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Posts Tagged ‘Mirza L. González’

Con sumo orgullo presentamos  el libro de cuentos Caracol de sueños y espejos (Betania, 2017) de la escritora y profesora cubana Mirza L. González, nacida en Güines, con actual residencia en Miami.

Esta es su segunda entrega de narraciones, tras Astillas, fugas y eclipses (2001) su opera prima, que también publicamos en Betania con prólogo de Fabio Murrieta.

En este libro, la autora reúne seis cuentos que se acompañan con un prefacio de la reconocida escritora cubana Zoé Valdés, residente en París, y una introducción del profesor cubano Jorge Rodríguez-Florido. En el  interior del libro se reproducen varias obras del pintor cubano, afincado en Chicago, Eladio González; amigo de la autora. Además, en la portada se reproduce una obra de Gustavo Klimt y en páginas interiores se pueden disfrutar de obras del Bosco,  Gino Severino,  Juan de Espinosa y Jan Van Huysum.

En las palabras preliminares, Zoé Valdés nos dice: “Son cuentos cubanos escritos en el exilio, pero también son cuentos del exilio escritos para cubanos de todas partes del mundo, incluidos los de la isla. En ese mensaje de amor a una forma de hablar, de observar la vida, de describirla, encontraremos nombres familiares, situaciones revividas, cartas y hasta correos electrónicos que aún escritos hoy provienen de otro tiempo. De aquel tiempo en que la cultura cubana tenía un significado, un enorme valor, y podía mostrarse al mundo como ejemplo de refinamiento y libertad artística y literaria (…) Los cuentos de Mirza L. González son eso: almas despojadas envueltas en la letanía de una voluta de humo que queda apresada entre la lectura y el silencio”.

A  su vez, el profesor Rodríguez-Florido señala: “la autora recurre al espejo, a las cartas, a las fotos, a los libros y a los medios electrónicos como motifs o puntos de partida en sus narraciones”. Y refiriéndose al título del libro, nos dice que “es muy acertado porque tanto el sueño como el caracol son imágenes de la búsqueda y el hallazgo de la identidad, que en realidad, es el tema principal y unitario de la creación narrativa de la autora”.

Como ejemplo del buen quehacer narrativo de Mirza L. González, les ofrecemos uno de los cuentos para que nuestros lectores puedan disfrutar con su lectura:

 

ALICIA Y SU GATO

 

 “Sincerity has no royal road to the truth, and imaginative literature situates itself somewhere between truth and meaning… the cosmological emptiness in which we wander and weep”./ “La sinceridad no es un camino real hacia la verdad, y la literatura imaginativa se sitúa entre la verdad y el significado… el vacío cosmológico en el que divagamos y lloramos”.

Harold Bloom.

 

 “Me debo estar encogiendo como un telescopio”. Mientras decía estas palabras, le resbaló un pie, y un segundo más tarde, ¡chap! Estaba hundida hasta el cuello en agua salada. Lo primero que se le ocurrió fue que se había caído de alguna manera en el mar. . .  pronto comprendió que estaba en el charco de lágrimas que había derramado cuando medía casi tres metros de estatura. “Pero yo no quiero estar entre locos” dijo Alicia. “No puedes hacer nada”, dijo el gato. “Aquí todos estamos locos”.

 Alicia en el país de las maravillas.

Lewis Carrol.

 

 

