viejito que es, días antes de morir, el Gran Hurtado; o sonriendo casi como dos soldados, marciales y en una postura que le sigue recordando la forzada que resultó aquella foto en el Latino junto a Braudilio Vinent mientras una Habana llena de orientales a grito puro, a euforia pura, a puras mala palabra limpia: ¡¡¡pinga, ganamos, habaneritos!!!, celebraba la victoria del equipo Santiago; o pareciendo un guiñapito delante de esa mole con pinta de guajiro que le ha pasado un brazo sobre el hombro, con la puerta del estadio Genaro Melero a la espalda, y sonríe, bonachón, compasivo quizás, mientras recordaba las veces en que botó la pelota de aquel campo, como sucedió esa noche, segundos después de que él preguntara a un amigo común: “¿Crees que Muñoz querrá tirarse una foto conmigo?”.

En todas esa fotos es un muchacho con cara de comemierda, piensa, y “ahora eres un verraco viejo comemierda”, se dice, con cierta rabia, como para ratificar esa extraña sensación de pequeñez, de insignificancia que siempre se le mete bajo su pellejo duro y ya arrugado cuando se ha sentado en esa pieza de su casa a mirar las fotos que adornan las paredes, pegadas allí, año tras año. Lo hace muy poco, Siente miedo. Un escalofrío que lo va vaciando lentamente, mientras su vista guía al cerebro de una foto a otra rememorando siempre su papel de fan idiota que vive de las glorias ajenas.

Ahora le parece idiota. Por eso rehúye mirarlas, aunque por una molesta fuerza a la que no logra imponerse las sigue poniendo allí, en los espacios aún vacíos de la sala, y aunque todavía siga explicando al curioso que llega, se sienta, mira y pregunta, cómo tuvo que anotar al hijastro de Marian, su mujer gringa, todavía tan putísima y amante de todo lo cubano como la noche en que la conoció, en un curso de pitcheo carísimo para que le fuera fácil retratase en el mismo campo de entrenamiento con Arocha, el maestro; o cuánto disparate tuvo que hacer para colarse en el Captain Tony’s donde otro fan comemierda como él daba esa fiesta en honor a Minnie Miñoso y Sandy Amorós en la que aparece al centro de los dos peloteros, dueños ya de todo el dinero y todas las arrugas que no llegaron a tener en Cuba; o el modo en que, por una simple cortadura en la mano que recuerda aún por esa herida tan visible entre sus dedos pulgar e índice, el azar le puso delante a José Ariel Contreras, acabadito de firmar por unos cuantos millones para los Medias Blancas de Chicago, de visita allí, en Mercey Hospital para ver a un familiar de Miami que había chocado su coche y estaba enyesado “hasta el culo, bróder”, le escuchó, afable, jura que triste, sin imaginar que terminarían posando luego para esa foto que sigue desde ese día junto a la lámpara de pie, en un costado del sofá cama de la sala.

Le parece idiota haber vivido tanto tiempo disfrutando las glorias ajenas como si fueran suyas, en un vicio que ahora, pasados tantos años, considera una forma inocente de autoaniquilarse, pero no ha logrado resistirse y, quizás por la costumbre, de nuevo le ha dicho a Marian que invitó a otro pelotero famoso a comer en casa, allí, donde ya habrían unas tres o cuatro mil fotos de grandes peloteros junto a las suyas con algunos de ellos, en lo que muchos cubanos ya conocían como “El templo del Béisbol”.

-Hoy almorzamos con el Duque –le dice, y la ve sonreír, siempre con esa cara de gringa putísima por la que supo que, bien ensartada en una cama, aquella hembra malcriada, hija de padres ricos, le garantizaría un futuro tranquilo, sin tener que regresar a las fastidiosas y asqueantes noches limpiando mariscos en el Mambo Café.

-¿Cómo lograste llegar a él? –preguntó ella.

-Cosas de Dios –le dijo-. Alguien le comentó que no podía irse de este viaje a Miami sin visitar mi templo.

Y allí estaba, más blanco que en Cuba, sentado con una humildad que lo bajaba, desde el pedestal donde muchos los situaban, a la altura de un mortal como él, Demetrio Ruiz, ahora su anfitrión, que tuvo de golpe en aquella mesa la cara de su padre, y sus palabras, dichas muchas veces: “los negros, cuando viven como ricos o se van de Cuba, blanquean hasta la piel”, aunque también muchas veces lo escuchara decir: “o no sé si es que uno se acostumbra tanto a verlos vivir como animales, hacinados en cuarterías, acostumbrados a la mierda, que cuando se los encuentra viviendo como personas es uno mismo quien los ve más blancos”. Típico racismo.

-Leí eso que dijeron de ti –le comentó al Duque cuando vino a sentarse, después de un paseo detenido ante cada foto, como quien recuerda.

-¿Qué cosa? –le oyó decir-. Salieron tantas cosas acá…

-Me refiero a las de allá –precisó y tuvo que bajar los ojos: no sabía cómo el hombre tomaría su atrevimiento-… a eso de que eres un traidor.

-Tuve que prepararme, no creas –y fue el Duque quien bajó la cabeza y concentró su mirada en la espuma de la cerveza en la copa-. Con Cuba siempre es así: nadie la entiende.

