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Archive for the ‘Betania’ Category

Esta reseña de la poeta cubana Ena Columbié fue publicada en su blog  El Exégeta: http://elexegeta.blogspot.comel pasado día 20 de abril.

El dolor discreto, encerrado en este corpus poético que expresa más de lo que dice, es ni más ni menos la búsqueda de sí mismo y la de cada uno de los que nos adentramos en su lectura. Eso dice Lilliam Moro sobre el libro Copos en la piel, del poeta Carlos Naranjo (Santiago de Cuba, 1975) y dicha cita me sumerge en la búsqueda de la definición que me aclare su concepto de “dolor discreto”.

Entonces encuentro poemas breves que hablan de dolor:

 

El dolor tiene mil voces

el mío canta como pájaro

al borde de la sombra.

(XXXIV)

 

El dolor se fragmenta dentro de mí

como se han roto tus palabras

a los pies de mis ganas.

(XXXI)

 

Hoy no llevo desafíos en mis ojos

solo mis manos para callar tu dolor

una ventana para gritar tus sueños

(VENTANA VI)

 

Y encuentro versos que también hablan de dolor, no solo del suyo, sino también del de otros:

El dolor tiene mil voces. /el dolor tiene algo que decir. / lo oculto, el dolor, un fajo de poemas, / al dolor de corazones / no se opaca el dolor del que todo lo pierde, / El dolor se fragmenta dentro de mí…

Pero el “dolor” no sólo se representa en el libro con la palabra literal, sino también por medio de la tristeza, de la culpa; por medio de referencias bíblicas y desencuentros. Sí, es discreto definitivamente el dolor de Naranjo, pero el de su persona; con él, Moro posee una entrañable amistad y creo que es a eso a lo que se refiere, al dolor terrible de un joven que pasa por tu lado sin que te percates de su sufrimiento. Con respecto al poemario, es estruendoso, escandaloso frente al dolor, lo muestra de todas formas posibles, sin miedo a decir, sin tapujos grita el dolor que lo escuchen; porque necesita que se lo palien:

 

He lanzado la piedra

porque los ojos de la culpa no duermen

 (MEA CULPA)

 

la tristeza que conozco

es barco varado en tierra

es cadalso en mis manos sobre un cuerpo

(SADNESS)

 

la soledad amordaza mis días,

(90 MILLAS)

 

Muchos son los ejemplos; también tiene razón Lilliam Moro cuando dice: es ni más ni menos la búsqueda de sí mismo y la de cada uno de los que nos adentramos en su lectura; porque él cree que se nota su dolor, que es visible a los demás, y estos versos lo constatan:

 

pero solo encuentro sus ojos clavados

en el dolor de mis entrañas.

(HOMBRE JUNTO AL MAR)

 

Cuando sigues leyendo el poemario, ya sin la atención fija en el dolor, se revela la poesía real. Son poemas del amor más que del dolor, de la añoranza y del desamor. Entonces aparece el sexo como un leitmotiv, y la piel como casa y asidero, y los ojos, los besos, los dedos, las ganas…

El libro está ilustrado por Yuniel Delgado Castilla (La Habana, 1984), que nos remite al recuerdo del arte figurativo de la gran Antonia Eiriz, que a su vez nos remite a Goya, Konning, Dubuffet y otros. Yuniel es pintor, dibujante, ilustrador y escultor cubano. Se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro en la capital cubana (2011). Su obra ha sido expuesta en diferentes ciudades, como: La Habana, Miami, Pennsylvania, Vigo, Luxemburgo, Boston y Nueva York. Actualmente reside en Miami, su web es:  www.delcastilloart.com

 

Ena Columbié

Miami, abril y 2017.


Ena Columbié. (Guantánamo, 1957). Licenciada en Filología por la Universidad de Oriente. Reconocida poeta y escritora cubana. Como pintora y fotógrafa ha expuesto en varios países. Reside en Miami. Su último poemario, Sepia (Betania, 2016) con prólogo del poeta Juan Carlos Valls, contiene excelentes fotos de su autoría.


Copos en la piel  de Carlos I. Naranjo

2017, 88 pp. Colección Betania de Poesía.

ISBN: 978-84-8017-390-2.


 

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Con sumo placer, presentamos el libro de cuentos Danny y Danielle y otras historietas (Betania, 2017) de la profesora y escritora cubana Silvia Burunat, radicada en Nueva York.

Burunat es una prolífica autora, tanto de libros de texto a nivel universitario, como de obras de ficción dentro del género de literatura de memorias, biográfica y de viajes. Como ella misma nos confiesa en sus palabras preliminares de este libro: “Soy escritora de memorias con elementos biográficos (…) La cuentística siempre ha sido un género que poco me ha llamado la atención. Esto es, como creadora, no como lectora. Crecí leyendo narraciones cortas, colecciones internacionales de cuentos indígenas americanos, cuentos escandinavos, cuentos de la India, cuentos árabes, cuentos argentinos, en fin, de diversos países y regiones. Me formé con los cuentos de José Martí, de los más hermosos que existen. Pero a la hora de escribir, la composición de un relato breve me parecía algo muy difícil de lograr, un escrito que yo era incapaz de crear y que no iba a atraer la atención de los lectores”.

Más adelante en el mismo Prefacio, nos comenta: “Comprendí que, si bien no existía una verdadera conexión entre mis narraciones, sí quería yo establecer una temática, aunque no fuera necesariamente muy estricta. La idea de escribir sobre niños, adolescentes y jóvenes, digamos, menores de diecinueve años, me pareció óptima. Hay una frescura, una naturalidad, una espontaneidad en esa época de la vida que se prestan para escribir sobre ello. Igualmente pensé que en mi propia existencia he conocido a muchísimas personas de todo tipo y trasfondo. Siendo, como soy, profesora, han pasado por mis aulas cientos, tal vez miles de alumnos que me han enseñado sobre el paso por la Tierra y las diferencias entre los seres humanos, además de las semejanzas. Tenía frente a mí un tesoro de individuos, experiencias, palabras y hechos que constituirían una fuente de inspiración”.