Alicia había sido una niña hermosa, de piel ligeramente bronceada, sana, sonriente, de ojitos lindos, glaucos, y boquita primorosa de muñeca mimada, pero…¡ay de quien se le atravesara! Tenía sus momentos especiales, y en ellos exhibía cuadros de malcriadez inigualables, dignos de verse. En una de mis visitas a su casa presencié uno de ellos. Pobre Alicia.  Lloraba y lloraba, se halaba el pelo, se rasgó el vestido, se tiró al suelo y empezó a gritar. Comenzó con un chillido… débil… como maullido de gatita recién nacida, que se transformó, con estertores violentos, en aullidos intermitentes de lobo a perro rabioso. En cuestión de segundos percibió que la agitación del berrinche la debilitaba y no tenía aire ni fuerzas suficientes para continuar el espectáculo, seguido al detalle por la mirada escrutadora de cinco pares de ojos y cinco  figuras: la madre, la abuela, la tía y sus dos hermanas. Percibió las presencias familiares y se concentró en las de mayor estatura, las consentidoras usuales; y con la vista fija en la más fornida de todas, la abuela, a quien consideraba la más regalona, trató de estabilizarse aspirando fuertemente en un largo y tembloroso esfuerzo el aire que le estaba faltando a sus pulmones. De inmediato, al sentir su salud recuperada, se preparó para coronar el espectáculo: con renovadas fuerzas y ojos desorbitados, abrió inmensamente su boquita color de rosa y como si le hubieran clavado un puñal, emitió un grito salvaje, increíblemente agudo y largo, salido del rincón más profundo de sus tiernas entrañitas. Malcriadez superlativa… Y cuando se preparaba para ejecutar nuevamente el episodio de inspiración y exhalación, cuyo proceso acababa de aprender y pensaba repetir hasta lograr lo que intentaba… escuchó la vociferante estridencia de un ¡ALICIA!, se sintió elevada en el aire y depositada bruscamente en una silla. Ardentía y dolor en la cabeza y sobre todo….en sus nalguitas… El tirón cabelludo había sido el interruptor que finiquitara la escenita. Roja, despeinada, con la cara llena de lágrimas, la nariz mocosa, amago de espumarajos por la boca… ¡Oh…no! y el vestidito roto, hecho un desastre… jirimiqueaba repitiendo: “¡Yo me quiero ir de aquííííí….!!” Con un aquí laaaargo, kiloméeeetrico. El padre, por suerte para él, se perdió ese día la función. Estaba trabajando.

Escena repetitiva la de Alicia. Aún cuando el cuadro había ido cambiando con los años: grititos cada vez menos ruidosos, que fueron transformándose en suspirillos; mirada estrábica, manos sobre los ojos o la frente con cabeza inclinada o pendular; pulgar, índice, y del medio, enrollando y desenrollando, con ademanes maníaco-eufóricos, guedejas de cabellos. Y en los  últimos tiempos el cuadro del balanceo: se dejaba caer en una silla donde se mecía  cual si estuviera en un sillón. Todavía, cuando tenía testigos ni peligrosos ni comprometedores, le daba “el ataque” y desplegaba el sonado y colorido  “espectáculo”.

Me habían contado que cuando era una niñita todavía, que apenas hablaba, y le habían disminuido las tomas de leche, a causa del racionamiento, caminaba por la casa con su pomo vacío y a quien encontrara le decía, en tono diapasónico, “quiero más leche”. Hasta a las visitas increpaba. Y por detrás de ella decían unos: “La niña nunca se va a adaptar a este sistema”,  “mundo”. Y decían otros: “¡Cuánto protesta!”. “Si no cambia, la cambian o… ¿será ella la que traiga el cambio?”. “Le va a costar caro un día”, argüían los demás, con variaciones tonales y sentenciosas. Curioso, desde que nació era rebelde, y mientras más la contradecían más empecinada se tornaba.

Aunque no coincidimos en la misma generación, yo era unos años más joven, la vida de Alicia siempre me interesó.  Creo que me atraía, principalmente, por sus peculiaridades, sus rarezas, que yo atribuía por algún tiempo a la malcriadez. Estuve más o menos al tanto de algunos de sus episodios por ser testigo presencial; de otros me enteré porque me los contaron o por documentos escritos donde ha quedado constancia. Su familia era muy querida, gente no de fortuna, pero rica en bondades…. y generosa, dentro de sus posibilidades. El padre, quien haciéndole honor a sus virtudes se llamaba Generoso, tenía una ferretería frente al parque. En aquellos tiempos, en el pueblo todo se sabía, y todos se conocían. Se podía hablar de éste, del otro, del de más allá, sin temores. Después todo cambió.