Vio que la frente del negro se arrugó ligeramente y sintió la mano de Marian bajo la mesa, como indicándole algo que no llegó a entender, concentrado en la cara del Duque. Algo le dijo que debía esperar, no preguntar, no decir una sola palabra. La inquietud del pelotero al tomar la copa y dar un ligero sorbo que resultó sonoro ante tanto silencio, demostraba el nerviosismo típico que antecedía a las palabras.

-Te exigen como pelotero que llegues a lo máximo -otra vez la voz, ruda pero reflexiva, como quien hurga y hala palabra a palabra cada frase-. Y no reconocen que las Grandes Ligas son lo máximo para un pelotero…vaya, que están hechas para que los cubanos brillen de verdad, ¿no es algo enredado?

Movió la cabeza, o algo así, para afirmar. En la sala flotaba un aire que lo confundía, una especie de humo, de niebla tristona que se removió todo el tiempo bajo las palabras del Duque. No sentía esa niebla desde los primeros días de su llegada a Miami.

-Y a ti –le escuchó decir-, ¿cuándo te cogió el bichito de la pelota?

Como a todos los cubanos, de vejiga, soñando mientras jugaba que era uno de los grandes y la botaba del estadio como Fermín Laffita o lo entrevistaban en la tele como Capiró, Vinent o Cheíto Rodríguez. Es algo en lo que prefiere ni pensar. Era malo. Una peste. Lo peor que haya conocido como pelotero, aún cuando le siga pareciendo hermoso, bajo las brumas de la distancia y los años, el rostro de su padre detenido en la puerta del cuarto, con un bate, un guante malo y una pelota que consiguió comprando a otro padre el juguete básico que le tocó al hijo de tres años, porque cuando llegó el turno 113 en la larga cola de padres que esperaban por comprar los juguetes normados del año (uno básico, siempre el más importante, el más lindo; uno no básico y otro dirigido, feos, chiquiticos, de mala hechura y más baratos) para el niño Demetrio Ruiz sólo quedaban en la tienda muñecas, jueguitos plásticos de cocina y trompos metálicos; y aún cuando le duela que su novia de entonces jugara pelota mejor que él y le gritara ñame con corbata ante cada ponche, que el flaco Tatai lo llamara Demetrio la coladera, o que ninguno de los capitanes de equipo lo quisieran como jugador ni siquiera porque era quien ponía una pelota, un guante y un bate de verdad que su padre le había comprado a alguien que había tenido mejor suerte en aquella lotería nacional que era la venta de juguetes cada año.

-De niño, como todos -simple la respuesta.

Pancha, la criada mexicana, trajo el asado. Había puesto ya sobre la mesa el plato de yuca con mojo, “hecho con ajo que mi hermana mandó desde Cuba”, le precisó Demetrio al Duque. En una esquina humeaba el congrí, aromático, desgranado, apetitoso, custodiado por una fuente de tomate y lechugas. Cuando la negra se retiró, le hizo una seña a su invitado para que se sirviera a gusto.

-¿Cuándo viniste a dar aquí?

Tampoco quería hablar de ello. Hubiera preferido ser él quien preguntara. Obtener confesiones del Duque Hernández, el gran pelotero, una de las glorias de los Yankees de Nueva York, de quien se decía que iba a firmar por ocho millones los dos años con los Medias Blancas de Chicago, y no estar respondiendo con frases cortas porque había querido olvidar, porque no le hacía bien recordar el polígono y las formaciones y las marchas y las maniobras contra un enemigo invisible de Jejenes, cerca de Pinar del Río, adonde se escapaban alguna que otra vez para ver los juegos de la Serie Nacional. No le era grato. La nariz abollada del sargento Peré, su frente partida, rajada al medio, con la herida oculta bajo el manto negruzco de la sangre, y los otros gritando: ¡estás loco, Demetrio!, ¡lo mataste!, te van a fusilar, como si para ello nada significara la humillación recibida de aquel bestia: Demetrio, si la puta de tu madre te ve jugar pelota así se caga en la hora en que se singó a tu padre para parirte, o Maricones, van a estar corriendo pistas hasta que se me olvide que jugaron como putas cuando perdían con otras unidades, o Demetrio, tres meses en el CEIS, pidiéndole a Dios que lo librara de las 20 horas de marchas y los ejercicios y otra vez las marchas y los ejercicios y las cuatro horas de sueño y el espagueti blancuzco en el desayuno, el almuerzo y la comida, en aquella cárcel bautizada como Centro de Entrenamiento Intensivo del Soldado, para que aprendan que los hombres tienen los cojones bien puestos y Servicio Militar es un honor, so mierdas. Se resiste a recordarlo. Y ahora, de pronto, por la imbecilidad de haber invitado a esa gloria nacional que engulle un trozo de carne de puerco asada, todavía jugosa, la mente le juega esa mala pasada y le ciega los sentidos, pone el bate en sus manos, un estría, otro, el tercero cantado, limpio, sin que llegara a moverse, a hacer swing, justo en el juego final que significaba la bandera de Mejor Unidad en el Deporte, las bases llenas por primera vez en todos los innings, dos outs, al final del octavo, ganando los de Vaca Muerta-Unidad de Tanques tres carrera contra una.