Danny y Danielle y otras historietas es un libro de cuentos de temática ecléctica si bien con un hilo común: sus protagonistas o personajes que desfilan en estas historietas. Una obra que contiene  narraciones con aspectos humorísticos y pícaros, aunque también hay relatos serios y melancólicos.

Como muestra del buen quehacer literario de Silvia Burunat, ofrecemos a los lectores un cuento de este libro:

 

La bicicleta de Ofelia

 Tenía nueve años, era bastante alta para su edad, delgada y con cabellos muy rubios que le llegaban a la cintura, atados con una cinta de satén blanco para echarlos hacia atrás. Sus ojos azules eran muy bonitos, a pesar de cierto estrabismo que, en vez de restarle belleza, le prestaba un no sé qué de picardía a su carita que siempre sonreía. Daba gusto verla paseándose por las calles empinadas de La Víbora, el reparto donde vivía con su hermana Aida, doce meses menor que ella, junto al resto de la familia que consistía en su madre Josefa, su padre Salvador, su hermanito Mario, quien aún era casi un bebé de tres añitos y Natalia, una parienta lejana que había venido del campo para fungir de ama de llaves, un título rimbombante para no decir sirvienta. Aida no la seguía en sus travesuras pues tenía una personalidad totalmente opuesta a la suya; poseía un interesante sentido del humor y sabía apreciar las travesuras de Ofelia, pero prefería imbuirse en el estudio, especialmente en los recovecos de la gramática castellana que tanto le gustaba y en cuyas clases siempre se destacaba en el Colegio La Domiciliaria donde ambas estudiaban.

Todo este preámbulo no da la impresión de nada extraordinario, si no fuera por la época en que esto ocurría: el último decenio del siglo XIX, cuando las niñas de bien ni soñaban con subirse a una bicicleta en público, compitiendo con los chicos del barrio. Los pantalones les estaban vedados, por lo tanto, la bicicleta se montaba con faldas recogidas a un lado. Por suerte, las medias blancas de algodón hasta por encima de las rodillas, estaban de moda.

Aquello de la bicicleta comenzó un día al salir del colegio cuando Ofelia se detuvo frente a la puerta del plantel para observar a una docena de chiquillos que se lanzaban por las lomas a todo pedal, muertos de risa y a pura gritería. Aquello, obviamente, era mucho más divertido que los tiempos verbales que a Aida tanto le gustaban. Ya, desde el interior del aula, Ofelia había divisado a los muchachos desde una ventana y en medio de la clase de Gramática, cuando Sor Rosa le preguntó: -Srta. Osuna, ¿qué particularidades tiene este tiempo?, refiriéndose a las formas verbales de un párrafo que otra alumna acababa de leer.

-Pues parece que va a llover, observó la rubita con desparpajo. O tal vez, en sus devaneos mentales, había creído que, realmente, Sor Rosa se interesaba por el medio ambiente.

Pues fascinada como estaba con las bicicletas, Ofelia llegó a su hogar aquella tarde con la cabecita llena de ilusiones. Se dirigió a su padre, quien alrededor de una treintena mayor que su esposa, ya peinaba canas y estaba más inclinado a consentir a sus preciosas hijas. –Papá, ¿tú crees que me puedas comprar una bici? Muchos vecinitos tienen y parece algo muy divertido. Por favor, padre querido, ¡cómprame una!

-¿Estás loca, hija mía? ¡Las niñas decentes no montan bicicleta! ¿Cómo se te ocurre semejante desatino? Ofelia, viendo que a su padre casi le daba un ataque cardíaco, se dirigió entonces a su madre. La chica pensaba que tal vez, siendo mucho más joven, iba a ser más comprensiva con sus caprichos. –Mamá, escúchame, ¿podrías convencer a papá para que me compre una bicicleta? Vi a muchos niños tirándose cuesta abajo por las lomitas del vecindario y estoy segura que es divertidísimo. Te prometo mejorar mis notas en las clases si Uds. me compran una y solo voy a usarla los fines de semana. ¡Ay, madre mía, no me niegues mi deseo, te lo pido de favor!

Aquella noche, Salvador y Josefa tenían mucho de qué hablar. Ofelia los traía por la calle de la amargura con sus travesuras y a Aida había que desprenderla de los libros para procurar que fuese algo más sociable. Afortunadamente, Mario era el chiquillo más tranquilito que se pudiera desear, siempre jugando solo con sus trencitos y peluches. Acababa de aprender a caminar, pero nunca se alejaba de los adultos. Era un niño tímido y callado que más remedaba a Aida que a su hermana mayor. -¿Qué te parece el nuevo capricho de Ofelia? ¡Nada menos que una bicicleta! Con nueve años y pensando en semejante desatino. Josefa se mostraba pensativa y, después de un corto silencio, comentó: -Yo creo que, efectivamente, no sería una buena idea comprarle una bicicleta. Nunca he visto triciclos, pero me parece que también son para chicos. He oído decir que en los Estados Unidos se han puesto de moda estos juguetes y que tanto unos como otras disfrutan de ese deporte. Pero aquí…

Y así continuó la conversación hasta que el sueño los venció. Esa noche tuvieron pesadillas: Ofelia subida en un monociclo, trabajando en un circo con Aida, vestida de payaso a su lado y Mario en una cesta al frente de los manubrios. Al despertar al  siguiente día, descubrieron que ambos habían soñado lo mismo. Llegaron a la conclusión que su compenetración de cónyuges era tan profunda, que hasta compartían iguales sueños.

Mientras tanto, la traviesa Ofelia también había viajado al mundo de las ilusiones mientras dormía. Se veía vestida de princesa, con tules y gasas blancas y azules, de pie sobre el asiento de una bici, corriendo a no se sabe cuántos kilómetros por hora por cuanta calle había en su barrio. Iba al frente, de líder de un grupo de jovencitos que la aplaudían sorprendidos de su temeridad. La estudiosa Aida estaba en la acera, con una expresión de reprimenda en el rostro y el índice de la mano derecha alzado, en señal de desaprobación.

