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Reseña de la poeta y escritora cubana Ena Columbié sobre el libro de relatos Invisibles triángulos de muerte. Con Cuba en la memoria (Betania, 2017) de Felipe Lázaro. Texto publicado en el blog El Exégeta: http://elexegeta.blogspot.com  (Miami, 26 de julio de 2018).

LA NOSTALGIA QUE SOMOS, INVISIBLES TRIÁNGULOS DE MUERTE

El viaje a la nostalgia es un viaje al pasado, un desplazamiento inútil, que en muchos casos alimenta el espíritu pero que también puede destruirlo. Cómo saber qué recuerdo puede ser positivo si la nostalgia es pena y tristeza, es melancolía y añoranza. La nostalgia es también anhelo y sufrimiento por lo que se perdió y no volverá a ser. Ese sentimiento sin embargo, es capaz de provocar múltiples situaciones en el universo emocional de quien lo usa, y para los escritores, es sin dudas una de las arma indispensable en la creación.

Invisibles triángulos de muerte (Betania, 2017) de Felipe Lázaro, es un libro de relatos que trata sobre la nostalgia. “Reúno este puñado de relatos como una forma de rescatar la memoria de mi niñez en Cuba” dice el autor en sus palabras iniciales y sentencia “Más bien son textos testimoniales, de denuncia, que a lo sumo encierran una gran dosis de nostalgia, de recuerdos juveniles, donde la memoria y la “autoficción” se aúnan para conformar este retablo de relatos”

Digamos que estos “textos personales” viajan desde el relato de la vida real del autor a la ficción creada por su mente, donde vive él como protagonista y otros que están mimetizados con un sistema de camuflaje o adaptación. Imágenes, ecos, palabras y recuerdos que se mezclan junto a la vida sucedida y se alinean en una y otra historia, para instalarse en las páginas que conforman definitivamente estos 14 relatos que suceden en Güines, la ciudad donde nació del autor entre las décadas del 50 y 60 del pasado siglo. Las narraciones no tienen la prontitud del presente, lo que las hace más valiosas, han reposado por largos años permeándose de la madurez intelectual y del conocimiento de ese pasado y sus consecuencias, para entregarnos una obra literaria.

“La tienda de Chon era un mundo especial, no solo por el montón de cosas que tenía, sino por su variedad (…) En jaulas más grandes en el suelo tenía cotorras y loros de varios tamaños. Y lo más fascinante eran unos inmensos frascos, en el gran mostrador de caoba, lleno de pececitos de colores.” ¿Quién no recuerda una vivencia así de niño llena de colores y vida? En este cuento, El viejo Chon, el bucolismo en el recuerdo logra montar imágenes cinematográficas que deleitan al lector y los remite a su propia niñez.

“En la victrola (sic) se oía a un estruendoso Benny Moré cantando Camarera, lo cual les hizo brillar un poco los ojos, entonando ambos el estribillo de la conocida:

Camarera, camarera

Tú eres la camarera

De mi vida”

El fragmento anterior pertenece al cuento Aguafiesta y como se puede ver la melancolía nos acerca a los no tan jóvenes a ese punto narrativo de referencias que una vez formaron parte de una casa, un pueblo, un país.

Por último el cuento que da título al libro, Invisibles triángulos de muerte, nos envía de regreso a una narrativa oral repetida por varios, muchos de los familiares que pasaron por esta situación real desesperante. “Sudaba a chorros, un maloliente líquido le recorría todo el cuerpo cuando escuchó su nombre y  apellidos. ¡Le ha llegado su turno! (…) Ya pegado al paredón, sintió un escalofrío y simuló una mueca al pensar: “Esta es la Revolución por la que estuve dispuesto a dar tantas veces mi vida” (…) El estruendo de los fogonazos interrumpió el silencio macabro de aquella madrugada.”

No importa si los cuentos son políticos o no, si hay finales felices o no; en este libro lo importante es el rescate de las nostalgias, que son los recuerdos que hablan de eso que somos porque podemos vernos en ellos y de los trozos de historia con que nos fuimos haciendo.


Ena Columbié (Guantánamo, 1957). Poeta, escritora y artista cubana. Reconocida también como pintora y fotógrafa. Reside en Miami. Autora de varios libros de cuentos y de poesía. Sus títulos más recientes son: Sepia (2016) y Jazz (2018).

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Reseña de la poeta cubana Lilliam Moro del libro de relatos Invisibles triángulos de Muerte. Con Cuba en la memoria (Betania, 2017) del poeta y editor cubano Felipe Lázaro (Güines, 1948), publicada recientemente (2018) en: Crear en Salamanca (Salamanca, febrero): http://www.crearensalamanca.com/sobre-inivisibles-triángulosdemuerte-de-felipe-lazaro-comentario-de-lilliam-moro, Havana Times (La Habana, junio): http://havanatimes.org/sp/?p=134046 y en Neo Club Press (Miami, junio): http://neoclubpress.com/por-imperativo-categorico-no-olvidar-0646744.html

 

 

 

POR IMPERATIVO CATEGÓRICO: NO OLVIDAR

 

Hay quienes escriben memorias para preservar ciertos momentos vividos que consideran tan preciados como para compartirlos con un lector generalmente ajeno a los hechos y circunstancias narradas. Y hay otros escritores que se empeñan en el angustioso afán de que no se olviden vivencias que consideran una obligación dar a conocer, movidos por un imperativo categórico. La imposibilidad de comunicarlas puede desembocar en una amargura que se arrastrará toda una vida, pero esa impotencia puede volverse un grito de rebeldía contra la impunidad.

Las narraciones recogidas en INVISIBLES TRIÁNGULOS DE MUERTE, de Felipe Lázaro, contienen una recreación de un paraíso perdido detenido en el tiempo, escritas tratando de mantener la mirada diáfana de un joven que de pronto se quedó sin futuro y tuvo que abandonar su pueblo natal, Güines, en una dolorosa iniciación a la vida, arrancado de sus referencias inmediatas. Y el adulto que las escribe logra en muchos momentos transmitir la magia del deslumbramiento infantil y juvenil, como en “El viejo Chon”, que conserva todo el asombro del joven que ahora el autor adulto nos entrega, como una coloreada postal que ha guardado con verdadera devoción en algún bolsillo de su memoria.

Otros cuentos del libro también luchan contra el olvido, y se recrean en sus líneas y en las fotos que acompañan la edición: ciertas calles, establecimientos comerciales, escuelas, vecinos, parientes y amigos, aunque, como diría ese verso de Pablo Neruda: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, y mucha de esa humanidad se halle desperdigada en el exilio, quizás esté envejeciendo, o incluso muerto, y las calles estén ahora sucias y descuidadas, y en ruinas las edificaciones, y los negocios ya inexistentes, y todo el pueblo carcomido por la desidia, como la historia gráfica de la decadencia. Pero el recuerdo permanece intacto, suspendido en una impronta adánica, porque el adulto escribe desde la mirada intacta del joven que fue.

Pero en esta obra no todo es recreación de las vivencias amables. La faceta combativa del imperativo categórico de “no olvidar” está presente de manera implícita, en algunos casos de forma tan evidente como en “Entrevista a una heroína”, donde el diálogo ficcional se convierte en una lección de historia política y social de las casi seis décadas transcurridas desde el inicio de la nefasta Revolución (que yo prefiero llamar Involución, así también con mayúsculas) de 1959. Es el recuento movido por la indignación del autor ante la ignorancia de las generaciones cubanas actuales —y de la mayor parte del mundo en general— que desconocen los hechos fundacionales y truculentos de más de medio siglo de castrismo.

INVISIBLES TRIÁNGULOS DE MUERTE es, ante todo un libro necesario porque la labor llevada a cabo por la Revolución de 1959 tiene en su esencia un propósito más perverso: despojar a una nación de su pasado. Y cuando esta dinámica se lleva a cabo el pueblo va perdiendo su identidad esencial y se convierte en un conglomerado que solo tiene como referencia el Estado opresor que les va inculcando una historia manipulada y con grandes espacios vacíos, con el peligro intrínseco de que la falta del pasado real que formó la nación sea sustituida con la entelequia fabricada por el opresor, lo que significa la pérdida del alma nacional. Y un pueblo sin alma es un pueblo sin futuro, encadenado a un presente detenido, como una muerte prolongada.

Hay que seguir poniendo las cosas en su sitio para destruir los mitos y la perversión como modus operandi del régimen castrista, y es lo que se ha propuesto Felipe Lázaro en sus INVISIBLES TRIÁNGULOS DE MUERTE.