-En el 80, cuando el Mariel  -se limitó a decir-. Fui uno de los Marielitos.

No dice, como piensa, me ofendió tanto que no supe dónde estaba, ni qué hacía, como dijo en el juicio. Tampoco dice de los años en la prisión militar de Ganussa, del respeto ganado por haber matado a un hombre en una cárcel donde el mayor delito era el robo de una caja de makarov para venderla en Centro Habana a los delincuentes a 200 pesos cubanos, pura ganga. El que mata a un hombre ha de ser un desalmado, piensan todos, y no supieron nunca del miedo, del asco ante la sangre en la cabeza del sargento, de la oleada de vómito que lanzó su estómago sobre el cuerpo ya muerto de aquel bestia que, luego del ponche, esperó a que llegara al banco, en medio del juego, y lo lanzó al suelo de una bofetada: “te voy a hacer sangrar el culo por esta mierda, maricón”, le gritó delante de todos, segundos antes de la ceguera, del bate empuñado con una rabia que aún le hace doler los nudillo, del ruido de su pasos caminando hacia la bestia, asombrada, asustadas quizás: “qué-qué cojones vas a hacer, puta?, le oyó decir. Luego el batazo en la frente, el bate que se parte, las patadas al cuerpo encogido en el suelo reseco del estadio, frente a las gradas, la sangre manando, manando, manando ahí, en el recuerdo.

-Cumplí tres años –dice, decidido ya a terminar el juego del recuerdo en su cabeza-. Vinieron a decirme que si quería la libertad tenía que irme en una lancha por el Mariel.

-De algún modo –fue la respuesta del Duque-, todos estuvimos presos alguna vez, por algo.

Demetrio notó que comía más ensalada que carne, como si se cuidara, y que había dejado de tomar cerveza para servirse un vaso grande de jugo de naranja, con el que acompañaba, a sorbos pequeños, algún que otro bocado. Seguía flotando sobre toda la sala la mima niebla y se dijo, apenas sin darse cuenta, que aquella velada comenzaba a resaltarle incómoda, algo jamás imaginado cuando la voz de un amigo le dijo “el Duque está en Miami, Demetrio, y me preguntó por tu templo; va y te cae por allá”.

-¿No te ha pasado que, cuando miras, es como si Cuba estuviera aquí?

-¿Las fotos? –quiso saber.

-A mi gente les dije que m enviaran fotos que se quedaron allá -le escuchó al Duque-. Es algo raro, ¿sabes? Las miré, todas, una vez y me juré que no volvería a verlas. Te hace sentir lejos, ¿no te pasa?

Hasta ese momento no lo había notado. Simplemente los colocaba en las paredes, pegándolas a la superficie blanca con una cola que las eternizaba allí, hasta que el paso de los años o un terremoto, o un ciclón devastador lanzara la casa a la mismísima mierda. Pocas veces las miraba. Y sin embargo, no podía negarlo ahora que el Duque se lo hacía saber, se lo aclaraba, siempre había tenido la sensación de que, estando allí, en la sala, pues no le ocurría en otras piezas de la casa, Cuba quedaba a mil años luz, en un rincón difuminado de la memoria, hundida en la neblinosa indefinición de la nostalgia.

-Seguro te dicen que estás tratando de traer a Cuba contigo –siguió diciendo el Duque, y s voz era pausada, casi doctoral-. Es un disparate. Un chino se va de su país, comienza a coleccionar lámparas de papel y le dicen que eso es bárbaro, que así las tradiciones se conservan, toda esa basura. Un cubano se va y comienza a coleccionar cualquier cosa, cucharitas de latas, bolígrafos, piedrecitas, lo que sea, y entonces se bajan con el lío ese de la nostalgia.

Se lo habían dicho. Incluso uno de esos que los miraban comer y conversar desde su atalaya sagrada en la pared. Después de la fiesta en el Captain Tony’s, Minnie Miñoso quiso venir a ver el templo. Estuvo un buen rato. Se paraba delante de las fotos más viejas, a veces mascullando alo ininteligible cuando algún rostro le era conocido, o cercano, o íntimo, y luego pasaba a las más recientes, y decía en voz alta: “ah, ese es el tal Víctor Mesa”, “caray, mira qué viejo está el negro Linares, ¿y este es el niño Linares?”, o cosas así.

-Es un modo chévere de echarte a Cuba en el bolsillo –dijo antes de irse.

También había sentido esa niebla pegajosa que el Duque le hiciera notar, luego de que él se resistiera a reconocerla, aún cuando la sufría más que nadie, año tras año, desde esa tarde lluviosa en que se bajó de la lancha que lo trajo vía Mariel-Miami; una niebla agudizada hasta convertirse en una nata asfixiante la noche en que comenzó a sacar las fotos acabadas de llegar de Cuba con un amigo escritor y decidió pegar la primera encima de la simulación de chimenea antigua que el constructor de aquellos apartamentos había colocado justo al centro de la sala.

-Pero dan tristeza, compatriota –agregó Miñoso esa vez.

-Es un disparate –vuelve a decir el Duque y bebe un sorbo final del vaso de jugo-. No nos pueden quitar

la memoria, pero Cuba sigue allá. En buen cubano: nos han jodido, compadre.