A la mañana siguiente de un sábado esplendoroso y tropical, Ofelia se levantó más temprano que de costumbre. Fue al baño para asearse, se vistió, se puso sus medias largas de algodón, se fue a la cocina donde ya Natalia estaba preparando el desayuno y seguidamente, se tomó un tazón de leche y un pedazo de pan con aceite de oliva. Dando saltos y soltando risitas picarescas, Ofelia se dirigió a la puerta de su casa con Natalia que le corría detrás. -¿Adónde vas, niña? –Voy a la esquina a recoger unas florecitas que hay en el terreno aquí al lado. Vuelvo en unos minutos.

Ofelia se dirigió hacia la calzada, a tres calles de su casa. No tenía que cruzarla, pues la tienda que alquilaba bicicletas estaba en la misma esquina. En ese momento estaban abriendo las puertas y la niña, temblando de felicidad y con las mejillas más coloradas que nunca, se acercó al Sr. Ricardo. –Buenos días, ¿cuánto cuesta  alquilar una bici por una hora? –Un real (diez centavos). ¿Para quién es? –Para mi primo que acaba de llegar del campo. Mire, aquí tengo la moneda, déme aquella roja, la más bajita, mi primo nada más tiene ocho años. –Bien, son las nueve, devuélvemela a más tardar a las 10 y media, si no te cobro otro real.

La rubita atrevida salió de allí con la expresión de felicidad mayor que nadie haya podido observar en su vida. Cuando llegó al tope de una de las lomas, allí estaban como diez chicos reunidos. Ese sábado había competencia y todos iban a participar. El ganador recibiría muchas felicitaciones y un gran cono de granizado del vendedor de la esquina. Ofelia sabía que iba a triunfar y ya se relamía de gusto pensando en el granizado de fresa y anís que tanto le gustaba. Nunca había montado en bicicleta, pero sí había observado cada movimiento de los muchachos de su barrio y estaba convencida que podría hacerlo. En unos minutos, todos estaban preparados. Ofelia se subió a la bici junto a un poste, para recostarse mientras se acomodaba en el asiento y recogía la falda de un lado. El corazón le latía hasta en las sienes. Invocó a todos los santos que conocía y que las monjas de La Domiciliaria le habían mostrado en un libro de hagiografía y, por fin, pedaleó para iniciar el descenso.

La valiente Ofelia apenas tuvo que esforzarse pues la cuesta era bastante empinada. Como un bólido, el viento despeinando la rubia cabellera y los ojos azules algo más bizcos que de costumbre, llegó a la meta… ¡la primera! Los amiguitos del barrio, para su sorpresa, en vez de reírse, burlarse o molestarse por su triunfo, comenzaron a aplaudirla. La niña no podía creerlo. Cuando se repuso de su mezcla de euforia y susto, su vecino, un chico llamado Miguel, le presentó el esperado cono de granizado de fresa y anís.

Eran casi la diez y media y Ofelia recordó que el Sr. Ricardo le había dicho que tendría que devolver la bicicleta a tiempo o le cobraría otro real. Así, una vez consumido el granizado, se fue andando las tres calles que la separaban del establecimiento. Al llegar, el reloj marcaba la diez y cuarenta y cinco minutos. Le esperaba algo extraordinario: los chicos del barrio se le habían adelantado y estaban reunidos en la tienda. El dueño, con una expresión afable, la recibió diciéndole: -Srta. Ofelia, ya me enteré de su triunfo y la felicito. Aquí sus amigos y yo hemos decidido que Ud. merece un regalo y cuál mejor que entregarle la bicicleta. Llévesela a su casa como un obsequio de sus admiradores del barrio. Es Ud. la niña más valerosa de La Víbora y la felicitamos.

Y así fue como “la bicicleta de Ofelia” pasó a ser una leyenda en aquel vecindario habanero.

……………………….

A los treinta relatos de Silvia Burunat, se le suma -como colofón- el cuento “La Diabla” del profesor y escritor Ángel Estévez.

En la portada se reproduce la obra  Las gigantillas (1791-1792) de Francisco de Goya y Lucientes.


Silvia Burunat. Profesora y escritora cubana. Doctora en Lengua y Literatura Española (Ph.D.).  Desde hace años, reside en Nueva York, ciudad donde ejerce la docencia en el City College.

Autora, junto a otros colaboradores, de los libros de texto: El español y su sintaxis (2010), El español y su estructura (2012) y El español y su evolución (2014), entre otros, y de los títulos:  Jornada de amor y lágrimas (2006), Josefa y Josefina (2007), Monólogos dialogados (2008), Autobiografía póstuma (2009), Fantasías reales en tiempo presente y en cinco continentes (2010), Diecisiete memorias y un prólogo (2010), From heaven to Earth and Back. Manual para enamorados (2015) y Danny y Danielle y otras historietas (2017).


Danny y Danielle y otras historietas, de Silvia Burunat.

2017, 184 pp. Colección NARRATIVA.

ISBN:   978-84-8017-387-2.

PV:   15.00 euros ($20.00).

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El miércoles 12 de abril se presentará en la librería BOOKS & BOOKS (de Coral Gables)  el libro Antología de la poesía en Cuba: 1880-1959 (Betania, 2016) del profesor y poeta cubano Dr. Carlos Manuel Taracido (Güines, 1943) que reside en la ciudad de Miami.

Presentará el libro la Dra. Marta Miranda.

Lugar: Librería Books & Books: 265 Aragon Ave. Coral Gables, FL 33134. Teléfono: (305) 442-4408.

Hora: 7.00 p.m.

Fecha: 12 de abril de 2017.

 

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Nos complace presentar el libro La órbita poética de A. P. Alencart. Ensayo del poeta y escritor colombiano Jaime García Maffla, coedición de Betania con las ediciones Hebel de Chile.

Esta obra  se inicia con unas palabras preliminares de García Maffla, seguidas de treintaiún capítulos que desbrozan la trayectoria poética del poeta peruano-español (y salmantino) Alfredo Pérez Alencart (Puerto Maldonado, 1962) y que configura un amplio ensayo sobre la obra lírica de este “poeta de todas partes”.