La familia de Generoso vivía por la calle del Hospital nuevo. Y todos en el barrio, y me atrevo a asegurar, en el pueblo, sabían de sobra que sus padres eran muy amigos de un señor de apellido Luis y de nombre Carlos. Sí, se llamaba Carlos Luis, y era un personaje interesantísimo.  El tal Carlos era de niño tartamudo; algo que, aunque imperceptible para muchos,  todavía se le notaba. Fue el que puso de moda en mi pueblo trabalenguas olvidados por nuestros abuelos que existían de antiguo y que, según él, habían sido creados por un antepasado suyo muy lejano, escritor de cuentos y músico. Los que practicaba constantemente en soledad, secretamente, creía él, aunque los vecinos lo escuchaban desde sus patios, repitiéndolos como un mantra tarde en la noche, y hasta cierto punto desembarazando, gracias a ellos, la tartamudez de su lengua.  A él  le atribuían, algunos de mi pueblo, el embrollado ejercicio lingüístico de María Chucena. Así como también las cantaletas de “Mambrú se fue a la guerra montado en una perra”, la de “estaba el señor don Gato en silla de oro sentado, calzando medias de seda y zapatito dorado” y  “la  pájara pinta sentada en el verde limón”, entre muchas cancioncillas para juegos de niñas que han sobrevivido al tiempo.

Ya de jovencito me dijeron que el tal Carlitos Luis escribía poemas y cuentitos satíricos que le publicaban en una revista literaria de la capital bajo un seudónimo. Sobresalía por su agudeza en los juegos de palabras y acertijos que inventaba, escribía y repartía entre sus amistades. Fue a la universidad y dicen que obtuvo un título, o dos. No puedo dar fe de ello, nunca los vi. Sí sé que le gustaba hacer gala de su mente despierta y conocimientos y me contaron que, con los años, llegó a sentar cátedra de Lógica y Matemáticas en el instituto de mi pueblo.

¿Qué tenían en común Generoso y el polifacético Carlitos? Matar patos, jutías, lo que corriera por delante de ellos, hasta que se prohibiera la tenencia de armas en las casas. Con el tiempo compartieron otras cosas, dignas de ser contadas, pero no en esta historia. En cuanto a Carlitos… Sé, con certeza, que además del arte de la caza, había dos grandes fuerzas propulsoras que lo inspiraban y le ayudaban a sobrellevar las luchas del diario vivir: la fotografía y los niños. Era fotógrafo de afición, y muy bueno. Hacía retratos de personajes de nuestro entorno que todavía se conservan. El pianista Taracido, el Concejal, dos o tres alcaldes, jueces, médicos, y un pintor bastante famoso fueron inmortalizados en su lente. Dicen que hizo hasta fotos de las personas que deambulaban… sin casa ni cama donde dormir;  que sobrevivían o languidecían tirados por el suelo, en las aceras o bajo las marquesinas de las tiendas, debido a la falta de recursos, trastornos mentales, o a ambos. De este tipo de fotografía sólo vi la de una señora que acostumbraba a vagar por las calles o por el parque. A mí, en particular, me llamaba la atención este personaje por varios motivos. En primer lugar, por los gestos de su cara, capaces de recorrer variantes infinitas, desde la dulzura angelical hasta el entreceño demoníaco; este último acompañado la mayor parte de las veces de gritos estridentes y palabras soeces cuando se sentía ofendida. Circunstancias que conjuraba a menudo, pues bastaba con que la saludaran usando su apodo para sentirse insultada y soltar sus andanadas. Otros detalles resaltaban en ella y la caracterizaban: su cabello canoso amarillento, perfectamente cortado y acicalado en una melena (me preguntaba quién le haría el favor de pelarla); sus piernas, sobresalientes bajo la falda, hinchadas, estropeadas, con venas y huellas amoratadas resultado de golpes que se daba, ¿o le daban? o de mala circulación; y lo que siempre cargaba con gesto suplicante en su mano: un güiro o jarrito, donde los que se conmovían le ponían algo de comida. Se desaparecía inmediatamente cuando esto último sucedía. Unos decían que se iba para su casa, otros que se escondía, pues aparentemente vivía en la calle. La llamaban “Güirito Potaje”, nombre derivado del uso del jarrito. Como decía, vi dos fotos de este personaje: Una, sentadita en lo que parecía un banco del parque, brazos al frente, sosteniendo su güirito con ambas manos en actitud de súplica, gesto dulce, semblante pacífico, ojos azules, sí, los tenía azules, semi-sonriente. No salieron las piernas. Luce hasta bonita. La otra era la imagen de la iracundia. Como poseída por el diablo. Aunque la calidad de las fotos era indiscutible, no quise ver otras de esta categoría.