Hablaron de pelota, de los tiempos antiguos en el béisbol cubano cuando jugar en las grandes ligas era fácil se se daba todo en el terreno y se demostraba madera de gran pelotero, de las temporadas a partir del 59 y las escasas posibilidades de ascender las cimas del reconocimiento y el dinero a un mismo tiempo, de las jugadas inolvidables y los juegos más espectaculares o difíciles.

-Cuando me quedé -comentó en voz muy baja, las palabras marcadas por una tristeza muy cercana al dolor y a la impotencia-, un comemierda dijo que dejaría de ser cabeza de león en Cuba para convertirme en cola de ratón acá, en las Grandes Ligas. Se cogieron el culo con la puerta.

-¿Quién lo dijo? –preguntó Demetrio y vio que el Duque esquivaba su mirada.

-Ya eso no importa –le escuchó decir-. Es un gran pelotero. Más me duele que también dijo eso…, lo de la traición…, yo mismo lo vi en la televisión de acá, entrevistado por la CNN.

-Hay de todo en la vida –fue a decir a modo de consuelo.

-Uno va descubriendo la mierda que se come –lo interrumpió el Duque, aún cabizbajo, dando ligeras vueltas al vaso vacío. Lo hacíamos talco criticándolos, llamándolos traidores.

Señaló a la fotografía donde Minnie Miñoso sonreía junto a Demetrio y a Sandy Amorós.

-Ese que ves ahí me dijo una vez que los cubanos nos hemos pasado la vida dividiéndonos, atándonos, en vez de intentar comprender que cada uno tenía sus razones, sus sueños. Tiene razón. Supe en carne propia lo jodido que es que un hermano te llame traidor por equivocación o conveniencia.

-Sí, es bien jodido –lo apoyó Demetrio.

Un flan de leche cerró el almuerzo. Luego el café, “mi madre hablaba muy bien del café Pilón allá en Cuba!, dijo el Duque mientras olía el humillo que se escapaba de la taza, “pero qué va, compadre, como un café de la Sierra no hay en el mundo”.

-Me guardas un secreto, Demetrio? –le soltó sacándose de un bolsillo las llaves del auto.

No tuvo necesidad de contestar. Sabía que el tono de la pregunta indicaba una sola cosa: la confesión vendría de todos modos.

-Todavía lloro como un cherna cuando el equipo Cuba gana un torneo contra los americanos –dijo el Duque, y sonrió, bonachón, tímido.

Se despidieron en la puerta con un adiós que a Demetrio le siguió pareciendo triste, jodido, y se mantuvo en el portal viendo cómo el corpachón del Duque se escondía dentro de su coche, lujoso hasta el escándalo, cómo el motor ronroneaba, primero quedamente, luego impulsado por una fuerza divina, hasta adquirir ese tono parejo que llega a ser inaudible en los carros modernos como ése. Entró a la casa cuando lo vio perderse en la esquina más lejana y fue a sentarse en el sofá, casi acostado, para quedar mirando fijamente foto a foto, todo lo pegado por años en aquellas paredes. Supo que debía irse de allí, de aquel barrio, de aquella ciudad, ya que no podría irse del país, o regresar, y a fin de cuentas, Cuba seguiría allá, a más de noventa millas, anclada en el mar.

-Tienes razón, compadre –dijo-. Nos han jodido.

La Habana, enero y 2005.

 

 

En la portada de este libro se reproduce la obra Islas al Sur IV (Serie) del pintor cubano Felipe Alarcón Echenique (La Habana, 1966) que reside en Madrid, España.

La versión digital (ebook) de esta obra se puede leer y descargar gratuitamente pinchando en  la segunda de las ventanas EBOOK de este blog.

Esta obra se suma a los otros 20 ebook de temática cubana  que conforman la Colección Digital de Betania, que se difunden de forma gratuita en el blog EBETANIA y  mediante su envío por e-mail, desde 2013.


Amir Valle (Cuba, 1967). Escritor, ensayista, crítico literario y periodista. Saltó al reconocimiento internacional por el éxito en Europa de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos” sobre la vida actual en Centro Habana, integradas por las obras: Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Últimas noticias del infierno (2004), Santuario de sombras (2006) y Largas noches con Flavio (2008). Su libro Jineteras, publicado por Planeta obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007, a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante el 2006. Ese año resultó ganador del Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa con su novela histórica Las palabras y los muertos (Seix Barral, 2006).

Otros títulos más recientes: La Habana. Puerta de las Américas (2009), Bajo la piel del hombre (2013), Nunca dejes que te vean llorar (2015) y Palabras amordazadas. Breve historia de la censura cultural en Cuba (2016).

Desde 2005 reside en Berlín donde dirige Otro Lunes. Revista hispanoamericana de cultura: www.otrolunes.com  Web del autor:  www.amirvalle.com


Nostalgias, ironías y otras alucinaciones (Cuentos escogidos) de Amir Valle.

Prólogo de Alberto Garrido.

2017; 118 pp. Colección NARRATIVA.

ISBN: 978-84-8017-388-9.

Ebook (gratuito).