Lilliam Moro (La Habana, 1946). Poeta y narradora cubana, residente en Miami. Perteneció al grupo de las Ediciones de El Puente (1961-65) en La Habana.  Sus últimos títulos publicados son: Contracorriente (2017), El silencio y la furia (2017), Tabla de salvación (2018) y la separata poética  El viaje al horror (2018).


 

Más información sobre Invisibles triángulos de muerte:

 

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Hoy presentamos las ediciones (digital e impresa) del libro de relatos Invisibles Triángulos de muerte. Con Cuba en la memoria (Betania, 2018) del poeta cubano Felipe Lázaro (Güines, 1948), que reside como exiliado político en España.

En esta obra, su primera incursión en la narrativa, Lázaro reúne catorce relatos que transcurren en su ciudad natal (Güines), donde rememora su infancia en los convulsos finales de la década de los 50 y en los dos vertiginosos primeros años de la Revolución cubana, a principios de los 60. Memoria y ficción se aúnan en este libro para conformar un conjunto de cuentos que plasman una viva remembranza de una Cuba ida, pasada, que contrasta con las ruinas actuales -de toda la Isla- y que, en definitiva, confirma el innegable fracaso del régimen del 59. Recuerdos y creación que se unen en este puñado de narraciones y confeccionan el mosaico de una cuentística de la nostalgia y de la niñez.

Como bien señala su autor en las “Palabras iniciales” de esta entrega: “En estos textos hay una variada mezcla de realidad (autobiografía) y de ficción, de personales reales con otros totalmente inventados, pero el tiempo y la atmósfera son los esa época: los años que van desde 1958 a 1960, salvo los últimos dos relatos que imagino y sitúo muchos años más tarde. En todo caso,  este es un libro sin pretensiones literarias. Más bien, son textos testimoniales, de denuncia, que a lo sumo encierran una gran dosis de nostalgia, de recuerdos juveniles, donde la memoria y la autoficción se aúnan para conformar este retablo de relatos”.

Como muestra de esta narrativa exiliar, les ofrecemos uno de los relatos finales:

 

¡Se fueron y lo perdieron todo!

(Monólogo de un sindicalista)

 

 

A los trabajadores del almacén, bodega y panadería La Reina, en el Güines prerrevolucionario

Recordando al amigo Antonio López Cruz, “Chigüe”

Las revoluciones quieren hacer por decreto que en un instante se precipite el progreso, y nazca el hombre nuevo y surja por encanto la ciudad soñada

Gastón Baquero

 

