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Con sumo orgullo presentamos  el libro de cuentos Caracol de sueños y espejos (Betania, 2017) de la escritora y profesora cubana Mirza L. González, nacida en Güines, con actual residencia en Miami.

Esta es su segunda entrega de narraciones, tras Astillas, fugas y eclipses (2001) su opera prima, que también publicamos en Betania con prólogo de Fabio Murrieta.

En este libro, la autora reúne seis cuentos que se acompañan con un prefacio de la reconocida escritora cubana Zoé Valdés, residente en París, y una introducción del profesor cubano Jorge Rodríguez-Florido. En el  interior del libro se reproducen varias obras del pintor cubano, afincado en Chicago, Eladio González; amigo de la autora. Además, en la portada se reproduce una obra de Gustavo Klimt y en páginas interiores se pueden disfrutar de obras del Bosco,  Gino Severino,  Juan de Espinosa y Jan Van Huysum.

En las palabras preliminares, Zoé Valdés nos dice: “Son cuentos cubanos escritos en el exilio, pero también son cuentos del exilio escritos para cubanos de todas partes del mundo, incluidos los de la isla. En ese mensaje de amor a una forma de hablar, de observar la vida, de describirla, encontraremos nombres familiares, situaciones revividas, cartas y hasta correos electrónicos que aún escritos hoy provienen de otro tiempo. De aquel tiempo en que la cultura cubana tenía un significado, un enorme valor, y podía mostrarse al mundo como ejemplo de refinamiento y libertad artística y literaria (…) Los cuentos de Mirza L. González son eso: almas despojadas envueltas en la letanía de una voluta de humo que queda apresada entre la lectura y el silencio”.

A  su vez, el profesor Rodríguez-Florido señala: “la autora recurre al espejo, a las cartas, a las fotos, a los libros y a los medios electrónicos como motifs o puntos de partida en sus narraciones”. Y refiriéndose al título del libro, nos dice que “es muy acertado porque tanto el sueño como el caracol son imágenes de la búsqueda y el hallazgo de la identidad, que en realidad, es el tema principal y unitario de la creación narrativa de la autora”.

Como ejemplo del buen quehacer narrativo de Mirza L. González, les ofrecemos uno de los cuentos para que nuestros lectores puedan disfrutar con su lectura:

 

ALICIA Y SU GATO

 

 “Sincerity has no royal road to the truth, and imaginative literature situates itself somewhere between truth and meaning… the cosmological emptiness in which we wander and weep”./ “La sinceridad no es un camino real hacia la verdad, y la literatura imaginativa se sitúa entre la verdad y el significado… el vacío cosmológico en el que divagamos y lloramos”.

Harold Bloom.

 

 “Me debo estar encogiendo como un telescopio”. Mientras decía estas palabras, le resbaló un pie, y un segundo más tarde, ¡chap! Estaba hundida hasta el cuello en agua salada. Lo primero que se le ocurrió fue que se había caído de alguna manera en el mar. . .  pronto comprendió que estaba en el charco de lágrimas que había derramado cuando medía casi tres metros de estatura. “Pero yo no quiero estar entre locos” dijo Alicia. “No puedes hacer nada”, dijo el gato. “Aquí todos estamos locos”.

 Alicia en el país de las maravillas.

Lewis Carrol.

 

 