Siento que debo compartir con ustedes, los lectores, información interesante y necesaria sobre Carlos Luis: su obra fotográfica, revisada y catalogada, apareció recientemente en la muestra organizada por el Centro Latino Smithsonian y abarca  tanto el retrato tradicional y autóctono, como sus fotomontajes de inspiración surrealista.

He visto muchas de sus fotos de niños. Los retrató de todas las edades, y son extraordinarias. Pero…las de niñas son las más abundantes, y para mí las mejores. Hay fotografías bellísimas, y entre ellas sobresalen las de Alicia y sus hermanas Lorina y Yedit. De Alicia hay muchas. Una de ella, sola en un bote, en la playa, con el reflejo del sol en su cabello y una pequeña sombrilla, con la que juega, es digna de premio. El agua azul del mar, la arena al fondo, los colores del bañador, la inmensa claridad, recuerdan las marinas de Sorolla.

El carácter de Carlos Luis era algo difícil. Era muy conocido en el pueblo, unos lo criticaban, otros lo admiraban, y daba mucho que hablar. Sobre su personalidad hay versiones contradictorias: algunos le encontraban tipo de clérigo y decían que era extremadamente tímido, callado y solitario, que vivía apartado del mundo y de todo contacto humano, dedicado únicamente a sus clases… y que probablemente moriría virgen; otros lo describían como el niño eterno, sano amante de la infancia, la naturaleza, el campo, el mar, los animales; y un tercer grupo lo consideraba casi un genio, de la fotografía y de la palabra. Y lo celebraban a sus espaldas como un gran observador de la conducta humana, amante de acertijos, del juego de palabras y del doble sentido. De comentarios extramuros, puedo añadir para completar el cuadro, que fue amigo de jovencitas, de mujeres casadas (se le relacionó con más de una), y de matrimonios con niños, con los que gustaba compartir en sus hogares, ayudarles a hacer sus tareas, leerles cuentos y hablar con ellos como si fuera un antiguo tío. Esta última personalidad parece que fuera la adoptada hacia la familia de Alicia. Era evidente que quería a las tres niñas, disfrutaba de su compañía y era cariñoso con todas, pero su preferida siempre fue la más imaginativa, la de ilusiones desbordantes, la pequeña de las rabietas. Carlos Luis, desde siempre, tuvo un gran ascendiente sobre Alicia. Cuando a ella le daban sus ataques él la consolaba y la calmaba.

Alicia preocupaba mucho a la familia por la razón siguiente. Cotidianamente se vivían situaciones en las que había que aprender a disimular para todo. ¡Ay! ¡Qué tiempos! Contestar “vamos bien”,  “hay de sobra”,  “no hay problema” y demostrarlo con gestos y acciones. Si la frustración era grande, se admitía un “eeesto no es fáaacil…” así exactamente, alargando la e y la a. Cara de disgusto solamente se aceptaba si se era parte integral de una brigada de respuesta rápida, o algo semejante, para reprimir, castigar o enderezar a los torcidos. Cara de inconformidad y  palabras de descontento, así porque sí, porque te faltaba algo o no te gustaba lo que te habían asignado, te implicaba o colocaba, automáticamente, del lado de los torcidos. Peligrosilla Alicia, peligrosilla.