–¡Es curioso! Antes del 59, los opositores políticos cubanos se exiliaban pero no perdían sus propiedades ni sus derechos como ciudadanos. Incluso, cuando la Isla era colonia española, algunos independentistas fueron deportados a España, enviados a las prisiones peninsulares, pero ni estos ni los que residían como exiliados en Estados Unidos o en otros países, jamás perdieron sus propiedades en Cuba. ¡Claro, entonces, no todo el mundo tenía propiedades! Pero, como bien sabes, muchos de los grandes terratenientes cubanos lucharon contra España desde 1868, y a estos se sumaron muchos abogados, médicos y estudiantes universitarios que terminaron sus estudios en el extranjero. Lo mismo pasó cuando el Machadato: hubo miles de cubanos exiliados en Estados Unidos o en España, en Francia o en Venezuela, la mayoría profesionales que jamás perdieron sus propiedades, porque cuando el dictador Machado huyó y triunfó la Revolución del 33, estos opositores, militantes de las organizaciones revolucionarias ABC, el Directorio Universitario Estudiantil o el Ala Izquierda Radical, regresaron a Cuba sin problemas y con sus bienes –pocos o muchos– a salvo. Igualmente sucedió con Batista. Después del Golpe de Estado del 52 se exiliaron un montón de profesionales en Miami y en Nueva York, en Madrid o en París, hasta en Caracas y Ciudad México, pero ninguno perdió algún bien que tenía en Cuba, fuese una casa, una máquina, su biblioteca, etcétera. Todos regresaron tras la huida de Batista y el triunfo de la Revolución del 59. ¿Qué por qué te comento todo esto? Porque, precisamente, después del 59 –desde su inicio–, todos los opositores al nuevo régimen castrista que abandonaban Cuba perdían absolutamente todos sus bienes (hasta sus pertenencias más personales) que eran incautados por el Estado. Esta ha sido una constante (de robo estatal) en estas seis décadas de castrismo, hasta hace muy poco, que ya se puede salir del país sin perder tu casa u otros bienes pequeños. Pero desde los años 60 a dos mil algo, todo el que abandonaba Cuba perdía lo que tenía, hasta los animales afectivos (perros, gatos, pajaritos…). Incluso, en los duros años 70, el que deseaba abandonar Cuba tenía primero que trabajar obligado un par de años en la agricultura –para entonces ya estatalizada– y así poder conseguir el permiso de salida. Es decir, no solo robaron a todos los ciudadanos cubanos, tuviesen grandes o pequeñas propiedades, sino que utilizaron una mano de obra esclava durante años. Mira, al inicio del 59, nada más huir Batista, comenzaron a irse solo los batistianos: no solo sus allegados o los militantes de su partido, sino funcionarios, militares y policías del anterior régimen. Después comenzaron a salir los nuevos opositores a la Revolución, a los cuales no les quedaba otra opción que el exilio. Por eso, a inicios de los 60, según la Revolución se radicalizaba, comenzaron a irse muchos activistas cristianos (católicos y protestantes) en su mayoría estudiantes universitarios o de secundaria. También optaron por el destierro una buena cantidad de profesionales: abogados, médicos, dentistas y muchos de los grandes comerciantes. Todos dejaban sus casas, sus consultas, sus negocios y hasta las oficinas intactas, que más tarde –poco a poco– fueron confiscadas por el Estado cubano. Aquí en Güines, desde 1959, la mayoría de las familias –de entonces– lo abandonaron y lo perdieron todo. Mira a mi primo Ramón, profesor de Secundaria, escritor y poeta, Doctor en Pedagogía y en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana, fundador de revistas literarias. Él ya era Catedrático en el Instituto Nº 1 de La Habana, tras ganar una reñida Oposición y se había comprado su casita, muy moderna y linda, en el Nuevo Vedado habanero, y lo dejó todo: la casa, su máquina, sus muebles, su biblioteca (¡cómo lloraba por su biblioteca!) y salió en 1960 y, como ya sabes, falleció en Puerto Rico en 1966; sus hijas siguen en Miami y jamás han vuelto a Cuba. Casos como este hay miles: médicos o dentistas que dejaban sus casas y sus consultas intactas, abogados y notarios que dejaban sus bufetes o sus propiedades, maestras que perdieron sus casitas, campesinos que perdieron sus tierras… Ese es un caso, cercano, familiar, pero hay cientos de miles de familias cubanas que lo perdieron todo. Cientos de miles de cubanos que confirman el abuso y el robo a mano armada que han supuesto todos estos años de Revolución. No obstante, lo que aquí pasó es lo se ha llegado a denominar como “la Revolución del callo”. O sea, cuando en el 59 se exiliaron y perdieron sus bienes los batistianos, casi nadie protestó. Luego en los 60, cuando abandonan Cuba los grandes comerciantes, los terratenientes, es decir los más ricos, aunque también salieron muchos estudiantes y profesionales de clase media (piensa que de seis mil médicos que había en Cuba, tres mil se fueron en esos años iniciales), nadie protestó. Es decir, que cuando confiscaron bienes a los grandes comerciantes, los medianos o pequeños creyeron que la cuestión no iba con ellos, incluso alguno se habrá alegrado, hasta que en el  año 68 les tocó su turno y todo el comercio interior (todavía en manos privadas) fue confiscado en la demoledora y destructiva Ofensiva Revolucionaria, pasando a manos del Estado cubano el ciento por ciento de todo el comercio de la Isla. ¡Ya en esa fecha no quedó nadie para protestar! Lo que me recuerda un conocido poema del poeta alemán Bertold Brecht. Pero, fíjate, el exilio cubano –en estas seis décadas– se configura como una de las constantes más características de la Revolución y uno de sus mayores crímenes. El régimen castrista, impuesto por las armas en 1959, siempre ha utilizado el abandono del país a su favor. Su consigna se puede decir que siempre ha sido: “A enemigo que huye, puente de plata”. En eso han sido muy maquiavélicos, siempre usaron la salida del país como una olla a presión; aunque, en realidad, se han convertido en los más grandes criminales que ha dado toda la Historia de Cuba. Piensa en las oleadas masivas de exiliados cubanos: desde los batistianos en el 59, la burguesía en los 60, la salida por el puerto de Camarioca (1965), los vuelos de la Libertad, los miles de cubanos que viajaron a España (a finales de los 60 e inicio de los 70) para saltar a Estados Unidos hasta la estampida de 125.000 cubanos por el puerto del Mariel (1980), la crisis de los balseros en los 90, los treinta mil que llegaron a la Base de Guantánamo, los miles que aún siguen huyendo en las dos décadas que van del 2000 y algo… Y así hasta nuestros días, el exilio jamás ha cesado. Cuba se ha desangrado –y se desangra– desde el 59. Desde el triunfo de la Revolución, nadie ha podido vender nada e irse: si se iba, lo perdía todo. En 1960, para viajar, ¡solo podías sacar diez dólares! Después ni eso, además de tu ropa personal y poca. Hay escritores que no pudieron sacar libros de su autoría o les fueron intervenidos en la Aduana cubana, como le sucedió al poeta Lorenzo García Vega, que llegó a Madrid desolado porque le incautaron varios títulos que él había publicado en Cuba. ¡Otro abuso! Luego, con las primeras intervenciones de negocios, al principio la gente pensaba que se lo iban a quitar a los legítimos dueños para que lo administráramos los trabajadores. Pero nada más alejado de la realidad. Tan pronto el Estado confiscaba una empresa privada, inmediatamente nombraba a un nuevo administrador estatal, que en aquellos años 60 eran con toda seguridad militantes del entonces partido comunista cubano, que se llamaba Partido Socialista Popular (PSP). Incluso, este nuevo administrador venía de otra provincia e imponía una nueva disciplina laboral y administrativa muy diferente a la del anterior dueño, que era más cercana y familiar. Recuerdo que en la Compañía de víveres La Reina, donde yo trabajaba, lo primero que hizo el administrador estatal fue suspender todas las prerrogativas que mantenía el legítimo propietario, como adquirir comestibles fiados y pagarlos al fin de mes. ¡Suspendió hasta la caja con víveres que se regalaba por Navidades a todos los empleados! Esto y el trato despectivo con ínfulas de gran capataz, lograron que odiáramos a muerte a aquel interventor. Fue cuando nos dimos cuenta de que el Estado era el nuevo dueño y ¡un dueño peor! No sabes cómo echamos de menos al anterior dueño… Yo había sido dirigente sindical en Güines, del Sindicato de los Dependientes, es decir, representaba a los empleados del comercio privado. Después del triunfo revolucionario fui miliciano y fui uno de los empleados que pidió la intervención estatal de La Reina a finales del 61 o principios del 62. ¡Ya no me acuerdo bien, han pasado tantos años! Y esto, a pesar de que su dueño se había ido en el 60. Durante esos años seguimos trabajando como empresa privada, incluso las dos criadas (cocinera y limpiadora) acudían todos los días a trabajar en la casa del dueño que estaba arriba del negocio. Esto siguió así hasta que el Estado confiscó todo: negocio y casas. Digo casas pues originalmente eran tres casas que su dueño unió por dentro y la inscribió como una casa en el Registro de la Propiedad, años antes del triunfo de la Revolución. Después intervinieron y, más que quitarle el negocio al dueño, que se había ido para el exilio, en realidad, nos lo quitaron a nosotros. ¿Por qué no nos dejaron organizarnos como una cooperativa o trabajar el negocio en autogestión? Nada de eso, se impuso la estatización: el capitalismo de Estado. Lo primero que hicieron fue destruir el gran mostrador de caoba que caracterizaba la bodega. ¡Demencial! Después se llevaron los camiones para La Habana y, al final, cerraron la bodega, incluso el almacén se usaba para guardar algún que otro tareco, pero en realidad ha estado años inutilizado. Solo se salvó la panadería que siempre ha funcionado, aunque –créame– jamás han vuelto a producir un pan y unas galletas como las de La Reina. ¡Hasta de La Habana venían a comprar! Además se hacían unas empanadas gallegas y se asaban unos lechones y guanajos de película. Con los años pasados, yo solo me pregunto, ¿para qué sirvió aquella confiscación si años después la bodega y el almacén permanecen cerrados y la panadería dista muchísimo de brindar un pan y unas galletas que gusten, que tengan calidad? ¿Para qué sirvió ese robo? A nosotros, los trabajadores, no nos benefició. Seguimos ganando lo mismo en lo que han dado por llamar “socialismo” que durante el capitalismo. En Cuba, se congelaron los salarios desde los 60 con la novedad de que si en el capitalismo no nos llegaba para finalizar el mes, con el seudosocialismo es peor, porque no hay qué comprar, no hay en qué gastarlo. Por suerte, más que el racionamiento, lo que mejor ha funcionado en este país es el mercado negro (que es puro capitalismo encubierto) y no digamos el trueque, el robo al Estado, el resolver cotidiano como sea. Más bien, pasamos a trabajar –con el mismo salario– para un despótico administrador estatal y un nuevo dueño: el Estado, que al final cerró la bodega y el almacén. Casi los treinta empleados, salvo los de la panadería, nos quedamos en la calle, tuvimos que conseguir otros trabajos o algunos irse del país. Hasta las dos criadas se quedaron sin empleo, una de ellas, la más vieja, la pobre, murió al poco tiempo y fue uno de los más grandes entierros que yo recuerde en Güines, fue hasta el gato. Quizás, al asistir al cementerio, la gente recordaba a la familia para quien había trabajado casi toda su vida y que ahora estaba en el extranjero. ¿El saldo? Que casi todos los oficinistas, entre ellos, el contable y los dependientes de la bodega se fueron de Cuba, optaron por el exilio. Incluso, hasta algún camionero o cargador de sacos se fueron del país. Lo que conforma un buen retrato de la realidad cubana con la Revolución: no solo el dueño y su familia se fueron de Cuba y lo perdieron todo, sino que –con los años– también se fueron exiliando casi todos los trabajadores, que se supone que hubiesen sido los más beneficiados y resultaron tan perjudicados –o más– que el dueño y su familia. ¿Que si me arrepiento de haber pedido la intervención estatal de La Reina? Pues, si te soy sincero, en ese momento creía que era lo mejor, pues el dueño se había ido de Cuba y me creí esa gran mentira de que la empresa sería del pueblo, de que nosotros –los trabajadores– seríamos los dueños de nuestro medio de producción y hasta pensábamos que las posibles ganancias serían para nosotros. Pero la cruda realidad fue que el nuevo dueño pasó a ser el Estado y más que ganancias, cerró el negocio, nos quedamos en la calle y lo más grave es que perdimos todos los derechos laborales que los trabajadores cubanos habíamos conquistado con muchísimo sacrificio y luchas sindicales desde la Revolución del 33 y con la gran legislación laboral de los gobiernos auténticos, con los presidentes Grau y Prío Socarrás, en los años cuarenta. Así, que hoy día, sí puedo decirte que me he arrepentido de haber apoyado esa intervención, ese intento fallido de instaurar el socialismo en Cuba, no solo porque nos perjudicó a los trabajadores, sino por el dueño, al que conocí, respetaba y admiraba. Era un hombre hecho a sí mismo, muy duro, pero muy inteligente, que trabajó toda su vida como un mulo. Llegó a Cuba, como emigrante, con trece años. O sea, era casi un niño que dejó su aldea asturiana para radicarse en el Güines de 1910. Nada más llegó comenzó a trabajar en una bodega que ya era de sus dos hermanos mayores y otros primos asturianos. El primer año como “aprendiz”: no ganaba sueldo, solo la comida, ropa y dormía en la trastienda. Cuando al año comenzó a ganar un sueldo, no lo cobraba, lo reinvertía en el negocio y así se hizo enseguida socio capitalista de la bodega “familiar”. Con veinticinco años se estableció por su cuenta con una pequeña bodega en Leguina, el barrio más pobre de Güines y fue invirtiendo, comprando casitas, solares. Hasta que en 1935 construyó el edificio de La Reina en su lugar actual y se convirtió en uno de los comerciantes más prósperos de Güines, como minorista (bodega) y mayorista (almacén), además de la panadería. Ya en el 59 se compró otro gran almacén en la entrada del pueblo, al lado de una fábrica de conservas, por la calle Habana, para guardar los camiones de La Reina y almacenar más víveres. También era dueño de dos fincas rústicas: una, más pequeña en las afueras del pueblo, yendo para la playa del Rosario, que se la llevaba un guajiro llamado Isleñito con su mujer y un montón de hijitos, y producía papa, viandas y muchas frutas, y otra más grande, que se dedicaba a la caña de azúcar, que la atendía un administrador en la provincia, cerca de La Habana. Pero era un hombre que no hacía ostentación, vivía requetebién, pero sin lujos. Yo sé que tenía dinero fuera de Cuba, pues siempre le enviaba cheques a un hermano en Madrid, pero lo que perdió aquí fue muchísimo más. En el 78 me enteré que falleció en Puerto Rico y se decían muchas cosas: que si había abierto una gran panadería en San Juan, que si invertía en Bienes y Raíces, que si era prestamista, incluso llegué a oír que le fue mal económicamente en el exilio. Pero, oiga, ¿cómo le va a haber ido mal, si lo que me consta es que jamás trabajó en el exilio, durante dieciocho años (desde 1960 al 78) con tres hijos que tenía? El hombre a lo que se dedicó fue a vivir de su dinerito, como si se hubiese jubilado. Él abandonó Cuba con 63 años. Era joven, pero para comenzar de nuevo quizás ya era mayor. Lo que sí me consta es que tenía ahorros fuera de Cuba: en España, Canadá y, sobre todo, en Estados Unidos. Él viajaba mucho a Miami y en 1952 estuvo meses de vacaciones por España y se compró el prado Maganes en su aldea natal de Valleciello, en Cangas del Narcea. O sea, él siempre enviaba dinero fuera, mientras pudo. ¡En eso fue previsor! A partir de enero del 59 no pudo sacar ni un quilo más. Por todo esto que te comento, quienes trabajamos para el “Tío” –que era como le llamábamos–, añoramos La Reina de aquellos años 50 y principios de los 60 hasta que el Estado cubano confiscó todo. Era un tremendo negocio con una vitalidad y pujanza comercial de primera línea, con cinco camiones: una rastra, un camión con frenos de aire y tres más normales. Todos Dodge y Ford. También había una furgoneta para el reparto, una máquina que utilizaba un comisionista para visitar a clientes en otros pueblos de la provincia, pues había otro comisionista que trabajaba Güines en bicicleta. En la panadería había dos carromatos con caballos (uno blanco y otro carmelita) que repartían el pan por todo el pueblo, sobre todo a pequeñas bodegas. Luego estaba el ambiente de trabajo, magnífico, como cuando se celebraban las Navidades con cantidad de productos españoles: turrones, sidra, etcétera. Y se adornaba todo el establecimiento. Hasta las fiestas que se organizaban cuando algunos de los hijos del dueño cumplía años o para celebrar alguna fiesta patria. ¡Tremendas comilonas! Como éramos casi treinta los trabajadores se asaba un par de lechones grandes y se acompañaban con abundantes frijoles negros y arroz blanco, con mucha yuca y ensalada de lechuga, tomate y cebolla cortada finita con rabanitos. Eso sí, mucha cerveza fría, preferentemente Hatuey, Polar o Tropical que se ponían a enfriar en unos enormes latones llenos de pedazos grandes de hielo. ¡Banquetes como estos no se volvieron a ver jamás en Güines! Bueno, miento. Sí, con posterioridad, hubo un caso muy curioso. Estábamos en plena crisis de los cohetes en 1962 y el nuevo Alcalde (comunista del PSP) organizó un banquete similar para celebrar los quince de su hijita. Solo que a la abundante comida criolla añadió un gran cake, dulces y una piñata. Todo se celebró en el salón a la entrada de la panadería La Reina –que ya había sido confiscada y pertenecía al Estado– con la asistencia de muchos invitados, amiguitos de la quinceañera, pero también con la asistencia de algún gerifalte de la nueva ola revolucionaria que conmovía al país. Pero lo más importante de esta anécdota fue que esta fiesta creó tanto malestar en el pueblo que jamás se atrevieron a organizar algo similar. Toda Cuba podía saltar por los aires, por la crisis de los cohetes, y estos señores celebraban banquetes con toda impunidad. Fue el período de mayor sovietización de Cuba (no solo por la instalación de los cohetes, sino por la presencia de miles de soldados y técnicos soviéticos y la copia burda de ese modelo) que propició mucho descontento nacional. En ese mismo año, en una noche de agosto del 62, fusilaron en la Fortaleza habanera de La Cabaña a cuatrocientos oficiales y suboficiales del Ejército Rebelde porque organizaban un complot contra el régimen castrista. También  –ese año–  se estrenó el racionamiento y la escasez comenzó a ser algo cotidiano. Nada, lo de ese Alcalde comunista fue cosa de nuevos ricos, de la nueva clase. Parafraseando una clásica cita de Marx, sobre la política, te diré que la Revolución cubana fue “el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. ¡Este es un buen resumen! ¡Claro, que esto no lo dijo Carlos, sino Groucho! ¡Y pensar que todavía dura la cartilla de racionamiento! Han pasado cincuenta y cinco años desde el 62 y en Cuba no hay socialismo ni un carajo. ¡Ni siquiera dictadura del proletariado! Más bien, ¡Dictadura sobre el proletariado! Ahora los nuevos ricos, aquí en Cuba, son los jefes militares y los dirigentes del Partido único que no sé de dónde han sacado el dinero porque de su sueldo, imposible, así que no queda otra cosa que pensar que lo han robado, que lo han obtenido mediante la corrupción, robando al Estado, robándole al pueblo… Aquí, cuando la Revolución se radicalizó –a finales del año 60– lo que se copió fue el modelo soviético. Aquí no se construyó el socialismo, sino el más puro y duro estalinismo. La gran paradoja es que, en 1960, en la URSS se venían haciendo reformas económicas, desde el 53, para liberalizar la economía, eliminar el centralismo, el colectivismo y desinflar al Estado soviético. En Cuba, el socialismo que se construyó fue igual a estatismo, se eliminó todo el comercio privado y toda la propiedad privada. En esto ayudaron mucho los viejos comunistas del PSP que era el partido más estalinista de toda América Latina. Claro, como resultado, el totalitarismo arruinó la economía cubana (destruyeron el comercio privado y el sector estatal nunca ha funcionado). Lo más grave es que destruyeron un país, pero, también ese estalinismo-castrismo fue lo único que les ayudó a preservar el poder todas estas décadas… Mira, la gran paradoja que encierran estas décadas de castrismo es que los trabajadores cubanos son mucho más explotados por el actual capitalismo de Estado (bajo el eufemismo del socialismo) que por el capitalismo privado que aún existía en 1960. En resumen: Esta transformación social radical, que eliminó y expropió a la burguesía nacional y a propiedades extranjeras, se puede contabilizar como un doble robo: primero, robaron a los propietarios cubanos (grandes, medianos y pequeños) y luego a los trabajadores de este país, a todos, porque les han estado –y siguen– robando, apropiándose de sus plusvalías y hasta de sus salarios, congelados desde 1960. Mira, con el capitalismo privado, los trabajadores cubanos teníamos derechos y conquistas laborales y, al menos, un salario, más o menos digno, pero, sobre todo, había qué comprar: existían muchos y variados productos, y muchísimas mercancías de óptima calidad. Pero para mí ya es muy tarde, yo ya estoy jubilado, cobrando hoy lo estipulado en los años 60: ¡Una reverenda porquería! Yo ya estoy cansado de tanta desilusión: Este pueblo se merecía otro destino, otro final, por sus sacrificios, por sus ideas, por su lucha de estos años. Yo ya estoy muy viejo como para viajar, si no, me iba de este país de mierda. ¡Cojones!