Alicia había sido una niña hermosa, de piel ligeramente bronceada, sana, sonriente, de ojitos lindos, glaucos, y boquita primorosa de muñeca mimada, pero…¡ay de quien se le atravesara! Tenía sus momentos especiales, y en ellos exhibía cuadros de malcriadez inigualables, dignos de verse. En una de mis visitas a su casa presencié uno de ellos. Pobre Alicia.  Lloraba y lloraba, se halaba el pelo, se rasgó el vestido, se tiró al suelo y empezó a gritar. Comenzó con un chillido… débil… como maullido de gatita recién nacida, que se transformó, con estertores violentos, en aullidos intermitentes de lobo a perro rabioso. En cuestión de segundos percibió que la agitación del berrinche la debilitaba y no tenía aire ni fuerzas suficientes para continuar el espectáculo, seguido al detalle por la mirada escrutadora de cinco pares de ojos y cinco  figuras: la madre, la abuela, la tía y sus dos hermanas. Percibió las presencias familiares y se concentró en las de mayor estatura, las consentidoras usuales; y con la vista fija en la más fornida de todas, la abuela, a quien consideraba la más regalona, trató de estabilizarse aspirando fuertemente en un largo y tembloroso esfuerzo el aire que le estaba faltando a sus pulmones. De inmediato, al sentir su salud recuperada, se preparó para coronar el espectáculo: con renovadas fuerzas y ojos desorbitados, abrió inmensamente su boquita color de rosa y como si le hubieran clavado un puñal, emitió un grito salvaje, increíblemente agudo y largo, salido del rincón más profundo de sus tiernas entrañitas. Malcriadez superlativa… Y cuando se preparaba para ejecutar nuevamente el episodio de inspiración y exhalación, cuyo proceso acababa de aprender y pensaba repetir hasta lograr lo que intentaba… escuchó la vociferante estridencia de un ¡ALICIA!, se sintió elevada en el aire y depositada bruscamente en una silla. Ardentía y dolor en la cabeza y sobre todo….en sus nalguitas… El tirón cabelludo había sido el interruptor que finiquitara la escenita. Roja, despeinada, con la cara llena de lágrimas, la nariz mocosa, amago de espumarajos por la boca… ¡Oh…no! y el vestidito roto, hecho un desastre… jirimiqueaba repitiendo: “¡Yo me quiero ir de aquííííí….!!” Con un aquí laaaargo, kiloméeeetrico. El padre, por suerte para él, se perdió ese día la función. Estaba trabajando.

Escena repetitiva la de Alicia. Aún cuando el cuadro había ido cambiando con los años: grititos cada vez menos ruidosos, que fueron transformándose en suspirillos; mirada estrábica, manos sobre los ojos o la frente con cabeza inclinada o pendular; pulgar, índice, y del medio, enrollando y desenrollando, con ademanes maníaco-eufóricos, guedejas de cabellos. Y en los  últimos tiempos el cuadro del balanceo: se dejaba caer en una silla donde se mecía  cual si estuviera en un sillón. Todavía, cuando tenía testigos ni peligrosos ni comprometedores, le daba “el ataque” y desplegaba el sonado y colorido  “espectáculo”.

Me habían contado que cuando era una niñita todavía, que apenas hablaba, y le habían disminuido las tomas de leche, a causa del racionamiento, caminaba por la casa con su pomo vacío y a quien encontrara le decía, en tono diapasónico, “quiero más leche”. Hasta a las visitas increpaba. Y por detrás de ella decían unos: “La niña nunca se va a adaptar a este sistema”,  “mundo”. Y decían otros: “¡Cuánto protesta!”. “Si no cambia, la cambian o… ¿será ella la que traiga el cambio?”. “Le va a costar caro un día”, argüían los demás, con variaciones tonales y sentenciosas. Curioso, desde que nació era rebelde, y mientras más la contradecían más empecinada se tornaba.

Aunque no coincidimos en la misma generación, yo era unos años más joven, la vida de Alicia siempre me interesó.  Creo que me atraía, principalmente, por sus peculiaridades, sus rarezas, que yo atribuía por algún tiempo a la malcriadez. Estuve más o menos al tanto de algunos de sus episodios por ser testigo presencial; de otros me enteré porque me los contaron o por documentos escritos donde ha quedado constancia. Su familia era muy querida, gente no de fortuna, pero rica en bondades…. y generosa, dentro de sus posibilidades. El padre, quien haciéndole honor a sus virtudes se llamaba Generoso, tenía una ferretería frente al parque. En aquellos tiempos, en el pueblo todo se sabía, y todos se conocían. Se podía hablar de éste, del otro, del de más allá, sin temores. Después todo cambió.

La familia de Generoso vivía por la calle del Hospital nuevo. Y todos en el barrio, y me atrevo a asegurar, en el pueblo, sabían de sobra que sus padres eran muy amigos de un señor de apellido Luis y de nombre Carlos. Sí, se llamaba Carlos Luis, y era un personaje interesantísimo.  El tal Carlos era de niño tartamudo; algo que, aunque imperceptible para muchos,  todavía se le notaba. Fue el que puso de moda en mi pueblo trabalenguas olvidados por nuestros abuelos que existían de antiguo y que, según él, habían sido creados por un antepasado suyo muy lejano, escritor de cuentos y músico. Los que practicaba constantemente en soledad, secretamente, creía él, aunque los vecinos lo escuchaban desde sus patios, repitiéndolos como un mantra tarde en la noche, y hasta cierto punto desembarazando, gracias a ellos, la tartamudez de su lengua.  A él  le atribuían, algunos de mi pueblo, el embrollado ejercicio lingüístico de María Chucena. Así como también las cantaletas de “Mambrú se fue a la guerra montado en una perra”, la de “estaba el señor don Gato en silla de oro sentado, calzando medias de seda y zapatito dorado” y  “la  pájara pinta sentada en el verde limón”, entre muchas cancioncillas para juegos de niñas que han sobrevivido al tiempo.