Pobre familia. En medio de todo este maremágnum de pueblo chico y patria fuera de la línea estaban los problemas que cargaba y daba la muchachilla. Alicia, desde muy pequeña, buscaba los espejos, se paraba frente a ellos, con una mirada concentrada, y decía que estaban habitados con muebles hermosos, como los de los cuentos de Carlos Luis, o los de algunas revistas extranjeras que corrían silenciosamente de mano en mano. Cosa curiosa, aunque todos las leían y hablaban de ellas, lo hacían con voces apagadas, procurando mantener en el misterio quiénes las tenían y dónde podían conseguirse. Ella no había visto muebles así en la vida real. Ni comedores, ni mesas servidas con comidas exquisitas y frutas  difíciles de describir porque no las había conocido nunca. En ocasiones compartió estas experiencias de las deliciosas recetas, materializadas y servidas en una foto, con la abuela. Recuerda la del conejo, que suscitó un intercambio aclaratorio para ambas partes, cuando la abuela le pregunta a la nieta: “¿Será conejo asado?” -“¿Qué es conejo?”-inquiere la niña. -“Un animalito de orejas alargadas y piel parecida al peluche de los perritos y gatos de juguete”. -“¿Y qué es peluche?”-continúa la pequeña. En esos festines de fotográficas ilusiones muchas veces canalizadas por el amigo Carlos Luis, Alicia veía frutas desconocidas y las comentaba con la abuela. “¿Rojianaranjadas por dentro, de  masa satinada, algo fibrosa, con la semilla negra, grande y brillosa?- ¿Y la cáscara granulosa, color chocolate claro?  ¡Mameyes!” replicaba la abuelita- Y la niña contestaba -“¿Qué es eso?”- “Tranquila -decía la abuela- algún día los conocerás y comerás”-mientras elevaba los ojos al cielo.

En la adolescencia, cuando amainaron los episodios de los espejos, de donde regresaba la niña con narraciones maravillosas para deleite de sus hermanas, empezaron los sueños extraños: “A veces -les contaba a Lorina y a Yedit- me vuelvo pequeñita, más pequeña que un pollito, pero sigo siendo una niña. Entonces puedo deslizarme por debajo de las puertas y ver las roturas de la madera entre la pared y el piso de las habitaciones, por donde entran y salen los guayabitos. O me entretengo observando las hileras de hormigas negras, y a veces coloradas, en su tráfico de la casa al patio”.

En ocasiones le decía a la abuela: “Si como unos dulces pequeñitos, esponjosos, que aparecen en mi sueño, hechos por ti, en forma de conos o rosquitas, amarillos como yemas de huevo, crezco mucho y se me salen las manos y las piernas por las puertas y ventanas de la cocina”. Pensaba la abuela y comentaba con la madre y la tía: “¿Y de dónde conoce esta niña los capuchinos y las yemitas? Todo esto es resultado de las saliditas, las conversaciones, las fotos, las revistas, los libritos, los cuentitos inacabables del tal Luis”. Contaba la pequeña que la sala de la casa, en sus sueños tenía, en lugar de la puerta de entrada, una escalera de caracol sin acceso exterior que terminaba en el cielorraso de la habitación. Entonces, para salir de la casa tenía que utilizar las ventanas, que daban a un jardín maravilloso, hermosísimo, cuajado de vegetación, que no era el de ellos, definitivamente, donde todas las flores hablaban. Ella, decía, se comunicaba fácilmente con las flores; y las hermanas contaban que la vieron conversando animadamente con una “extraña rosa” en alguna ocasión. Todas estas ilusiones terminaban con la expresión de lo que parecía una idea fija: “Quisiera irme a otro lugar”. En lo demás llevaba una vida “casi” normal. La abuela les decía a las hermanitas y demás familiares: “Los cuentos del Luis….Déjenla tranquila. Ella nació con la esencia de los sueños. Y tiene quien se los alimenta”.