En esta entrega, García Maffla inserta sus sabias reflexiones con versos del bate estudiado, en una especie de mestizaje poético y filosófico que parte del análisis de los versos de Alencart para ahondar en su significado.

La órbita poética de A. P. Alencart…se suma a otros dos libros que estudian la obra de este poeta, como: Pérez Alencart: la poética del asombro (2006) del poeta y profesor venezolano Enrique Viloria y Alencart, poeta de todas partes (2015) donde sesenta escritores y críticos dejaron su testimonio sobre su libro Los éxodos, los exilios, de 2015, y también coordinado por el  mencionado Viloria.

En una reciente entrevista  que le realizó Miguel Retuerto (“La poesía es un juego muy serio, y, como todo juego, tiene sus reglas”, en Crear en Salamanca, 21 de marzo de 2017), Alencart dejaba constancia de su criterio sobre esta edición de García Maffla:

 

 “-Es un auténtico muestrario de cómo deberían ser siempre los abordajes a la obra de un poeta. Cuando lo hace otro poeta, que además es filósofo y filólogo, como Jaime, lo cierto es que el resultado solo puede ser un deleite para propios y extraños, una recreación que tiene buenas porciones de poesía y otras tantas de un pensamiento que invita a reflexionar sobre el sentido último de la poesía y de la existencia.

García Maffla ha escrito un ensayo que realmente orbita sobre los distintos ramajes de mi decir poético. Y lo hace sin empalagos, sin obtusas erudiciones mal avenidas: su sapiencia fluye serena en torno a los fragmentos de mis versos que le sirven como brújula inicial, para luego ir buceando por todos sus niveles”.

 

Alfredo Pérez Alencart ejerce la docencia en la Universidad de Salamanca y, además, es el coordinador, desde 1998,  de los Encuentros (anuales) de Poetas Iberoamericanos que organiza en dicha ciudad, donde ha desarrollado una amplia y fecunda labor como promotor cultural, desde hace décadas. Es autor de una quincena de poemarios, siendo sus más recientes títulos: El sol de los ciegos (2014),  Los éxodos, los exilios (2015) y El pie en el estribo (2016). Merece resaltar  los títulos de sus últimas antologías: Antología Búlgara y Monarquía del asombro, ambas de 2013, y  mencionar los Premios obtenidos: Poesía Medalla Vicente Gerbasi (Venezuela, 2009), el Jorge Guillén de Poesía (España, 2012) y el Humberto Peregrino (Brasil, 2015), entre otros. Además dirige y edita la revista salmantina Crear en Salamanca: www.crearensalamanca.com

En la portada se reproduce un retrato de Alfredo Pérez Alencart pintado por José Carralero. También acompañan esta edición unas ilustraciones interiores de Miguel Elías que enriquecen este tomo.


Jaime García Maffla (Cali, 1944). Poeta, filósofo y ensayista colombiano. Estudió Filosofía y Letras. Considerado un experto en la obra de Cervantes, es uno de los poetas más relevantes de Colombia y Latinoamérica. Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia (1997). Autor de más de una docena de poemarios, sus últimos títulos son: Busques en la Rada-Lais (2014), De las señales (2014) y la antología poética Herida del juglar (2016).


La órbita poética de A. P. Alencart. Ensayo, de Jaime García Maffla.

2017, 252 pp. Coedición: Ediciones Hebel / editorial Betania.

ISBN: 978-84-8017-391-9.

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Nos complace presentar el poemario Copos en la piel (Betania, 2017) del poeta cubano Carlos I. Naranjo (Santiago de Cuba, 1975).

En palabras de la poeta cubana Lilliam Moro: “Como un monje copista medieval, afanado en mostrarnos la mejor caligrafia de su ser poético, Carlos I. Naranjo ha logrado en Copos en la piel  la cuidadosa expresión de su mundo interior, donde pugna la tensión por lograr el equilibrio entre el eros y la trascendencia, mediante los versos precisos y pausados de ese “hombre que se acurruca junto al mar”, pero que a veces libera metáforas vehementes como “murmurarte a dentelladas”. El dolor discreto, encerrado en este corpus poético que expresa más de lo que dice, es ni más ni menos la búsqueda de sí mismo y la de cada uno de los que nos adentramos en su lectura”.

Esta entrega, compuesta por 49 intensos poemas, confirma la trayectoria poética de su autor; iniciada con el libro Irónicamente positivo (2003).

Como muestra de este buen quehacer poético valgan unos breves poemas de este título que hoy presentamos:

 

CICLO

 

En un inicio eran solo sus sueños,

los pintaba con polvo de estrellas,

en las paredes de la casa y al lado de sus muertos,

en los muros de una ciudad que se extingue.

Les tatuaba en su espalda,

planicies de piel inundadas de historias.

Aprendió a teñirles en el lienzo,

en el sexo con quien nunca tuvo sexo.

Sueños manchando cartas a desconocidos,

en los poemas de hojas amarillas,

en la tristeza que llega siempre,

y en la frente de los que urgen

que pare de pintar tantas quimeras.

 

 

 

90 MILLAS

 a Javier Azahares.

 

Un viento de sal se ha colado en mi esperanza,

ante noventa millas que nos separan.

No lo sospeché ese junio,

el mundo no era permeable.

Me han castrado los ancestros

mi tumba ha sido vendida al mejor postor.

Maldigo siempre a la mar,

a tus dedos,

los besos que aún queman mi sexo.

Pretendo borrar mis tardes y mis rimas,

cegar el pozo de esta conmoción,

no puedo odiarte,

tu aroma da vida a mis silencios,

te me agarras al alma cada vez que te veo

la soledad amordaza mis días,

mis dedos resbalan en la ausencia.

 

 

LA MUERTE DE MARAT

 

Distendido al borde de la cama

inclino la cabeza y entono un réquiem.

Luego de un sexo a tientas

recuerdo a Marat

la misma muerte

ojos cerrados

los míos fijos en el metrónomo de un jadeo.

Con la pluma en mano

memorizo el poema con gritos de parto.

Sangre blanca salpica el silencio

mi cabeza descubierta de enojos.

Ambos soñamos con la daga.