Ya de jovencito me dijeron que el tal Carlitos Luis escribía poemas y cuentitos satíricos que le publicaban en una revista literaria de la capital bajo un seudónimo. Sobresalía por su agudeza en los juegos de palabras y acertijos que inventaba, escribía y repartía entre sus amistades. Fue a la universidad y dicen que obtuvo un título, o dos. No puedo dar fe de ello, nunca los vi. Sí sé que le gustaba hacer gala de su mente despierta y conocimientos y me contaron que, con los años, llegó a sentar cátedra de Lógica y Matemáticas en el instituto de mi pueblo.

¿Qué tenían en común Generoso y el polifacético Carlitos? Matar patos, jutías, lo que corriera por delante de ellos, hasta que se prohibiera la tenencia de armas en las casas. Con el tiempo compartieron otras cosas, dignas de ser contadas, pero no en esta historia. En cuanto a Carlitos… Sé, con certeza, que además del arte de la caza, había dos grandes fuerzas propulsoras que lo inspiraban y le ayudaban a sobrellevar las luchas del diario vivir: la fotografía y los niños. Era fotógrafo de afición, y muy bueno. Hacía retratos de personajes de nuestro entorno que todavía se conservan. El pianista Taracido, el Concejal, dos o tres alcaldes, jueces, médicos, y un pintor bastante famoso fueron inmortalizados en su lente. Dicen que hizo hasta fotos de las personas que deambulaban… sin casa ni cama donde dormir;  que sobrevivían o languidecían tirados por el suelo, en las aceras o bajo las marquesinas de las tiendas, debido a la falta de recursos, trastornos mentales, o a ambos. De este tipo de fotografía sólo vi la de una señora que acostumbraba a vagar por las calles o por el parque. A mí, en particular, me llamaba la atención este personaje por varios motivos. En primer lugar, por los gestos de su cara, capaces de recorrer variantes infinitas, desde la dulzura angelical hasta el entreceño demoníaco; este último acompañado la mayor parte de las veces de gritos estridentes y palabras soeces cuando se sentía ofendida. Circunstancias que conjuraba a menudo, pues bastaba con que la saludaran usando su apodo para sentirse insultada y soltar sus andanadas. Otros detalles resaltaban en ella y la caracterizaban: su cabello canoso amarillento, perfectamente cortado y acicalado en una melena (me preguntaba quién le haría el favor de pelarla); sus piernas, sobresalientes bajo la falda, hinchadas, estropeadas, con venas y huellas amoratadas resultado de golpes que se daba, ¿o le daban? o de mala circulación; y lo que siempre cargaba con gesto suplicante en su mano: un güiro o jarrito, donde los que se conmovían le ponían algo de comida. Se desaparecía inmediatamente cuando esto último sucedía. Unos decían que se iba para su casa, otros que se escondía, pues aparentemente vivía en la calle. La llamaban “Güirito Potaje”, nombre derivado del uso del jarrito. Como decía, vi dos fotos de este personaje: Una, sentadita en lo que parecía un banco del parque, brazos al frente, sosteniendo su güirito con ambas manos en actitud de súplica, gesto dulce, semblante pacífico, ojos azules, sí, los tenía azules, semi-sonriente. No salieron las piernas. Luce hasta bonita. La otra era la imagen de la iracundia. Como poseída por el diablo. Aunque la calidad de las fotos era indiscutible, no quise ver otras de esta categoría.

Siento que debo compartir con ustedes, los lectores, información interesante y necesaria sobre Carlos Luis: su obra fotográfica, revisada y catalogada, apareció recientemente en la muestra organizada por el Centro Latino Smithsonian y abarca  tanto el retrato tradicional y autóctono, como sus fotomontajes de inspiración surrealista.

He visto muchas de sus fotos de niños. Los retrató de todas las edades, y son extraordinarias. Pero…las de niñas son las más abundantes, y para mí las mejores. Hay fotografías bellísimas, y entre ellas sobresalen las de Alicia y sus hermanas Lorina y Yedit. De Alicia hay muchas. Una de ella, sola en un bote, en la playa, con el reflejo del sol en su cabello y una pequeña sombrilla, con la que juega, es digna de premio. El agua azul del mar, la arena al fondo, los colores del bañador, la inmensa claridad, recuerdan las marinas de Sorolla.