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La poeta cubana Magali Alabau (Cienfuegos, 1945), radicada en Woodstock (Nueva York), presenta su nuevo poemario Amor fatal (Betania, 2016) en la reconocida Tertulia Literaria LA OTRA ESQUINA DE LAS PALABRAS  que dirige el poeta  Joaquín Gálvez en la ciudad de Miami.

La presentación tendrá lugar el próximo viernes 10 de marzo a las 7.30 p.m. en el CAFÉ DEMETRIO: 300 Alhambra Circle, Coral Gables 33134. Teléfono: (305) 448-4949.

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tiempo-de-exilio_p1Reseña del poeta español Jorge de Arco publicada en Corresponsales ACPI (Asociación de Corresponsales de Prensa Iberoamericana): www.corresponsalesacpi.es y en Granada Cultural (enero-febrero de 2017).

Con el título de Tiempo de exilio (Betania, 2016), ve la luz una atractiva antología de Felipe Lázaro. Este cubano, nacido en Güines en 1948, abandonó su isla en 1960 y tras residir hasta 1967 en Puerto Rico, llegó a España, donde se licenció en Ciencias Políticas y Sociología, participó en múltiples actividades como promotor cultural y fundó la editorial Betania, que actualmente dirige.

Este florilegio, que abarca cuarenta años de creación poética (1974-2014) –y amplía la que se editase trece años atrás, Fecha de caducidad, 1974-2004, contiene un anexo, que recoge 16 poemas publicados en revistas, compilaciones o libros dedicados a otros autores, bajo el epígrafe de “Tiempo de exilio”.

El resto del conjunto reúne textos integrados en los otros cinco volúmenes publicados por Felipe Lázaro hasta la fecha: Despedida del asombro (1974), Las aguas (1979), Ditirambos amorosos (1981), Los muertos están cada día más indóciles  (1987) y Un sueño muy ebrio sobre la arena (2003).

Su condición de exiliado ha marcado en buena medida la identidad lírica de Felipe Lázaro:

 

Todo exiliado es un sobreviviente

que rescata del naufragio la patria

convirtiéndola en su única balsa,…

 

escribe en el poema “Fecha de caducidad”.

En el prefacio a esta renovada edición, Francis Sánchez ahonda en las claves líricas del vate cubano. Además de la ya anotada temática del exilio, advierte de que su poesía va refrenando “los sentimientos dramáticos” y se inclina hacia tonos de aliento festivo, irónico, donde surge “la búsqueda de la felicidad sin el plomo de la política”. Los textos de trama amatoria constituirían el tercer apartado argumental.

La relectura de estos textos me ha devuelto el son acompasado, revelador y valiente de un poeta que apuesta por llamar las cosas por su nombre, y que batalla, por igual, en pro de la justicia y de la integración, de la felicidad y la esperanza:

 

Al final, somos como líneas paralelas,

la nada más matemática y plural:

intentar siempre un idilio que nunca termine.

 

Los versos del vate cubano se suceden y se crecen con la necesaria hondura que la poesía necesita, con el latido veraz que haga removerse y conmoverse al lector:

 

Tan fría es la ausencia

que hasta el silencio

                                se hiela.

 

Al decir de Felipe Lázaro, se une otro aspecto relevante: la nostalgia, la cual agrandándose al par del tiempo vívido y vivido y que torna ansiedad la memoria. Y hay espacio, también, para la existencia, para el olvido, para el dolor, para la ternura, para el deseo…:

 

Eres mar y tierra a la vez:

mujer poblada de la más estricta belleza.

Eres una larga y pausada sonrisa

o una tierna mirada sedienta de placer.

 

(…)

 

Y aún así seremos lo que quisimos ser:

amor y algo más que amor,

sexo y algo más que sexo,

hueco o relleno,

furia o abismo.

 

Felipe Lázaro ha ido trascendiendo su voz, madurando su cántico, y esa depuración verbal ha derivado en un verso de mayor rotundidad, de sonora dicción. Todo ello, resulta aún más palpable, cuando el poeta afronta el tema de la mortal existencia, cuya sombra sobrevuela con intensidad esta antología: La muerte espera apacible su mejor hora (…) como una gata en celo aúlla su vaticinio, / me cerca las cejas hasta poblarlas de espanto, / cerciorándose de que no escape a sus llamadas.

Al cabo, una antología enriquecedora e ininterrumpida, gratamente humana, dadora de verdades y de enigmas.


Jorge de Arco (Madrid, 1969). Poeta, crítico literario  y traductor español. Licenciado en Filología Alemana por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor universitario de Literatura Española.

Entre sus últimos poemarios publicados, destacan: La casa que habitaste (Premio Internacional de Poesía “San Juan de la Cruz”), Las horas sumergidas (2013, Premio Internacional de Poesía “José Zorrilla”) y La lluvia está diciendo siempre (Premio de Poesía “Rafael Morales”). Desde hace una década es Director de la revista de poesía Piedra de Molino, publicada en  Arcos de la Frontera, Cádiz.

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tiempo-de-exilio_p1Reseña de la poeta cubana Ena Columbié, publicada en el periódico El Nuevo Herald  (Miami, 9 de febrero de 2017). 

Cuando termina un año, generalmente se quedan fuera algunos títulos de última hora, como es el caso de la segunda edición de Tiempo de exilio. Antología poética (1974-2014) del poeta, escritor y editor Felipe Lázaro (Güines, 1948), director de la ya legendaria editorial Betania.