 

————-

En la portada -y en el interior del libro- se reproducen obras del pintor cubano Yuniel Delgado Castillo (La Habana, 1984) residente en la ciudad de Miami.

 


Carlos I. Naranjo (Santiago de Cuba, 1975). Licenciado en Filología inglesa por la Facultad de Letras de la Universidad de Oriente, Cuba, y por el Instituto a Distancia Enrique Pérez-Serantes de la Universidad de Comillas, España. Además, realizó estudios de postgrado en la Universidad Internacional de la Florida (FIU).  Ha sido profesor de Inglés y actualmente trabaja en el área de servicios sociales en Miami, ciudad donde reside.

Autor de los poemarios: Irónicamente positivo (2013) y Copos en la piel (2017). Su poesía ha sido seleccionada en las antologías Balseros (2015), Segunda antología poética Eliluc (2015), Versos paralelos (2015) y No resignación (2016) y ha publicado sus versos en las revistas Signum-Nous, Baquiana y Conexos de Miami.


Copos en la piel de Carlos I. Naranjo

2017, 88 pp. Colección Betania de Poesía.

ISBN: 978-84-8017-390-2.

PV: 12.00 euros ($15.00).

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El pasado 4 de marzo se realizó la presentación del libro Como Dios manda. La Biblia a la luz de Cristo (Betania, 2016), de Eddy De La Hoz. El acto se celebró en el hotel Ramada Inn de la ciudad de Fishkill en el estado Nueva York. Elizabeth Pacheco, estudiosa y profesora de enseñanza bíblica, hizo la presentación del libro y del autor ante más de un centenar de asistentes. Durante el emotivo acto donde estuvieron presentes pastores de diferentes iglesias, el autor hizo la narración de tres breves historias personales que ilustran la razón, el propósito y el futuro de este libro. En el propio volumen se destaca esta relación ejemplar entre la experiencia y el aprendizaje en el camino del enriquecimiento espiritual. Del encuentro salió el compromiso de hacer una edición del libro en inglés.

El autor, Eddy De La Hoz, durante la presentación de su libro Como Dios Manda, La Biblia a la luz de Cristo. (Betania).

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Nos complace presentar la edición especial (digital y gratuita) del libro Nostalgias, ironías y otras alucinaciones. Cuentos escogidos (Betania, 2017)  del narrador cubano Amir Valle, radicado en Berlín, Alemania.

Esta entrega reúne nueve de sus relatos, seleccionados por el autor, en forma de una magnífica y muy acertada antología personal. Como bien señala, Alberto Garrido, otro excelente narrador cubano, en las palabras iniciales de este libro: “Con Nostalgias, ironías y otras alucinaciones nos acercamos a un texto ejemplar, al mejor libro de cuentos de Amir, porque no solo es una bitácora de sus obsesiones literarias y estéticas, sino porque la factura, la técnica, se oculta, se escamotea para dejar que lo más importante brille: los personajes (…) No veremos en este libro ninguna pirotecnia liviana de la que tanto abunda en la literatura actual. Son cuentos de una redonda madurez: marginales, sórdidos, lúcidos, irónicos (…) Las historias son sucias, dramáticas, huelen a vida…”.

Como muestra de este buen quehacer literario de Amir Valle, les ofrecemos uno de sus cuentos:

 

Hoy almorzaremos con El Duque

 

A Demetrio Ruiz, que murió en Boston, huyendo de sus fotos de pelota, todavía hoy pegadas a la sala de su casa, en Miami.

 

Un comemierda. De eso tiene cara: de perfecto y gran comemierda, y en esas fotos aparece siempre a un lado, o al fondo, como un manchón que una mano sucia, misteriosa, invisible, hiciera al cuadrado de papel brillante donde su cara de Don Nadie aparece abrazado al viejito que es, días antes de morir, el Gran Hurtado; o sonriendo casi como dos soldados, marciales y en una postura que le sigue recordando la forzada que resultó aquella foto en el Latino junto a Braudilio Vinent mientras una Habana llena de orientales a grito puro, a euforia pura, a puras mala palabra limpia: ¡¡¡pinga, ganamos, habaneritos!!!, celebraba la victoria del equipo Santiago; o pareciendo un guiñapito delante de esa mole con pinta de guajiro que le ha pasado un brazo sobre el hombro, con la puerta del estadio Genaro Melero a la espalda, y sonríe, bonachón, compasivo quizás, mientras recordaba las veces en que botó la pelota de aquel campo, como sucedió esa noche, segundos después de que él preguntara a un amigo común: “¿Crees que Muñoz querrá tirarse una foto conmigo?”.

En todas esa fotos es un muchacho con cara de comemierda, piensa, y “ahora eres un verraco viejo comemierda”, se dice, con cierta rabia, como para ratificar esa extraña sensación de pequeñez, de insignificancia que siempre se le mete bajo su pellejo duro y ya arrugado cuando se ha sentado en esa pieza de su casa a mirar las fotos que adornan las paredes, pegadas allí, año tras año. Lo hace muy poco, Siente miedo. Un escalofrío que lo va vaciando lentamente, mientras su vista guía al cerebro de una foto a otra rememorando siempre su papel de fan idiota que vive de las glorias ajenas.

Ahora le parece idiota. Por eso rehúye mirarlas, aunque por una molesta fuerza a la que no logra imponerse las sigue poniendo allí, en los espacios aún vacíos de la sala, y aunque todavía siga explicando al curioso que llega, se sienta, mira y pregunta, cómo tuvo que anotar al hijastro de Marian, su mujer gringa, todavía tan putísima y amante de todo lo cubano como la noche en que la conoció, en un curso de pitcheo carísimo para que le fuera fácil retratase en el mismo campo de entrenamiento con Arocha, el maestro; o cuánto disparate tuvo que hacer para colarse en el Captain Tony’s donde otro fan comemierda como él daba esa fiesta en honor a Minnie Miñoso y Sandy Amorós en la que aparece al centro de los dos peloteros, dueños ya de todo el dinero y todas las arrugas que no llegaron a tener en Cuba; o el modo en que, por una simple cortadura en la mano que recuerda aún por esa herida tan visible entre sus dedos pulgar e índice, el azar le puso delante a José Ariel Contreras, acabadito de firmar por unos cuantos millones para los Medias Blancas de Chicago, de visita allí, en Mercey Hospital para ver a un familiar de Miami que había chocado su coche y estaba enyesado “hasta el culo, bróder”, le escuchó, afable, jura que triste, sin imaginar que terminarían posando luego para esa foto que sigue desde ese día junto a la lámpara de pie, en un costado del sofá cama de la sala.