El carácter de Carlos Luis era algo difícil. Era muy conocido en el pueblo, unos lo criticaban, otros lo admiraban, y daba mucho que hablar. Sobre su personalidad hay versiones contradictorias: algunos le encontraban tipo de clérigo y decían que era extremadamente tímido, callado y solitario, que vivía apartado del mundo y de todo contacto humano, dedicado únicamente a sus clases… y que probablemente moriría virgen; otros lo describían como el niño eterno, sano amante de la infancia, la naturaleza, el campo, el mar, los animales; y un tercer grupo lo consideraba casi un genio, de la fotografía y de la palabra. Y lo celebraban a sus espaldas como un gran observador de la conducta humana, amante de acertijos, del juego de palabras y del doble sentido. De comentarios extramuros, puedo añadir para completar el cuadro, que fue amigo de jovencitas, de mujeres casadas (se le relacionó con más de una), y de matrimonios con niños, con los que gustaba compartir en sus hogares, ayudarles a hacer sus tareas, leerles cuentos y hablar con ellos como si fuera un antiguo tío. Esta última personalidad parece que fuera la adoptada hacia la familia de Alicia. Era evidente que quería a las tres niñas, disfrutaba de su compañía y era cariñoso con todas, pero su preferida siempre fue la más imaginativa, la de ilusiones desbordantes, la pequeña de las rabietas. Carlos Luis, desde siempre, tuvo un gran ascendiente sobre Alicia. Cuando a ella le daban sus ataques él la consolaba y la calmaba.

Alicia preocupaba mucho a la familia por la razón siguiente. Cotidianamente se vivían situaciones en las que había que aprender a disimular para todo. ¡Ay! ¡Qué tiempos! Contestar “vamos bien”,  “hay de sobra”,  “no hay problema” y demostrarlo con gestos y acciones. Si la frustración era grande, se admitía un “eeesto no es fáaacil…” así exactamente, alargando la e y la a. Cara de disgusto solamente se aceptaba si se era parte integral de una brigada de respuesta rápida, o algo semejante, para reprimir, castigar o enderezar a los torcidos. Cara de inconformidad y  palabras de descontento, así porque sí, porque te faltaba algo o no te gustaba lo que te habían asignado, te implicaba o colocaba, automáticamente, del lado de los torcidos. Peligrosilla Alicia, peligrosilla.

Pobre familia. En medio de todo este maremágnum de pueblo chico y patria fuera de la línea estaban los problemas que cargaba y daba la muchachilla. Alicia, desde muy pequeña, buscaba los espejos, se paraba frente a ellos, con una mirada concentrada, y decía que estaban habitados con muebles hermosos, como los de los cuentos de Carlos Luis, o los de algunas revistas extranjeras que corrían silenciosamente de mano en mano. Cosa curiosa, aunque todos las leían y hablaban de ellas, lo hacían con voces apagadas, procurando mantener en el misterio quiénes las tenían y dónde podían conseguirse. Ella no había visto muebles así en la vida real. Ni comedores, ni mesas servidas con comidas exquisitas y frutas  difíciles de describir porque no las había conocido nunca. En ocasiones compartió estas experiencias de las deliciosas recetas, materializadas y servidas en una foto, con la abuela. Recuerda la del conejo, que suscitó un intercambio aclaratorio para ambas partes, cuando la abuela le pregunta a la nieta: “¿Será conejo asado?” -“¿Qué es conejo?”-inquiere la niña. -“Un animalito de orejas alargadas y piel parecida al peluche de los perritos y gatos de juguete”. -“¿Y qué es peluche?”-continúa la pequeña. En esos festines de fotográficas ilusiones muchas veces canalizadas por el amigo Carlos Luis, Alicia veía frutas desconocidas y las comentaba con la abuela. “¿Rojianaranjadas por dentro, de  masa satinada, algo fibrosa, con la semilla negra, grande y brillosa?- ¿Y la cáscara granulosa, color chocolate claro?  ¡Mameyes!” replicaba la abuelita- Y la niña contestaba -“¿Qué es eso?”- “Tranquila -decía la abuela- algún día los conocerás y comerás”-mientras elevaba los ojos al cielo.