Lázaro salió de Cuba en 1960, es Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y graduado de la Escuela Diplomática de España. Fundó la editorial Betania en 1987 y ese mismo año obtuvo la Beca Cintas. Fue uno de los fundadores de las revistas Testimonio (1968), La Burbuja (1984) y Encuentro de la cultura cubana (1996), y del periódico La Prensa del Caribe (1997).

Tiempo de exilio tuvo su primera edición en el 2014 en Francia, bajo el sello Hoy no he visto el paraíso, dirigido por la escritora y artista Margarita García Alonso. Esta nueva edición está ilustrada por el pintor Andrés Lacau, nacido en Santiago de Cuba. El óleo, que no tiene título, pertenece a la espectacular serie Texaureos Colecction, en la que Lacau integra la poesía a la imagen del desnudo para mostrar la existencia del hombre sin dobleces, sin velos, en competencia con la creación del propio hombre.

La antología recoge 50 poemas de varios libros publicados, entre las fechas que nos muestra en el título. Tiene como tema central el desarraigo, el tremendo proceso de reubicación del hombre cuando ha sido arrebatado de su suelo, como si fuese arrancado de las entrañas de la madre: Todo exiliado es un sobrevivienteque rescata del naufragio la patriaconvirtiéndola en su única balsa… y la forma en que se asimila ese desarraigo para poder vivir el día a día: Los arrastrados pasos/ con ansias de no proseguir.

Es sintomático, en el caso cubano, como una buena parte de los exiliados que salen de aquella isla (zona de tierra más o menos firme, más o menos extensa, rodeada completamente por una masa de agua y sin seguridad de nada) llegan a un continente y generalmente se sienten inseguros, consideran que no pisan tierra firme, como en un cachumbambé en el que hay que buscar el equilibrio para mantenerse estable, y con la sensación de que todo puede venirse abajo en cualquier momento. Este abismo de la extrañeza/ el estar fuera/ el brusco cambio/ costumbrarse a través del silencio/ robot atónito de la nostalgia.

El choque de los cuerpos en la búsqueda y el reconocimiento, los amigos, la muerte y el tiempo, son algunos de los subtemas en ese andar: La nada acumulándose a pasos agigantados/ estériles segundos que apenas se suceden/ cuando el calendario pesa más que la vida/ y es incierto el respirar constante.

Recuerda a los amigos en infortunio, solidarizándose con su dolor, como en el caso del también poeta Jorge Valls, cuando refleja con suma brevedad el severo mundo de la cárcel: un camastro,/ una mesita,/ unos libros,/ poca luz./ Una ventana con barrotes mohosos, o como en “Un sueño muy ebrio sobre la arena” en que recuerda a muchos, en una gran fiesta donde Las grandes jarras hermanan brazos. Una gran fiesta donde ya faltan muchos nombres.

El sudor como leit motiv se presenta en diferentes formas una y otra vez; en forma de descarga de energías: se bañan en sudor yes un sudor un alivio y una inmensasatisfacción jugar con el sudor, como elemento del amor: cuerpo sudorosamente amado; como segunda piel: Todo comenzó con un estremecimiento del sudor; como parte del trabajo: sudorosa ante la altivez de una solitaria carretilla; humanizado: destilan sudor ebrio de felicidad…

Es Felipe Lázaro un poeta que se adentra en los problemas del hombre, que se hiere con ellos, pero siempre se reivindica con el amor: Amar es dejar de sersin excusas pasajeras.

 

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SepiaPReseña del poeta y escritor cubano Waldo González López al poemario Sepia (Betania, 2016) de la poeta cubana Ena Columbié,  publicada en la revista literaria BAQUIANA de Miami.

Apenas leí el título del más reciente cuaderno de versos de la escritora cubana Ena Columbié: Sepia —publicado en 2016 por la Editorial Betania en su Colección de Poesía— de inmediato recordé, por «afinidad electiva» (sic. Goethe), mis tres últimos poemarios aparecidos en Cuba antes de mi llegada a Miami en julio del 2011, todos titulados con la palabra nostalgia y uno de ellos también con el término sepia. Por ello, escogí el de uno de ellos para el presente comentario sobre el magnífico conjunto de versos de mi colegamiga.

Me explico: yo nominé aquel poemario de marras publicado en Cuba El sepia de la nostalgia, y el pasado 2016 Ena tituló el suyo Sepia, porque ese es el color con que identificamos las fotos descoloridas por el tiempo, pues ambos nos referimos en nuestros versos a un pasado nunca perdido, sino, al contrario, recuperado con salvaje nostalgia (y este es el segundo título de otro de mis poemarios; el tercero es Umbral de la nostalgia, libro de arte con una selección de mis poemas ilustrados por la destacada artista plástica cubana Julia Valdés).

De tal suerte, no es gratuito que ambos hayamos empleado la socorrida palabra —utilizada hasta en un célebre tango de 1936 que, con letra de Enrique Cadícamo y música de Juan Carlos Cobián, devendría bolero en la gran voz de la siempre recordada Elena Burke— porque justamente como dije arriba, el sepia es el color o la tonalidad que adquieren las fotos desvaídas por el tiempo, en tanto sugiere el intento de recuperación de un pasado que no queremos olvidar porque ha estado vinculado con nuestras existencias, decisivo rasgo e indeleble marca en nuestras vidas.