Le parece idiota haber vivido tanto tiempo disfrutando las glorias ajenas como si fueran suyas, en un vicio que ahora, pasados tantos años, considera una forma inocente de autoaniquilarse, pero no ha logrado resistirse y, quizás por la costumbre, de nuevo le ha dicho a Marian que invitó a otro pelotero famoso a comer en casa, allí, donde ya habrían unas tres o cuatro mil fotos de grandes peloteros junto a las suyas con algunos de ellos, en lo que muchos cubanos ya conocían como “El templo del Béisbol”.

-Hoy almorzamos con el Duque –le dice, y la ve sonreír, siempre con esa cara de gringa putísima por la que supo que, bien ensartada en una cama, aquella hembra malcriada, hija de padres ricos, le garantizaría un futuro tranquilo, sin tener que regresar a las fastidiosas y asqueantes noches limpiando mariscos en el Mambo Café.

-¿Cómo lograste llegar a él? –preguntó ella.

-Cosas de Dios –le dijo-. Alguien le comentó que no podía irse de este viaje a Miami sin visitar mi templo.

Y allí estaba, más blanco que en Cuba, sentado con una humildad que lo bajaba, desde el pedestal donde muchos los situaban, a la altura de un mortal como él, Demetrio Ruiz, ahora su anfitrión, que tuvo de golpe en aquella mesa la cara de su padre, y sus palabras, dichas muchas veces: “los negros, cuando viven como ricos o se van de Cuba, blanquean hasta la piel”, aunque también muchas veces lo escuchara decir: “o no sé si es que uno se acostumbra tanto a verlos vivir como animales, hacinados en cuarterías, acostumbrados a la mierda, que cuando se los encuentra viviendo como personas es uno mismo quien los ve más blancos”. Típico racismo.

-Leí eso que dijeron de ti –le comentó al Duque cuando vino a sentarse, después de un paseo detenido ante cada foto, como quien recuerda.

-¿Qué cosa? –le oyó decir-. Salieron tantas cosas acá…

-Me refiero a las de allá –precisó y tuvo que bajar los ojos: no sabía cómo el hombre tomaría su atrevimiento-… a eso de que eres un traidor.

-Tuve que prepararme, no creas –y fue el Duque quien bajó la cabeza y concentró su mirada en la espuma de la cerveza en la copa-. Con Cuba siempre es así: nadie la entiende.

Vio que la frente del negro se arrugó ligeramente y sintió la mano de Marian bajo la mesa, como indicándole algo que no llegó a entender, concentrado en la cara del Duque. Algo le dijo que debía esperar, no preguntar, no decir una sola palabra. La inquietud del pelotero al tomar la copa y dar un ligero sorbo que resultó sonoro ante tanto silencio, demostraba el nerviosismo típico que antecedía a las palabras.

-Te exigen como pelotero que llegues a lo máximo -otra vez la voz, ruda pero reflexiva, como quien hurga y hala palabra a palabra cada frase-. Y no reconocen que las Grandes Ligas son lo máximo para un pelotero…vaya, que están hechas para que los cubanos brillen de verdad, ¿no es algo enredado?

Movió la cabeza, o algo así, para afirmar. En la sala flotaba un aire que lo confundía, una especie de humo, de niebla tristona que se removió todo el tiempo bajo las palabras del Duque. No sentía esa niebla desde los primeros días de su llegada a Miami.

-Y a ti –le escuchó decir-, ¿cuándo te cogió el bichito de la pelota?

Como a todos los cubanos, de vejiga, soñando mientras jugaba que era uno de los grandes y la botaba del estadio como Fermín Laffita o lo entrevistaban en la tele como Capiró, Vinent o Cheíto Rodríguez. Es algo en lo que prefiere ni pensar. Era malo. Una peste. Lo peor que haya conocido como pelotero, aún cuando le siga pareciendo hermoso, bajo las brumas de la distancia y los años, el rostro de su padre detenido en la puerta del cuarto, con un bate, un guante malo y una pelota que consiguió comprando a otro padre el juguete básico que le tocó al hijo de tres años, porque cuando llegó el turno 113 en la larga cola de padres que esperaban por comprar los juguetes normados del año (uno básico, siempre el más importante, el más lindo; uno no básico y otro dirigido, feos, chiquiticos, de mala hechura y más baratos) para el niño Demetrio Ruiz sólo quedaban en la tienda muñecas, jueguitos plásticos de cocina y trompos metálicos; y aún cuando le duela que su novia de entonces jugara pelota mejor que él y le gritara ñame con corbata ante cada ponche, que el flaco Tatai lo llamara Demetrio la coladera, o que ninguno de los capitanes de equipo lo quisieran como jugador ni siquiera porque era quien ponía una pelota, un guante y un bate de verdad que su padre le había comprado a alguien que había tenido mejor suerte en aquella lotería nacional que era la venta de juguetes cada año.

-De niño, como todos -simple la respuesta.

Pancha, la criada mexicana, trajo el asado. Había puesto ya sobre la mesa el plato de yuca con mojo, “hecho con ajo que mi hermana mandó desde Cuba”, le precisó Demetrio al Duque. En una esquina humeaba el congrí, aromático, desgranado, apetitoso, custodiado por una fuente de tomate y lechugas. Cuando la negra se retiró, le hizo una seña a su invitado para que se sirviera a gusto.

-¿Cuándo viniste a dar aquí?