Tres historias pervivían en las memorias de Alicia sobre las demás, y se las contaba a su abuela. La más fabulosa, diría yo, la del palacio de sus sueños, habitado por personajes de capa y copete con plumas,  mujeres con miriñaques, a veces correteando por los jardines, y pastorcillas de lujo, detrás de blancas ovejas. En él había salones y salones de espejos, con fuentes y muebles dorados y plateados. También mencionaba la niña adornos, vasos, cofres, relojes de maquinarias complicadas, hechos de plata, y de piedras de colores, verdes de rayas, azules; y otros de una piedra negra como azabache, “malaquita, lapislázuli y ébano” decía la abuela; y algunos cubiertos por una capa como la de los caracoles y las conchas del mar, “nácar, madreperla”, decía la tía. Y a veces muchas personas elegantes bailando una música como la que abuela muy de vez en cuando tararea: laralalaaaa….. “Un vals, agregaba la madre”,  …y aparecían parejas bailando por los salones, reflejadas en los espejos, y al fondo las luces de centenares de velas.  “Me parece que visitas el famoso palacio de Versalles en tus ensoñaciones, el del rey Sol, Luis XIV, dichosa tú que al menos en sueños lo puedes visitar” añadía la madre con algo de incredulidad.

Otra de sus historias era libresca, se perdía Alicia por vericuetos hasta que llegaba a una especie de salón, de paredes altas,  llenas de estantes de libros, como una biblioteca gigante. Tres paredes tenían estantes, la cuarta era lisa, sin ventanas ni puertas, solamente palabras decoraban la pared.  Parecían mensajes,  con los nombres de sus autores al pie de los escritos. Había cinco o seis maestras esparcidas por el salón con grupos de niñas. “Era una señora vestida de mona o una mona vestida de señora, y trataba de enseñarme la lección del día, que consistía en pronunciar y recordar ciertas palabras”. Alicia recordaba especialmente un libro voluminoso de tapas negras, que parecía  un diccionario, pero las palabras venían con largas explicaciones, a veces en una página, dos o más. “¿Una enciclopedia?” decía la madre. “¿Recuerdas algunas palabras?” -“Unas … las que son más importantes para mí porque empiezan con las letras de mi nombre. Puedo decirte algunas que se han repetido una y otra vez en mis lecciones, con la A: abatir, abajo y abrirse; con la L, lejos, libertad, leguleyo y liberación; con la I: ilusiones, imposible, insoportable; con la C: cambiar  y confrontar”.

“¿Significan algo esas palabras para ti?” preguntó la abuela. “La maestra me dijo, en ellas se encierra tu problema y la solución. Estúdialas, apréndete su significado…y vive por ellas… algo así me dijo la maestra. Pero no entiendo”. “La vida te hará entender, y aprenderás”, terminaba la abuela sentenciosamente.

Curiosamente, en la medida que fueron pasando los años de su adolescencia, Alicia fue perdiendo la habilidad de abandonarse a estas elucubraciones o ensoñaciones fantásticas, se fue borrando en ella la facultad de sumergirse en los despeñaderos de su imaginación, de perderse en los vericuetos de su mente fabuladora y quimérica. Diluyó estas experiencias en las grietas de la memoria, o escogió no hablar más de ellas.

A medida que la niña se convirtió de adolescente en mujer Carlos Luis se fue alejando, aunque mantuvieron correspondencia hasta que éste se marchó del país. Según me contaron, y pude comprobar, existen cartas de Alicia a Carlos, encontradas por su sobrino y heredero, Alfredo Luis de Esquivel, la persona que se dedicó a investigar su vida y a la recolección y preservación de documentos y fotos cuando su tío faltó. Gracias a él existe la colección del Smithsonian y un libro de cuentos y trabalenguas en proceso de publicación.