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Para leer y descargar -de forma gratuita- el PDF de este libro, los lectores deben entrar en nuestro blog EBETANIA: https://ebetania.wordpress.com y buscar el titulo de esta obra en una de las ventanas EBOOK y pincharlo. Invisibles triángulos de muerte


Felipe Lázaro (Güines, 1948). Poeta y editor cubano. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y graduado en la Escuela Diplomática de España.. En 1987 obtuvo la Beca Cintas y fundó la editorial Betania. Sus últimas publicaciones son: Conversaciones con Gastón Baquero (2014) y Tiempo de exilio. Antología poética, 1974-2016 (2016).


Invisibles triángulos de muerte. Con Cuba en la memoria de Felipe Lázaro

2018, 164 pp. Colección Narrativa.

ISBN: 978-84-8017-370-4.

PV: 15.00 euros ($20.00).


Pedidos: editorialbetania@gmail.com

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Este artículo de la poeta y profesora cubana Aimée G. Bolaños (Cienfuegos, 1943) fue publicado en la revista digital hispanoamericana Otro Lunes (Berlín: Nº 46, abril 2017): http://otrolunes.com/46/este-lunes/notas-sobre-poesia-y-exilio-en-felipe-lazaro/

Foto de Jacqueline Alencart

Exilio es, en fin, reconocer las patrias menos obvias.
Juana Rosa Pita

Para pensar la significación del exilio en la obra de Felipe Lázaro, bastaría reparar en el título de su antología. Cuando el autor reúne en Tiempo de exilio1 una selección de su poesía de los últimos cuarenta años, el exilio está en el centro de un proceso creativo de muy variados matices, aún abierto.