Tampoco quería hablar de ello. Hubiera preferido ser él quien preguntara. Obtener confesiones del Duque Hernández, el gran pelotero, una de las glorias de los Yankees de Nueva York, de quien se decía que iba a firmar por ocho millones los dos años con los Medias Blancas de Chicago, y no estar respondiendo con frases cortas porque había querido olvidar, porque no le hacía bien recordar el polígono y las formaciones y las marchas y las maniobras contra un enemigo invisible de Jejenes, cerca de Pinar del Río, adonde se escapaban alguna que otra vez para ver los juegos de la Serie Nacional. No le era grato. La nariz abollada del sargento Peré, su frente partida, rajada al medio, con la herida oculta bajo el manto negruzco de la sangre, y los otros gritando: ¡estás loco, Demetrio!, ¡lo mataste!, te van a fusilar, como si para ello nada significara la humillación recibida de aquel bestia: Demetrio, si la puta de tu madre te ve jugar pelota así se caga en la hora en que se singó a tu padre para parirte, o Maricones, van a estar corriendo pistas hasta que se me olvide que jugaron como putas cuando perdían con otras unidades, o Demetrio, tres meses en el CEIS, pidiéndole a Dios que lo librara de las 20 horas de marchas y los ejercicios y otra vez las marchas y los ejercicios y las cuatro horas de sueño y el espagueti blancuzco en el desayuno, el almuerzo y la comida, en aquella cárcel bautizada como Centro de Entrenamiento Intensivo del Soldado, para que aprendan que los hombres tienen los cojones bien puestos y Servicio Militar es un honor, so mierdas. Se resiste a recordarlo. Y ahora, de pronto, por la imbecilidad de haber invitado a esa gloria nacional que engulle un trozo de carne de puerco asada, todavía jugosa, la mente le juega esa mala pasada y le ciega los sentidos, pone el bate en sus manos, un estría, otro, el tercero cantado, limpio, sin que llegara a moverse, a hacer swing, justo en el juego final que significaba la bandera de Mejor Unidad en el Deporte, las bases llenas por primera vez en todos los innings, dos outs, al final del octavo, ganando los de Vaca Muerta-Unidad de Tanques tres carrera contra una.

-En el 80, cuando el Mariel  -se limitó a decir-. Fui uno de los Marielitos.

No dice, como piensa, me ofendió tanto que no supe dónde estaba, ni qué hacía, como dijo en el juicio. Tampoco dice de los años en la prisión militar de Ganussa, del respeto ganado por haber matado a un hombre en una cárcel donde el mayor delito era el robo de una caja de makarov para venderla en Centro Habana a los delincuentes a 200 pesos cubanos, pura ganga. El que mata a un hombre ha de ser un desalmado, piensan todos, y no supieron nunca del miedo, del asco ante la sangre en la cabeza del sargento, de la oleada de vómito que lanzó su estómago sobre el cuerpo ya muerto de aquel bestia que, luego del ponche, esperó a que llegara al banco, en medio del juego, y lo lanzó al suelo de una bofetada: “te voy a hacer sangrar el culo por esta mierda, maricón”, le gritó delante de todos, segundos antes de la ceguera, del bate empuñado con una rabia que aún le hace doler los nudillo, del ruido de su pasos caminando hacia la bestia, asombrada, asustadas quizás: “qué-qué cojones vas a hacer, puta?, le oyó decir. Luego el batazo en la frente, el bate que se parte, las patadas al cuerpo encogido en el suelo reseco del estadio, frente a las gradas, la sangre manando, manando, manando ahí, en el recuerdo.

-Cumplí tres años –dice, decidido ya a terminar el juego del recuerdo en su cabeza-. Vinieron a decirme que si quería la libertad tenía que irme en una lancha por el Mariel.

-De algún modo –fue la respuesta del Duque-, todos estuvimos presos alguna vez, por algo.

Demetrio notó que comía más ensalada que carne, como si se cuidara, y que había dejado de tomar cerveza para servirse un vaso grande de jugo de naranja, con el que acompañaba, a sorbos pequeños, algún que otro bocado. Seguía flotando sobre toda la sala la mima niebla y se dijo, apenas sin darse cuenta, que aquella velada comenzaba a resaltarle incómoda, algo jamás imaginado cuando la voz de un amigo le dijo “el Duque está en Miami, Demetrio, y me preguntó por tu templo; va y te cae por allá”.

-¿No te ha pasado que, cuando miras, es como si Cuba estuviera aquí?

-¿Las fotos? –quiso saber.

-A mi gente les dije que m enviaran fotos que se quedaron allá -le escuchó al Duque-. Es algo raro, ¿sabes? Las miré, todas, una vez y me juré que no volvería a verlas. Te hace sentir lejos, ¿no te pasa?

Hasta ese momento no lo había notado. Simplemente los colocaba en las paredes, pegándolas a la superficie blanca con una cola que las eternizaba allí, hasta que el paso de los años o un terremoto, o un ciclón devastador lanzara la casa a la mismísima mierda. Pocas veces las miraba. Y sin embargo, no podía negarlo ahora que el Duque se lo hacía saber, se lo aclaraba, siempre había tenido la sensación de que, estando allí, en la sala, pues no le ocurría en otras piezas de la casa, Cuba quedaba a mil años luz, en un rincón difuminado de la memoria, hundida en la neblinosa indefinición de la nostalgia.

-Seguro te dicen que estás tratando de traer a Cuba contigo –siguió diciendo el Duque, y s voz era pausada, casi doctoral-. Es un disparate. Un chino se va de su país, comienza a coleccionar lámparas de papel y le dicen que eso es bárbaro, que así las tradiciones se conservan, toda esa basura. Un cubano se va y comienza a coleccionar cualquier cosa, cucharitas de latas, bolígrafos, piedrecitas, lo que sea, y entonces se bajan con el lío ese de la nostalgia.

Se lo habían dicho. Incluso uno de esos que los miraban comer y conversar desde su atalaya sagrada en la pared. Después de la fiesta en el Captain Tony’s, Minnie Miñoso quiso venir a ver el templo. Estuvo un buen rato. Se paraba delante de las fotos más viejas, a veces mascullando alo ininteligible cuando algún rostro le era conocido, o cercano, o íntimo, y luego pasaba a las más recientes, y decía en voz alta: “ah, ese es el tal Víctor Mesa”, “caray, mira qué viejo está el negro Linares, ¿y este es el niño Linares?”, o cosas así.