También fueron halladas, entre sus papeles, cartas de Alicia en las que se transluce la relación especial que existía entre Carlos y ella. En la colección figura sobre todo una, a  su amiga-niña-adolescente de 11 años que se puede prestar a muchas especulaciones. Dichas misivas, encontradas hace tiempo por Lorina y adquiridas por Esquivel, han sido publicadas recientemente bajo el título: El país maravilloso de Alicia: Correspondencia, mitos y realidades. En el libro se incluye una entrevista a Lorina, donde aparecen detalles y conversaciones íntimas de Alicia con su abuela, de gran importancia para la interpretación de la vida y los mitos que han circulado alrededor de este interesante personaje.

Alicia se casó, no tuvo hijos, y su esposo un día desapareció…  Así me lo contó Lorina, con quien hablé hace años en la primera visita que hice a mi pueblo. Gracias a la publicación de Esquivel ha sido posible incluir en esta historia datos y situaciones que de otra manera hubieran quedado en el olvido. Se recomienda su lectura encarecidamente.

Y su final ¿cuál ha sido? ¿Dónde está? ¿Qué hace? ¿Vive? Se preguntarán. Pues, nuevamente he tratado de investigar, para saciar mi curiosidad y la de los lectores. De sus años más recientes tengo más de una versión. La primera, que después de varios traspiés por la Florida se fue a Hollywood, California, donde triunfó bajo el mismo nombre con distinto apellido y que hace unos años jugó papel protagónico en la última versión fílmica de Lolita, la “calentona” jovencita nabokoviana. La segunda, que intentó salir del país en los noventa, en un bote que se volcó, y que un tal Juan Rodríguez, testigo presencial y sobreviviente de este siniestro, juraba haber visto cuando la devoraban los tiburones. Aunque muchos me aseguraban la futilidad de mi persistencia, siguiendo pistas logré cierta información sobre la posibilidad de que todavía era parte del mundo de los vivos.

Interesada sobremanera en el personaje y en los avatares de su vida, proseguí con mi investigación. Y me enteré: ¡milagro!, ¡maravilla!…. que todavía vivía. Y se encontraba en el pueblo donde nació, de donde no se atrevió a salir nunca. Sus hermanas han muerto. Vive sola. . . con la mente algo ida. La ayudan un sobrino y algunos vecinos de buen corazón. Aproveché una segunda visita pendiente a esa tierra y fui a verla. Esos buenos vecinos me han contado que repite, entre otras locuras, una muletilla: “A estos les ha dado por arrancarle la cabeza a la gente… Es increíble que todavía estemos vivos” … que pasa largos ratos mirando su reflejo en un espejo de cuerpo entero, viejo y nublado, donde se busca y rebusca obsesivamente con la mirada. Cuando la llaman por su nombre, dice: “Alicia se ha perdido en el espejo”. La encontré físicamente pasable, aunque muy delgada y, al parecer, cuerda. Me dijo que me recordaba y me abrazó con efusión. Cuando nos quedamos solas, y con mucho misterio, me tomó de la mano, me condujo frente al espejo y, mirando a su alrededor con desconfianza, casi me susurró… “te voy a decir un secreto porque sé que eres mi amiga de verdad. Cada vez que necesito algo, el espejo se abre, como la puerta de una casa, y entro en ella, en él…. Ahí hay de todo…. Bellezas en ropa, zapatos…. Comida…. No falta nada. Pero no se lo digas a nadie….” Vi los cielos abiertos, ante la posibilidad de compartir con ella tal experiencia. ¿Podemos entrar ahora? -le pregunté ansiosamente. “Hoy no -me contestó con cara contrariada- la puerta está rota y la están arreglando”.

Su compañero constante es un gato.

Según las noticias más recientes de una vecina, con quien me he mantenido en contacto, la vida de Alicia* en los últimos tiempos no ha tenido variaciones que valga la pena mencionar.

*Nota aclaratoria: Por cuestiones de seguridad el nombre verdadero de la protagonista no ha sido utilizado.