Su escritura tiene nítidas referencias a una temporalidad histórica marcada por  los interminables tránsitos. Quien habla y firma el libro se hace en el exilio, omnipresente en los avatares del vivir a partir del éxodo originario. El sujeto poético de cada poema en sus desdoblamientos de “persona”, quiero decir, con sus diferentes máscaras, es expresivo de una experiencia transterrada que identifican al autor, escriba, antologador  y  editor de Tiempo de exilio.  A su vez, el exilio remite  la poesía de Felipe Lázaro a una genealogía poética: Ovidio, Dante, Baudelaire, figuras emblemáticas. Heredia, Martí, Lezama Lima, Baquero (tan caro a Felipe Lázaro), de diferentes formas en el continuum poético cubano.

Con toda razón, Francis Sánchez, al prologar el libro, subraya la significación del término que el autor reclama a pesar de haber salido de Cuba con solo 12 años (p. 7). Y vale recordar que si el exilio tiene marcas políticas evidentes, siendo histórico (muy patente, si bien no exclusivo, de la historia cubana), es también una dimensión existencial, supone una conciencia ontológica, consustancial a la poesía. Alude a la condición del artista y su vida espiritual, a una sensibilidad profunda en la trashumancia simbólica, como aquel albatros de Baudelaire exilado en las alturas. Más que un fenómeno o temática, implica una sensibilidad, un conjunto de actitudes, afectos y comportamiento que encarnan en la poesía.

 Tiempo de exilio, como compendio poético de Felipe Lázaro, naturalmente me lleva a reparar en las intrincadas y sostenidas relaciones entre su figura autoral y exilio. Si la poesía lírica con una propuesta de lectura oscilante problematiza la relación autor y yo de la enunciación con su ambigüedad; la poesía del exilio encuentra su fundamento en el efecto de realidad que identifica autor y sujeto poético. A diferencia de las estrategias de la autoficción –soy yo, pero no soy yo–, el autor afirma la identidad pragmática y ontológica del sujeto discursivo y el nombre al pie de libro. Esta estrategia, compartida por el lector, constituye el fundamento de una poética de registro testimonial autorreflexivo, entre el memorialismo y la autoconfesión, tan patente en la poesía del exilio y distintiva de Felipe Lázaro.

Con sus prácticas discursivas específicas, de modo marcado en Tiempo de exilio, la poesía exiliada redefine la figura del autor, oficiante de su propia historia y escritura,  crea un lugar donde se afirma y reconoce, un espacio en el que de manera verdadera, con todas sus contradicciones y ausencias, existe. El poeta escribe para no desaparecer. La poesía es última y primera prueba de existencia. El poeta reclama y proclama su referencia, existe fuera del texto. Vive y escribe su experiencia, se presenta como figura empírica, factual, de estatuto “real” del tejido imaginario, lo que es muy patente en los poemas de la poesía compartida en Tiempo de exilio. En ellos el autor se ficcionaliza junto a tantas figuras de la historia de la poesía cubana y latinoamericana exiliada en un formidable juego de espejos. De este modo, no solo aspira a la credibilidad, también a legitimar la experiencia del exilio que comparte con una comunidad sociohistórica, tanto autoral como lectora.

Viviendo su exilio, el poeta habita y es habitado por el espacio sin tiempo de la escritura  –“poetizando a diestra y siniestra” (p. 78)–,  contrapaso  al tiempo lacerante y los no-lugares o lugares terminales del exilio. En este espacio de la escritura se nombra, retornando a sí y cuanto fue suyo –“cotidiana fantasía” (p. 86) –, asumida la poesía como única y definitiva casa.

En esa dimensión intemporal y restauradora de la escritura, Tiempo de exilio muestra su otra cara de Jano: el tiempo humano del ser y la existencia. En esa densidad histórica que el poeta describe como “abismo de la extrañeza” (p. 24), el presente revisita un pasado declinante –“nostalgias arrebatadas del naufragio…” (p. 27)–, transitando entre diferentes tiempos y espacios referidos a una trayectoria de vida marcada por “la inmensa distancia, lo que nos une y separa” (p. 24).

El poeta representa su cotidianidad –odisea de los días–, se mueve entre ciudades, mujeres amadas, amigos-poetas, omnipresente la poesía de este viaje sin retorno. En este sentido, altamente expresivo resulta “Árbol extraño” que, según Francis Sánchez, “ofrece un arquetipo del exiliado, símbolo que resurge de una fisura ontológica” (p. 10). El poema, concebido como una conversación del sujeto de la enunciación con el hijo, alude a esa ruptura ontológica con la metáfora seminal del árbol ceniciento, pálido de frío que deberá revivir sus raíces en un trasplante-vuelta, deseo mitificado e imposibilidad. La extranjería-extrañeza se ha tornado radical:

Mas un día, hijo, lo volveré a trasplantar,
ya definitivamente,
aunque puede pasar que tampoco allí encuentre morada,
que no se sienta realizado en casa,
que después de tanto recorrer por el mundo
su pequeño lugar de nacimiento le sea ajeno.
Y será otra vez extranjero:
irreversible meteco,
noria de los pasos. (p. 39)

Metaforizado por el frío, el exilio alcanza significación simbólica. La dimensión metafísica dialoga con la histórica en “Nostalgia”, uno de los poemas más abiertos a la interpretación de la antología por su extrema hipérbole, síntesis metafórica y elíptica composición:

Tan fría es la ausencia
que hasta el silencio
se hiela. (p. 31)

Plurívoco e inclusivo, el autor crea una figura autorreferente y plural. El sujeto poético habla de sí como otro, la voz, siendo individual, es la de una comunidad exiliada, el movimiento se torna transgresivo, hacia la alteridad. Y en ese testimoniar al otro, se configura otro devenir y el poeta deviene otro, como puede leerse en “Fecha de caducidad”,  expresivo de una experiencia transpersonal al categorizar la figura del exilado con una enunciación metafórica muy viva –la patria es una balsa– que nomina las odiseas de mar cubanas:

Todo exiliado es un sobreviviente
que rescata del naufragio la patria
convirtiéndola en su única balsa.

(…)

A este triste y solitario náufrago
solo le queda rememorar su infancia
-su verdadero país-
mientras se niega a aceptar esta tragedia
impuesta por la Historia
-histeria patria-
y la lejanía no está en él
ni el espacio lo desune. (p. 84-85)

La memoria recurre en Tiempo de exilio al configurar el tiempo humano en movimiento tanto retrospectivo, dominante en la antología, como prospectivo: tiempo de la espera, de la profecía y el vaticinio. Expulsión del paraíso, tierra prometida inalcanzable, edén tropical ya desvaído, infancia mitificada, futuro conjetural componen una compleja trama en la que el dolor de la pérdida es tanto mítico como histórico, de evidente causalidad social. Extranjería, extrañeza, desarraigo, nostalgia son marcas de sensibilidad constantes. Y valdría actualizar la etimología de esta última palabra que tiene en su raíz nosteo y algeo(volver a la patria), indisolublemente asociada a las funciones imaginativas de la memoria y a la conflictiva percepción del paso del tiempo. Desde un problemático presente, el sujeto de “Tendrás casas invisibles” parece augurar cuando recuerda:

Tendrás casas invisibles
en el espacio desterrado.
Varios hogares descoloridos
-ascua vidriosa-
en el espacio congelado de palmas,
compartiendo el pan del olvido coagulado.
Así despertarás
fatigado,
de todo sueño esperanzador. (p. 35)

El proceso creativo de Felipe Lázaro vuelve continuamente sobre sí para interpretar, con imaginativas variaciones, el tema mayor del exilio,  moviéndose entre el adentro –minimalismo de la historia personal– y el tiempo de la Historia con mayúscula, magna estructura sociohistórica donde el sujeto poético lidia con la falta de sentido, tocando lo simbólico en el espacio compensatorio de la escritura. Así en “Epitafio para un aprendiz de poeta”, referido a un otro conjetural, el yo enunciativo oblicuamente se configura:

Sufrió lo indecible por una tierra lacerante.
sumergido en un pantano reseco por la lejanía
miraba sus poros como si fuera el universo
extraño, siempre extraño frente al espejo desnudo. (p. 61)

De libro a libro, de poema a poema, las formas compositivas de Felipe Lázaro van mudando y enriqueciendo sus significados en la identidad de una estética que privilegia la forma sentenciosa y reflexiva, la fragmentación y el decir elusivo, los efectos de oralidad y autorreferenciales, el sesgo narrativo, el dialogismo con el otro y con sí mismo. Su autoexamen y la mirada atenta al mundo que lo rodea dan vida a los espacios y tiempos de la errancia obligada, tanto en poemas de elaborada estructuración polifónica disonante, de cierto barroquismo  –“Las siete moradas de una Teresa llamada Carmen”, “Evocación de un encuentro”, entre otros memorables–, como en los de suma concentración, rupturas de sistema, acotaciones desafiantes y elocuente parquedad, como en “Señas de un preso”, dedicado al poeta Jorge Valls:

Lugar: La Cabaña-cárcel,
un camastro,
la mesita,
unos libros,
poca luz.
Una ventana con barrotes mohosos.
Nombre: Estudiante de Filosofía.
Tiempo: Veinte años.
Horas: Desfile de rejas. (p. 32)

La poesía amatoria es lugar de revelaciones en Tiempo de exilio. Los ditirambos amatorios de tesitura emotiva, más sensuales o idealizados –“Para el amor quedan recursos”, por ejemplo–, así como los punzantes poemas epigramáticos que reinterpretan el imperecedero “amo y odio” de Catulo –“Marvila la calculadora”, tan eficaz–, constituyen entradas en la intimidad, reveladoras de facetas de la biografía sentimental.