En consecuencia, la nostalgia, tal igualmente se sabe, ha sido el término canónico y decisivo en la poesía de los emigrados cubanos, desde José María Heredia en el siglo xix, pasando por el gran cubano José Martí, hasta esta nueva centuria, según lo corroboran diversos poemarios de autores de la interminable diáspora que, en Miami y otros ámbitos de los Estados Unidos y en varios continentes, sobreviven tras su partida de la Isla Gulag, a la que muchos nunca retornarán.

Como tantos que le antecedieron en el largo camino de la emigración, Ena recurre a la tan conocida y nunca concluida problemática, sin expresarla abiertamente casi nunca, apenas en un breve haz de formidables textos. Y he aquí uno de los principales méritos de su poética, que nunca elude, sino, al contrario, alude con Poesía (en mayúscula) a tal temática, y lo hace con versos desgarradores, intensos, definitorios que, a fin de cuentas, constituyen la mejor expresión de la poiesis (conocimiento).

Con una premonitoria y sentida dedicatoria que refleja el amor por su fallecida mamá («Para que mi madre se distraiga mientras me espera») y un breve, pero hondo prólogo («Sepiamente»), del también poeta Juan Carlos Valls, el poemario se divide en dos secciones e incluye 26 textos de indudable calidad, entre los que descuellan no pocos de ambas partes.

Por ello, si se me pidiera elegir los que considero más afortunados, escogería entre los trece de la primera parte: «Andante», «Ay de estos tiempos», «Un alma», «Desamparo» y «Dolor». Asimismo, entre los trece de la segunda (donde incluye varios en prosa poética), seleccionaría: «L’Isla», «La casa de piedras rojas», «Lavana», «Isla» y «Volver».

En consonancia con la dedicatoria, la figura maternal aparece y reaparece en numerosos textos de la primera parte, desde el primero (suerte de Introito), «Andante», donde iniciará la auto confesión por la que transitará a lo largo de las 51 conmovedoras páginas, todas teñidas por el color de la saudade. «Soy una viajera que coloca el oído en la tierra / para escuchar los pasos de otros tiempos / para sentir a los seres que se acercan / sosteniendo el fuego», y solo varios versos después, nos revela: «Mi rostro no es de bruma     nunca lo fue / ni cuando mi madre suplicante me pedía cordura», hasta concluir con estos no menos definitorios versos: «Sigo en busca de la palabra / de los seres de sombra que no tienen historia / los que murieron de similitud y de apatía. / Llegará el final del camino / las cruces me mostrarán sus rostros / sin signos místicos     despojados de dolor / frente al fuego crepitante de la hoguera.»

En «Desamparo», desgarrador desde el título, la poeta muestra su orfandad —abrumada por la «tristérrima» soledad vallejiana sufrida por el universal peruano en el frío París entre 1923 y 1938, cuando muriera— y confiesa su soledad espiritual en la Miami de la todavía nueva centuria: «La ferocidad melancólica con que me aferro al poema / me propone soportar […] Amor se dice rápido     siempre con miedo / como si cada letra pesara una mayúscula / un plomo que busca el equilibrio / en un pasado que tratamos de retener […] Luego el olvido     el tiempo que desborda las tablas / lápidas podridas que reciben el frío del viento / el cúmulo de abandono que se agrupa y se encostra vilmente. / Al final la calma     el pantano gris     la lengua rota / la lluvia viviendo la oquedad en medio de la calle / destierro retador     desamparo en el camino.»

La desazón y el desaliento retornan en otro texto penetrante: «Dolor», donde alude a «ese país de criaturas extrañas / y locos que cantan palabras que se pierden. / Dios se tragó los años de mi vida / quiso probar mi voluntad para convertirme / y ahora soy un número        desnudo     cinabrio / un foso enorme extinto de fe. […] soy una acróbata que juega a ser poeta / y cambio el lenguaje por la risa o el mutis […] diáfano dolor que me arranca el alarido.»

En la segunda sección —dedicada por entero a la adolorida patria de la que partiera años atrás— igualmente incluye textos de solidez estructural y honda tesitura, valores conferidos por el acrecentamiento humano y la madurez poética de la también periodista y fotógrafa, quien en el poema inicial: «L’Isla» —guiada por un epígrafe del gran colega de Borges, Bioy Casares, cuyo verso final cierra este valioso texto— no tan veladamente, acusa a la tiranía que pisotea nuestra patria durante casi seis décadas: «En la Isla hay una parte honda / donde encierran a los hombres / construcciones angulares y piedras / con puntas que hieren. […] La Isla es una montaña por descubrir / una usina abandonada de vidrios rotos / rejas invisibles que provocan a Dios / y una mujer que se empeña en ver / las puestas de sol     todas las tardes.»