Como edición especial (digital y gratuita) este libro se suma a los 22 ebooks de temática cubana que ya se pueden leer y descargar gratuitamente en nuestro blog EBETANIA: https://ebetania.wordpress.com   Para acceder a la lectura o descarga de este nuevo libro de Mirza L. González hay que pinchar en la segunda ventana EBOOK de nuestro blog.


Mirza L. González. Escritora y profesora cubana, nacida en Güines. Residió durante 40 años en Chicago, donde  terminó un Doctorado en Filosofía y Letras (Ph.D.) y fue catedrática de DePaul University (1966-2000), jubilándose como Profesora Emérita de dicha universidad. Actualmente reside  en Miami. Autora de los siguientes títulos: del libro de ensayo La novela y el cuento psicológicos de Miguel de Carrión (1979), de la voluminosa antología crítica Literatura revolucionaria hispanoamericana (1994) y de los libro cuentos Astillas, fugas, eclipses (2001) y Caracol de sueños y espejos (2017).


Caracol de sueños y espejos, de Mirza L. González.

Prefacio de Zoé Valdés.

Introducción de Jorge Rodríguez-Florido.

2017, 112 pp. Colección NARRATIVA.

ISBN: 978-84-8017- 384-1.

EBOOK.


 

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astillas, fugas, eclipsesNos complace comentar que para la tesis doctoral La voz y la violencia invisible en el cuento caribeño (Universidad de Nebraska-Lincoln, 2009), la Dra. Carmen Bourbon eligió dos narraciones de la escritora cubana Mirza L. González, quien publicara su primer libro de cuentos Astillas, Fugas, Eclipses en nuestra casa editorial.

En dicha investigación, la profesora puertorriqueña Bourbon incluye a otras reconocidas escritoras caribeñas, como: Ángela Hernández, Ana M. Fuster, Kianny Antigua, Magali García Ramís, Karla Suárez, Rosario Ferré y Adelaida Fernández de Juan, además de a la profesora González, de quien seleccionó los relatos:   “Rondeles” y Remordimiento”.

Estas dos narraciones fueron  tomadas del libro  ya citado de Mirza L. González, que según Fabio Murrieta “se inscribe dentro de un fenómeno de singular variedad y que por su dispersión geográfica aún no ha sido calibrado en sincronía con toda su magnitud: el de la narrativa cubana del exilio (…) Astillas, Fugas y Eclipses contiene suficientes elementos de novedad narrativa, a novel formal y de contenido, como para convertirlo en señal de un quehacer que puede estar marcado por una nueva norma estilística en la literatura hispanoamericana contemporánea”.

En la suma de esas muestras de la cuentística caribeña actual, escrita por mujeres, que componen el entramado de dicha tesis doctoral,  resaltan la autoría de las escritoras antillanas: voces cubanas, dominicanas y puertorriqueñas.

De esa realidad literaria antillana se desprende la presencia y constancia de  las voces femeninas de la actual narrativa cubana, como las escritoras Zoé Valdés, Mayra Montero, Teresa Dovalpage, María Elena Cruz Varela y Mirza L. González, entre otras firmas del exilio y de la Isla.

Mirza L. González, nació en Güines, Cuba.  Estudió en la Universidad de La Habana  y se graduó como Doctora en Filosofía y Letras (Ph.D.) en Northwestern University en Evanston, Illinois. Durante años enseñó Literatura Española y Latinoamericana,  y ocupó cargos administrativos en DePaul University, Chicago, de donde se retiró como profesora emérita. Actualmente residente en Miami, es autora de La novela y el cuento psicológicos de Miguel de Carrión (Miami: Ediciones Universal, 1979), de la voluminosa antología crítica que abarca obras de diversos géneros literarios Literatura revolucionaria hispanoamericana (Madrid: Betania, 1994) y del ya citado libro de cuentos Astillas, Fugas, Eclipses (Madrid: Betania, 2001). Artículos suyos sobre Miguel de Carrión, Jesús Castellanos y la revista cubana Orígenes, fueron publicados en el Dictionary of Twentieth Century Cuban Literature (Westport: Greenwood Press, 1990).

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