Provocativos, por su tono y asunto, los poemas lúdicos de las celebraciones báquicas se destacan por su intensidad. Con su enunciación irónica, catálogos etílicos y  crónicas alborozadas –encubridoras de vacío y nostalgia–, estos deliciosos divertimentos crean escenas de notable fluencia descriptiva y contadora. Representativo de esa cuerda “Un sueño muy ebrio sobre la arena” reúne poetas dispersos en la celebración de las afinidades electivas y el vino  –“las grandes jarras hermanan brazos. / La intolerancia se disipa con un buen jerez” (p. 69)–, convivio que integra sitios y figuras de la bohemia, quizás otra forma de la errancia y, a la vez, morada. Allí, en ese espacio heterotópico, con la visión de las “copas con ala”, fulgurante imagen martiana del umbral del poema, se yuxtaponen fragmentos del viaje siempre inacabado y el nomadismo cultural.

Especialmente he apreciado los retratos, tanto elegíacos como desacralizadores,  y los autorretratos, en los que el poeta da forma a estados espirituales y a su reflexión ética. En este tipo de poema, “Tiempo de exilio” paradigmático, puede ser revelador y reticente, el sujeto discursivo espectador lúcido y aturdido de sí mismo:

Haber heredado el silencio por costumbre.

La nada acumulándose a pasos agigantados,
estériles segundos que se suceden
cuando el calendario pesa más que la vida
y es incierto el respirar constante.

Ya nada asombra a no ser la verdad.
Y el equilibrio necesario de los días
aturdido
experimenta con la lejanía. (p. 89)

De notable riqueza y variedad resulta la galería de retratos de poetas exilados (grandes figuras y todos lo que optaron por el destierro desde 1959), poemas generalmente memoriosos, elegíacos, dialógicos. En “Memoria compartida (Poema a Gastón Baquero)”, la elegía es espejo imaginario de una muerte que se reparte:

Más visible que nunca antes
divagas alegre por silente viaje,
repiensas versos como recuerdos
ante el asombro de las estrellas
con tu corazón elegante convertido en Isla. (p. 80)

De emocional tesitura reflexiva, “Díptico del eterno exilado”, a la memoria de José Mario, abre con una cita Guillermo Rosales que no deja lugar a dudas: “Soy un exiliado total”. El poema rememora una vida poética y en la poesía, para culminar con la figura emblemática del poeta maldito, eternamente anhelante y dislocado, padeciendo su exilio absoluto:

Con tu poesía rodeas la esencia del verdor insular,
vitral ausente de todo tipo de emblemas patrios.
Sin datos escritos en tu pasaporte,
deshaces la telaraña de tus ensueños
y confirmas la más trágica verdad:
los hombres son más libres después de muertos.

Al final, quemaste tu vida a grandes sorbos:
rebelde, iconoclasta, irreverente,
doblemente exiliado,
poeta maldito en tu tierra y en el destierro. (p. 83)

Un rico pensamiento del arte poético, junto a vívidas memorias de trozos de vida compartida, se deja leer en los poemas de diálogo imaginativo e imaginario con poetas.

(Heberto Padilla, Manuel Díaz Martínez, León de la Hoz, Alfredo Pérez Alencart, Louis Bourne, José Lezama Lima, Saint-John Perse, José Martí, Dámaso Alonso, Charles Baudelaire, Nicanor Parra, entre tantos)2. El sujeto poético se transforma en un demiurgo que da existencia al otro, en él se reconoce y completa, ahondando sin desvelar el misterio de la poesía. Cada uno de estos poetas, a su manera incomparable, “es un artista del desequilibrio” (p. 56) que en la escritura se  rehace. De este modo los retratos interpretan la condición del poeta errante, conocedor de la fragilidad de cualquier frontera entre el desaliento y la esperanza:

Desterrado de sí mismo
como una provocación más en su vida
siempre lo acompañó el poder subversivo de un poema.

(…)

Este hombre masticó el exilio
y toda desesperanza le fue ajena. (p. 78-79)

Leídos de conjunto, los poemas de poetas, tanto retratos como autorretratos, integran una poética autoral tramada en y por el exilio; cada figura, ícono y emblema. Elogio de la palabra poética, ética, crítica y denuncia, conciencia de la transitoriedad de modas y modismos, todo ocupa su lugar en el pensamiento poético. Con la imago, Tiempo de exilio nos dice: la poesía es subversión, acto de rebeldía, sueño de verdades inconclusas, suma de voces sin estériles fronteras, fantástica realidad cotidiana, reconstrucción de la historia que se escapa, conocimiento ancestral, conjugación mística, coloquio humano trascendente, alegría que medita.

Finalmente, como alguien que comparte e intenta escribir la errancia, al pensar la poesía de Felipe Lázaro me han acompañado dos ángeles del imaginario. El primero, el ángel de Walter Benjamin tan citado que, lejos de agotarse, gana hoy nuevos significados. En la novena tesis sobre filosofía de la historia, Benjamin remite a un cuadro de Paul Klee, “Angelus Novus”, que representa un ángel atónito, de ojos desorbitados y alas abiertas. El Ángel de la Historia, dice, debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado, ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y las vuelca a sus pies. El Ángel quiere despertar a los muertos y componer el destrozo, pero sopla un vendaval que lo empuja hacia el futuro, al que vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece hacia el cielo3.

Junto al vendaval de la historia moderna y en nuestro caso al venturoso desastre del exilio, no solo destructivo, la poesía de Felipe Lázaro revive también otro Ángel, el de la Jiribilla, imaginado por Lezama Lima; ángeles no opuestos, más bien  simbólicos dobles complementarios. Sin desconocer las ruinas y la catástrofe, leyendo Tiempo de exilio, celebro esta imagen jubilosa, tan criolla y esperanzada, que rinde tributo a nuestra poesía:

Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte. Vigila las cenizas que retornan. Sé el guardián del etrusco potens, de la posibilidad infinita. Repite: Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad. Ya la imagen ha creado una causalidad, es el alba de la era poética entre nosotros4.

 

Notas del artículo

 

  1. Felipe Lázaro. Tiempo de exilio. Antología poética (1974-2014). Prólogo de Francis Sánchez. Prefacio de Margarita García Alonso. 2.ª Edición. Madrid: Editorial Betania, 2016. La antología acoge poemas de cinco libros: Despedida del asombro(1974), Las Aguas (1979), Ditirambos amorosos(1981), Los muertos cada día están más indóciles (1987), Un sueño muy ebrio sobre la arena (2003). Tiempo de exilio, última parte del libro, reúne poemas sueltos, no publicados en libro de autor. Todas las citas pertenecen a esta edición.
  2. Felipe Lázaro especifica y distingue: “Poetas a quienes escribo poemas como: Gastón Baquero, Alberto Baeza Flores, José Mario y Jorge Valls, y poetas a quienes dedico poemas, como: Díaz Martínez, Pio E. Serrano, León de la Hoz, Alfredo Pérez Alencart, Gaetano Longo, Louis Bourne, Carlos Contramaestre. Poetas que cito: Baudelaire, Perse, Mariano Brull, O. Paz, Eliot, H. Padilla, Martí, G. Rosales, y otros, más las tres citas iniciales: Rilke, Whitman y Borges.” Correo a la autora de 19 de febrero de 2017.
  3. Walter Benjamin. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Prólogo, traducción y edición de Bolívar Echevarría. México D.F.: ed. Ítaca, 2008, p. 160.
  4. José Lezama Lima. El reino de la imagen. Selección y prólogo de Julio Ortega. Caracas: ed. Ayacucho, p. 336.