-Es un modo chévere de echarte a Cuba en el bolsillo –dijo antes de irse.

También había sentido esa niebla pegajosa que el Duque le hiciera notar, luego de que él se resistiera a reconocerla, aún cuando la sufría más que nadie, año tras año, desde esa tarde lluviosa en que se bajó de la lancha que lo trajo vía Mariel-Miami; una niebla agudizada hasta convertirse en una nata asfixiante la noche en que comenzó a sacar las fotos acabadas de llegar de Cuba con un amigo escritor y decidió pegar la primera encima de la simulación de chimenea antigua que el constructor de aquellos apartamentos había colocado justo al centro de la sala.

-Pero dan tristeza, compatriota –agregó Miñoso esa vez.

-Es un disparate –vuelve a decir el Duque y bebe un sorbo final del vaso de jugo-. No nos pueden quitar

la memoria, pero Cuba sigue allá. En buen cubano: nos han jodido, compadre.

Hablaron de pelota, de los tiempos antiguos en el béisbol cubano cuando jugar en las grandes ligas era fácil se se daba todo en el terreno y se demostraba madera de gran pelotero, de las temporadas a partir del 59 y las escasas posibilidades de ascender las cimas del reconocimiento y el dinero a un mismo tiempo, de las jugadas inolvidables y los juegos más espectaculares o difíciles.

-Cuando me quedé -comentó en voz muy baja, las palabras marcadas por una tristeza muy cercana al dolor y a la impotencia-, un comemierda dijo que dejaría de ser cabeza de león en Cuba para convertirme en cola de ratón acá, en las Grandes Ligas. Se cogieron el culo con la puerta.

-¿Quién lo dijo? –preguntó Demetrio y vio que el Duque esquivaba su mirada.

-Ya eso no importa –le escuchó decir-. Es un gran pelotero. Más me duele que también dijo eso…, lo de la traición…, yo mismo lo vi en la televisión de acá, entrevistado por la CNN.

-Hay de todo en la vida –fue a decir a modo de consuelo.

-Uno va descubriendo la mierda que se come –lo interrumpió el Duque, aún cabizbajo, dando ligeras vueltas al vaso vacío. Lo hacíamos talco criticándolos, llamándolos traidores.

Señaló a la fotografía donde Minnie Miñoso sonreía junto a Demetrio y a Sandy Amorós.

-Ese que ves ahí me dijo una vez que los cubanos nos hemos pasado la vida dividiéndonos, atándonos, en vez de intentar comprender que cada uno tenía sus razones, sus sueños. Tiene razón. Supe en carne propia lo jodido que es que un hermano te llame traidor por equivocación o conveniencia.

-Sí, es bien jodido –lo apoyó Demetrio.

Un flan de leche cerró el almuerzo. Luego el café, “mi madre hablaba muy bien del café Pilón allá en Cuba!, dijo el Duque mientras olía el humillo que se escapaba de la taza, “pero qué va, compadre, como un café de la Sierra no hay en el mundo”.

-Me guardas un secreto, Demetrio? –le soltó sacándose de un bolsillo las llaves del auto.

No tuvo necesidad de contestar. Sabía que el tono de la pregunta indicaba una sola cosa: la confesión vendría de todos modos.

-Todavía lloro como un cherna cuando el equipo Cuba gana un torneo contra los americanos –dijo el Duque, y sonrió, bonachón, tímido.

Se despidieron en la puerta con un adiós que a Demetrio le siguió pareciendo triste, jodido, y se mantuvo en el portal viendo cómo el corpachón del Duque se escondía dentro de su coche, lujoso hasta el escándalo, cómo el motor ronroneaba, primero quedamente, luego impulsado por una fuerza divina, hasta adquirir ese tono parejo que llega a ser inaudible en los carros modernos como ése. Entró a la casa cuando lo vio perderse en la esquina más lejana y fue a sentarse en el sofá, casi acostado, para quedar mirando fijamente foto a foto, todo lo pegado por años en aquellas paredes. Supo que debía irse de allí, de aquel barrio, de aquella ciudad, ya que no podría irse del país, o regresar, y a fin de cuentas, Cuba seguiría allá, a más de noventa millas, anclada en el mar.

-Tienes razón, compadre –dijo-. Nos han jodido.

La Habana, enero y 2005.

 

 

En la portada de este libro se reproduce la obra Islas al Sur IV (Serie) del pintor cubano Felipe Alarcón Echenique (La Habana, 1966) que reside en Madrid, España.

La versión digital (ebook) de esta obra se puede leer y descargar gratuitamente pinchando en  la segunda de las ventanas EBOOK de este blog.

Esta obra se suma a los otros 20 ebook de temática cubana  que conforman la Colección Digital de Betania, que se difunden de forma gratuita en el blog EBETANIA y  mediante su envío por e-mail, desde 2013.


Amir Valle (Cuba, 1967). Escritor, ensayista, crítico literario y periodista. Saltó al reconocimiento internacional por el éxito en Europa de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos” sobre la vida actual en Centro Habana, integradas por las obras: Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Últimas noticias del infierno (2004), Santuario de sombras (2006) y Largas noches con Flavio (2008). Su libro Jineteras, publicado por Planeta obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007, a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante el 2006. Ese año resultó ganador del Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa con su novela histórica Las palabras y los muertos (Seix Barral, 2006).

Otros títulos más recientes: La Habana. Puerta de las Américas (2009), Bajo la piel del hombre (2013), Nunca dejes que te vean llorar (2015) y Palabras amordazadas. Breve historia de la censura cultural en Cuba (2016).

Desde 2005 reside en Berlín donde dirige Otro Lunes. Revista hispanoamericana de cultura: www.otrolunes.com  Web del autor:  www.amirvalle.com


Nostalgias, ironías y otras alucinaciones (Cuentos escogidos) de Amir Valle.

Prólogo de Alberto Garrido.

2017; 118 pp. Colección NARRATIVA.

ISBN: 978-84-8017-388-9.

Ebook (gratuito).

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