Asimismo, «Lavana» es —parafraseando el título del único monólogo del mayor narrador colombiano, amigo del dictador cubano fallecido— una «diatriba contra un déspota sentado», en el que Ena logra, con notable síntesis y poder de sugerencia, la consecución de una aproximada imagen del tiranosaurio: «La ciudad se arrodilla ante su rey / que emana desesperanza y flatulencia. / El indigno esconde la cruz / que irritada en su pecho / lucha por dar luz a la bahía /consecuencia de las aguas / El déspota levanta el brazo / apunta amenazante / predice y determina el tiempo / ¡hasta siempre! —dice—. / La ciudad envejece     se la cae la piel / y las entrañas caen con ella. / En el último jadeo de amor / abre su malecón y puja.»

En «Isla», regresa al tema esencial del poemario, que no ha dejado de acompañarla desde su arribo al exilio décadas atrás, pues, como muchos de sus colegas exiliados, no cesa su añoranza por el lar natal abandonado, tal refleja en los siguientes versos: «Yo sé de una isla descarnada / de brujos y guerreros sin lanzas / espanto de hambre y muerte. / Cada hombre posee una tablilla / donde marca el día que padece. / Isla pequeña en una ciudad vigilada / queriendo renacer en las quimeras. / Los nativos ruegan por vivir invocando / palabras míticas frente al muro / —ventana a la utopía de las aguas—. / Yo sé de una isla titilante / con jirones por ciudades / ¡que me aterra!»

Por último, da rotundo cierre a su mejor poemario con su también mejor texto: el excelente poema en prosa o prosema: «Volver», dedicado a su colegamiga Magali Alabau. A Ena, le bastan tres párrafos-estrofas que inicia con el leitmotiv: «Tengo deseos brutales de volver a Cuba», para entregar al sensible lector uno de los más estremecedores textos leídos por quien escribe desde su arribo a Miami en julio del 2011.

Gracias a un provechoso conjunto de recursos, donde resaltan el icónico devenir de recuerdos-sensaciones, el exacto lenguaje (al que no le sobra ni una palabra) y la irreductible, aunque contenida pasión (sin la que no hay poesía, dixit Martí), Ena logra un gran texto que —no dudo en afirmar— quedará como uno de los mejores poemas escritos en el exilio en el primer cuarto del siglo xxi. Por ello, lo transcribo a continuación:

«Tengo deseos brutales de volver a Cuba, de pactar con el tiempo contrario y ver a mi madre brillar el piso y entonar canciones de Jordán meneando la cabeza. Mirar sobre el arco perfecto de su hombro, el cuchichear con las vecinas cuando sostiene con garbo el eterno cigarrillo; pero mi madre y sus ideas renacentistas ya no están allí, fueron arrastradas por los vientos del albedrío. Soy un desastre si no encuentro sosiego, si no consigo su abrazo.

Tengo deseos brutales de volver a Cuba igual que una estudiante, y buscar desde la ventana de la escuela a Maribel o a Manolito, de reunirme con los amigos en el parque los domingos de estulticia y enamoramiento; pero el parque, su plazoleta y los bancos, ahora se llenan de ancianos que entreabren la boca y entrecierran los ojos cortando las veredas al Sol. Faltan muchos amigos en el parque, faltan los pasos de mi madre también y se me pone el corazón en vilo.

Tengo deseos brutales de volver a Cuba ahora que el año comienza a perder su luz, y esa tierra se queda solo con un hilo de cielo. Mis ojos caen pesados a los recuerdos, a las tardes de domingo en El Caribe, al arroz con pollo de mi tía y la risa contagiosa de mi abuela; pero mi madre me mira desde una esquina de la casa y me dice: ¡No! Ahora es amargo el olor de las flores y la alegría es triste. Ya no hay nadie de nosotros. No puedes volver mientras la tarde cante en negro. ¡Ahora ni hablar! Si volvieras el tiempo tal vez, pero solo si volvieras el tiempo.»

Finalmente, con Sepia, Ena Columbié se instala, por derecho propio, entre el grupo de auténticos poetas del exilio cubano, como asimismo la Editorial Betania enriquece su ya extenso e intenso Catálogo de Poesía, iniciado en 1987 por su director, el poeta cubano Felipe Lázaro.


WALDO GONZÁLEZ LÓPEZ

Nació en Las Tunas, Cuba (1946). Es poeta, ensayista, periodista cultural, crítico literario y teatral. Graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de  La Habana, Cuba. Colabora activamente con la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Es autor de 20 poemarios, 6 libros de ensayo y crítica literaria, así como de varias antologías de poesía y teatro. En Cuba, por su continua labor poética, crítica y de periodismo cultural durante varias décadas, mereció numerosas distinciones, entre las que cabe destacar: el «Reconocimiento como Escritor y Crítico Literario», otorgado por  la Presidencia del Instituto Cubano del Libro, y la «Distinción por la Cultura Nacional». Desde su llegada a los Estados Unidos, en julio de 2011, ha realizado una intensa labor como participante en eventos internacionales de teatro, jurado de eventos teatrales y literarios, crítico teatral y literario y asesor de grupos escénicos. En el año 2012 fue merecedor del 3er lugar en el X Concurso de Poesía “Lincoln-Martí” en Miami, Florida, EE.UU. Colabora con diversas publicaciones, tales como el Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (Nueva York), así como en las revistas digitales Encuentro de la Cultura Cubana (España), Otro Lunes (Alemania), Palabra Abierta (California), Baquiana, Teatro en Miami  y El Correo de Cuba (Florida).

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