Del Autor

Aimée G. Bolaños
(Cuba-Brasil). Escriba y lectora de ficción. Profesora del programa de posgraduación de la Universidade Federal do Rio Grande, Brasil. Fue docente en la Universidad Central de Las Villas, Cuba. Ha publicado numerosos artículos sobre  poesía y narrativa cubana trasnacional, el libro de ensayos Poesía insular de signo infinito. Una lectura de poetas cubanas de la diáspora  (2008) y la entrada sobre “Diáspora” para el Dicionário das mobilidades culturais: percursos americanos (2010, edición en francés,  2015). Entre sus libros de ficción: El Libro de Maat (2002), Las Otras. Antología mínima del Silencio (2004). Las palabras  viajeras (2010),  Escribas (2013), Visiones de mujer con alas  (2016) . En proceso de edición Oficio de lectora (ensayos). Ha sido traducida a diversas lenguas. Sus poemas aparecen en numerosas antologías, entre ellas, Catedral Sumergida (2014).

 

 

 

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tiempo-de-exilio_p1Reseña del poeta español Jorge de Arco publicada en Corresponsales ACPI (Asociación de Corresponsales de Prensa Iberoamericana): www.corresponsalesacpi.es y en Granada Cultural (enero-febrero de 2017).

Con el título de Tiempo de exilio (Betania, 2016), ve la luz una atractiva antología de Felipe Lázaro. Este cubano, nacido en Güines en 1948, abandonó su isla en 1960 y tras residir hasta 1967 en Puerto Rico, llegó a España, donde se licenció en Ciencias Políticas y Sociología, participó en múltiples actividades como promotor cultural y fundó la editorial Betania, que actualmente dirige.

Este florilegio, que abarca cuarenta años de creación poética (1974-2014) –y amplía la que se editase trece años atrás, Fecha de caducidad, 1974-2004, contiene un anexo, que recoge 16 poemas publicados en revistas, compilaciones o libros dedicados a otros autores, bajo el epígrafe de “Tiempo de exilio”.

El resto del conjunto reúne textos integrados en los otros cinco volúmenes publicados por Felipe Lázaro hasta la fecha: Despedida del asombro (1974), Las aguas (1979), Ditirambos amorosos (1981), Los muertos están cada día más indóciles  (1987) y Un sueño muy ebrio sobre la arena (2003).

Su condición de exiliado ha marcado en buena medida la identidad lírica de Felipe Lázaro:

 

Todo exiliado es un sobreviviente

que rescata del naufragio la patria

convirtiéndola en su única balsa,…

 

escribe en el poema “Fecha de caducidad”.

En el prefacio a esta renovada edición, Francis Sánchez ahonda en las claves líricas del vate cubano. Además de la ya anotada temática del exilio, advierte de que su poesía va refrenando “los sentimientos dramáticos” y se inclina hacia tonos de aliento festivo, irónico, donde surge “la búsqueda de la felicidad sin el plomo de la política”. Los textos de trama amatoria constituirían el tercer apartado argumental.

La relectura de estos textos me ha devuelto el son acompasado, revelador y valiente de un poeta que apuesta por llamar las cosas por su nombre, y que batalla, por igual, en pro de la justicia y de la integración, de la felicidad y la esperanza:

 

Al final, somos como líneas paralelas,

la nada más matemática y plural:

intentar siempre un idilio que nunca termine.

 

Los versos del vate cubano se suceden y se crecen con la necesaria hondura que la poesía necesita, con el latido veraz que haga removerse y conmoverse al lector:

 

Tan fría es la ausencia

que hasta el silencio

                                se hiela.

 

Al decir de Felipe Lázaro, se une otro aspecto relevante: la nostalgia, la cual agrandándose al par del tiempo vívido y vivido y que torna ansiedad la memoria. Y hay espacio, también, para la existencia, para el olvido, para el dolor, para la ternura, para el deseo…:

 

Eres mar y tierra a la vez:

mujer poblada de la más estricta belleza.

Eres una larga y pausada sonrisa

o una tierna mirada sedienta de placer.

 

(…)

 

Y aún así seremos lo que quisimos ser:

amor y algo más que amor,

sexo y algo más que sexo,

hueco o relleno,

furia o abismo.

 

Felipe Lázaro ha ido trascendiendo su voz, madurando su cántico, y esa depuración verbal ha derivado en un verso de mayor rotundidad, de sonora dicción. Todo ello, resulta aún más palpable, cuando el poeta afronta el tema de la mortal existencia, cuya sombra sobrevuela con intensidad esta antología: La muerte espera apacible su mejor hora (…) como una gata en celo aúlla su vaticinio, / me cerca las cejas hasta poblarlas de espanto, / cerciorándose de que no escape a sus llamadas.

Al cabo, una antología enriquecedora e ininterrumpida, gratamente humana, dadora de verdades y de enigmas.


Jorge de Arco (Madrid, 1969). Poeta, crítico literario  y traductor español. Licenciado en Filología Alemana por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor universitario de Literatura Española.

Entre sus últimos poemarios publicados, destacan: La casa que habitaste (Premio Internacional de Poesía “San Juan de la Cruz”), Las horas sumergidas (2013, Premio Internacional de Poesía “José Zorrilla”) y La lluvia está diciendo siempre (Premio de Poesía “Rafael Morales”). Desde hace una década es Director de la revista de poesía Piedra de Molino, publicada en  Arcos de la Frontera, Cádiz.

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tiempo-de-exilio_p1Reseña de la poeta cubana Ena Columbié, publicada en el periódico El Nuevo Herald  (Miami, 9 de febrero de 2017). 

Cuando termina un año, generalmente se quedan fuera algunos títulos de última hora, como es el caso de la segunda edición de Tiempo de exilio. Antología poética (1974-2014) del poeta, escritor y editor Felipe Lázaro (Güines, 1948), director de la ya legendaria editorial Betania.

Lázaro salió de Cuba en 1960, es Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y graduado de la Escuela Diplomática de España. Fundó la editorial Betania en 1987 y ese mismo año obtuvo la Beca Cintas. Fue uno de los fundadores de las revistas Testimonio (1968), La Burbuja (1984) y Encuentro de la cultura cubana (1996), y del periódico La Prensa del Caribe (1997).

Tiempo de exilio tuvo su primera edición en el 2014 en Francia, bajo el sello Hoy no he visto el paraíso, dirigido por la escritora y artista Margarita García Alonso. Esta nueva edición está ilustrada por el pintor Andrés Lacau, nacido en Santiago de Cuba. El óleo, que no tiene título, pertenece a la espectacular serie Texaureos Colecction, en la que Lacau integra la poesía a la imagen del desnudo para mostrar la existencia del hombre sin dobleces, sin velos, en competencia con la creación del propio hombre.

La antología recoge 50 poemas de varios libros publicados, entre las fechas que nos muestra en el título. Tiene como tema central el desarraigo, el tremendo proceso de reubicación del hombre cuando ha sido arrebatado de su suelo, como si fuese arrancado de las entrañas de la madre: Todo exiliado es un sobrevivienteque rescata del naufragio la patriaconvirtiéndola en su única balsa… y la forma en que se asimila ese desarraigo para poder vivir el día a día: Los arrastrados pasos/ con ansias de no proseguir.

Es sintomático, en el caso cubano, como una buena parte de los exiliados que salen de aquella isla (zona de tierra más o menos firme, más o menos extensa, rodeada completamente por una masa de agua y sin seguridad de nada) llegan a un continente y generalmente se sienten inseguros, consideran que no pisan tierra firme, como en un cachumbambé en el que hay que buscar el equilibrio para mantenerse estable, y con la sensación de que todo puede venirse abajo en cualquier momento. Este abismo de la extrañeza/ el estar fuera/ el brusco cambio/ costumbrarse a través del silencio/ robot atónito de la nostalgia.

El choque de los cuerpos en la búsqueda y el reconocimiento, los amigos, la muerte y el tiempo, son algunos de los subtemas en ese andar: La nada acumulándose a pasos agigantados/ estériles segundos que apenas se suceden/ cuando el calendario pesa más que la vida/ y es incierto el respirar constante.

Recuerda a los amigos en infortunio, solidarizándose con su dolor, como en el caso del también poeta Jorge Valls, cuando refleja con suma brevedad el severo mundo de la cárcel: un camastro,/ una mesita,/ unos libros,/ poca luz./ Una ventana con barrotes mohosos, o como en “Un sueño muy ebrio sobre la arena” en que recuerda a muchos, en una gran fiesta donde Las grandes jarras hermanan brazos. Una gran fiesta donde ya faltan muchos nombres.

El sudor como leit motiv se presenta en diferentes formas una y otra vez; en forma de descarga de energías: se bañan en sudor yes un sudor un alivio y una inmensasatisfacción jugar con el sudor, como elemento del amor: cuerpo sudorosamente amado; como segunda piel: Todo comenzó con un estremecimiento del sudor; como parte del trabajo: sudorosa ante la altivez de una solitaria carretilla; humanizado: destilan sudor ebrio de felicidad…

Es Felipe Lázaro un poeta que se adentra en los problemas del hombre, que se hiere con ellos, pero siempre se reivindica con el amor: Amar es dejar de sersin excusas pasajeras.

 

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tiempo-de-exilio_p1Aprovechando las fiestas navideñas, Betania regala otro libro a sus lectores, como los 20 ebooks  que se pueden leer o descargar gratuitamente pinchando en las ventanas EBOOK de nuestro blog EBETANIA: https://ebetania.wordpress.com.

En esta ocasión se trata de la 2º edición de Tiempo de exilio. Antología poética (1974-2014) del poeta cubano Felipe Lázaro (Güines, 1948), editor-director de la editorial Betania, fundada en 1987. La primera edición (2014) de este libro corrió a cargo de la casa editora francesa  Editions Hoy no he visto el Paraíso, que dirige la poeta y pintora cubana Margarita García Alonso en Le Havre. No obstante, Tiempo de exilio es la tercera antología poética de Lázaro, precedida por Data de Scadenza (Trieste, 2003) traducción al italiano del poeta Gaetano Longo y Fecha de caducidad (Madrid, 2004) con prólogo del poeta cubano Efraín Rodríguez Santana.

Como bien señala, en el Prólogo, el poeta y escritor cubano Francis Sánchez: “Unos 50 poemas, pertenecientes a seis libros publicados, sintetizan la obra de Felipe Lázaro (…), retazos de una vida arrojada fuera de la patria. Así el poeta ensarta su dilatado exilio en la aguja de un verso adaptado al exacto existir, a la experiencia emocional y cultural más perceptible, sin que le tiemble el pulso al guiarse siempre por la sajadura del desprendimiento, la condición de exiliado como hilo conductor que lo perdió y al mismo le ha permitido encontrarse con la poesía”. Según el prologuista: “Llama la atención que, a pesar de salir de Cuba con solo 12 años (1960), Felipe Lázaro reclame el término “exilio”, cargado de connotaciones políticas, lo que imprime un nivel de coherencia a la problemática de su visión literaria desde su primer libro hasta esta selección personal que no ha podido recibir mejor título”.

En un texto escrito para la primera edición y que en esta nueva conforma el Prefacio, la editora Margarita García Alonso señalaba lo siguiente: “El libro nos llega como frisón de una tela, el instante sonoro que da paso a la intimidad. Aúna poemas que han trascendido en la memoria; otros, totalmente inéditos, juegan con la tipografía, cual diablillos que habitan al poeta-editor de tantos cubanos, de numerosos libros y poetas que forman parte de la biblioteca imprescindible de la literatura cubana y universal. (…) En Tiempo de exilio, un hombre frente al tiempo cuenta cómo ha podido sobrevivir y reafirma que tiene fe en las palabras”.

El propio poeta (Felipe Lázaro) nos señala en dicho Prefacio: “Toda antología es la suma de una constancia literaria. Por eso, Tiempo de exilio –donde reúno poemas de mis seis libros, más otros inéditos- no es más que el resumen de la labor poética de los últimos 40 años. (…) En este sentido, pertenezco a la generación de poetas cubanos formados y surgidos en el exilio, los que salimos siendo niños, como: Maya Islas, Gustavo Pérez Firmat, Lourdes Gil, Iraida Iturralde, Alina Galliano, Laura Ymayo, María Elena Blanco y muchos más. Sin olvidar a los dos grandes exponentes de la poesía de nuestro éxodo, como son José Kozer y Magali Alabau y a los fallecidos: Luis Cartañá, David Lago González y Amando Fernández, entre otros. Incluso, para ser justos, tendría que mencionar a los poetas que han publicado sus libros en el destierro y que conforman una nutrida relación de autores que reflejan el quehacer poético fuera de la Isla desde el mismísimo 1959 a nuestros días”.

Como muestra de esta nueva entrega poética, les brindamos un poema de dicha antología:

 

Díptico del eterno exiliado

 

Para José Mario, in memoriam

 

Soy un exiliado total

GUILLERMO ROSALES

 

 

I

 

Nos quedamos con tantas dudas e interrogantes

que faltó más de una conversación

con la frecuencia del abrazo que todo lo sella.

 

No obstante, ahora revives en la cercanía de nuestra memoria,

justo cuando has iniciado un viaje sin retorno

con tus ciudades amadas como equipaje:

esas interminables calles neoyorquinas,

tus sueños en un tranvía lisboeta,

taciturno quizá en Cafe de Flore

o la presencia en Praga del verdadero rostro humano

sesenta y ocho veces congelado.

Hasta tu cotidiano caminar por los madriles

-de Lavapiés a Sol y viceversa-

donde repites con la ebriedad de tus versos

la travesía de los deseos.

 

Pero aún falta regodearte en otras latitudes

que reclaman tu regreso

en este preciso instante

cuando deambulas en la nada.

 

Ahora que no necesitas ningún trámite

para volver a tu Isla,

porque ya llevas su mapa incrustado en tus neuronas.

 

Y así trasnochas como fantasma en tu Habana,

ansioso de recuperar todo aquello que te sostuvo en vida:

El Gato Tuerto, La Roca, el puerto;

El Pastores o la Rampa,

hasta la escalinata que libertino frecuentabas

con la lucidez de tus poemas más subversivos,

irremediablemente proféticos de tu posterior destino:

¡Un Rimbaud que ardía en el trópico

mientras toda querencia se convertía en cenizas!

 

Necesitabas volver a ese espacio vital

de tu primer bautizo amoroso,

como el alegre y travieso adolescente

que asombraba a su entorno familiar leyendo a Proust.

 

Sentar tu precocidad en la lujuria del Malecón

y ver escapar los abrazos idos

que retornan con la incertidumbre del oleaje,

donde el susurro de otras voces

danzan en la intimidad de un caracol

y repiten con la sonoridad de la nostalgia

el ceremonial de esas canciones

-preferiblemente de Bola de Nieve o de Vicentico Valdés-

grabadas en la lluvia de tus recuerdos

en un bar sin nombre

de una esquina cualquiera…

 

 

II

 

Tan caro precio pagaste por el amor a ese paisaje

que tan solo se escucha el triste eco solitario de tu voz.

 

Con tu poesía rodeas la escena del verdor insular,

vitral ausente de todo tipo de emblemas patrios.

Sin datos inscritos en tu pasaporte

deshaces la telaraña de tus ensueños

y confirmas la más trágica verdad:

los hombres son más libres después de muertos.

 

Al final, quemaste tu vida a grandes sorbos:

rebelde, iconoclasta irreverente,

doblemente exiliado,

poeta maldito en tu tierra y en el destierro.

 

Precursor de tantos enfrentamientos,

rechazas la fugacidad de las vanidades

-incluido los transitorios ismos-

y nos dejas tu paso por ese mundo

como un enigma injustamente inacabado.

 

Portador de la más cínica sonrisa,

ya saltas y brincas a tu libre albedrío,

a carcajadas te retuerces

de toda pequeñez humana.

Repiensas tu vida como un misterio

al borde del más inusual abismo.

Rehaces tus huellas

Como testigo de una época

teñida de sangre a borbotones:

¡Ay Cuba!

La historia se equivoca tantas veces. *

 ————–

*  José Mario

 

En la portada de la presente edición se reproduce una obra del pintor cubano Andrés Lacau, residente en Miami, que a todas luces enriquece este libro.

La versión digital (ebook) se puede leer o descargar gratuitamente en nuestro blog EBETANIA: http://ebetania-wordpress.com   pinchando en la segunda ventana EBOOK.


Felipe Lázaro (Güines, 1948). Poeta y editor cubano. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Graduado de la Escuela Diplomática de España. Fundó la editorial Betania en Madrid (1987).  Sus últimos libros publicados son: Indómitas al sol. Cinco poetas cubanas de Nueva York (2011), Conversaciones con Gastón Baquero (2013 y 2014) y  Tiempo de exilio, 1974-2014 (2014).


Tiempo de exilio. Antología poética, 1974-2014 de Felipe Lázaro.

Prólogo de Francis Sánchez.

Prefacio de Margarita García Alonso.

136 pp., 2016. Colección Antologías.

ISBN: 978-84-8017-385-8.

PV:   15.00 euros ($20.00)


 

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