En la adolescencia, cuando amainaron los episodios de los espejos, de donde regresaba la niña con narraciones maravillosas para deleite de sus hermanas, empezaron los sueños extraños: “A veces -les contaba a Lorina y a Yedit- me vuelvo pequeñita, más pequeña que un pollito, pero sigo siendo una niña. Entonces puedo deslizarme por debajo de las puertas y ver las roturas de la madera entre la pared y el piso de las habitaciones, por donde entran y salen los guayabitos. O me entretengo observando las hileras de hormigas negras, y a veces coloradas, en su tráfico de la casa al patio”.

En ocasiones le decía a la abuela: “Si como unos dulces pequeñitos, esponjosos, que aparecen en mi sueño, hechos por ti, en forma de conos o rosquitas, amarillos como yemas de huevo, crezco mucho y se me salen las manos y las piernas por las puertas y ventanas de la cocina”. Pensaba la abuela y comentaba con la madre y la tía: “¿Y de dónde conoce esta niña los capuchinos y las yemitas? Todo esto es resultado de las saliditas, las conversaciones, las fotos, las revistas, los libritos, los cuentitos inacabables del tal Luis”. Contaba la pequeña que la sala de la casa, en sus sueños tenía, en lugar de la puerta de entrada, una escalera de caracol sin acceso exterior que terminaba en el cielorraso de la habitación. Entonces, para salir de la casa tenía que utilizar las ventanas, que daban a un jardín maravilloso, hermosísimo, cuajado de vegetación, que no era el de ellos, definitivamente, donde todas las flores hablaban. Ella, decía, se comunicaba fácilmente con las flores; y las hermanas contaban que la vieron conversando animadamente con una “extraña rosa” en alguna ocasión. Todas estas ilusiones terminaban con la expresión de lo que parecía una idea fija: “Quisiera irme a otro lugar”. En lo demás llevaba una vida “casi” normal. La abuela les decía a las hermanitas y demás familiares: “Los cuentos del Luis….Déjenla tranquila. Ella nació con la esencia de los sueños. Y tiene quien se los alimenta”.

Tres historias pervivían en las memorias de Alicia sobre las demás, y se las contaba a su abuela. La más fabulosa, diría yo, la del palacio de sus sueños, habitado por personajes de capa y copete con plumas,  mujeres con miriñaques, a veces correteando por los jardines, y pastorcillas de lujo, detrás de blancas ovejas. En él había salones y salones de espejos, con fuentes y muebles dorados y plateados. También mencionaba la niña adornos, vasos, cofres, relojes de maquinarias complicadas, hechos de plata, y de piedras de colores, verdes de rayas, azules; y otros de una piedra negra como azabache, “malaquita, lapislázuli y ébano” decía la abuela; y algunos cubiertos por una capa como la de los caracoles y las conchas del mar, “nácar, madreperla”, decía la tía. Y a veces muchas personas elegantes bailando una música como la que abuela muy de vez en cuando tararea: laralalaaaa….. “Un vals, agregaba la madre”,  …y aparecían parejas bailando por los salones, reflejadas en los espejos, y al fondo las luces de centenares de velas.  “Me parece que visitas el famoso palacio de Versalles en tus ensoñaciones, el del rey Sol, Luis XIV, dichosa tú que al menos en sueños lo puedes visitar” añadía la madre con algo de incredulidad.

Otra de sus historias era libresca, se perdía Alicia por vericuetos hasta que llegaba a una especie de salón, de paredes altas,  llenas de estantes de libros, como una biblioteca gigante. Tres paredes tenían estantes, la cuarta era lisa, sin ventanas ni puertas, solamente palabras decoraban la pared.  Parecían mensajes,  con los nombres de sus autores al pie de los escritos. Había cinco o seis maestras esparcidas por el salón con grupos de niñas. “Era una señora vestida de mona o una mona vestida de señora, y trataba de enseñarme la lección del día, que consistía en pronunciar y recordar ciertas palabras”. Alicia recordaba especialmente un libro voluminoso de tapas negras, que parecía  un diccionario, pero las palabras venían con largas explicaciones, a veces en una página, dos o más. “¿Una enciclopedia?” decía la madre. “¿Recuerdas algunas palabras?” -“Unas … las que son más importantes para mí porque empiezan con las letras de mi nombre. Puedo decirte algunas que se han repetido una y otra vez en mis lecciones, con la A: abatir, abajo y abrirse; con la L, lejos, libertad, leguleyo y liberación; con la I: ilusiones, imposible, insoportable; con la C: cambiar  y confrontar”.

“¿Significan algo esas palabras para ti?” preguntó la abuela. “La maestra me dijo, en ellas se encierra tu problema y la solución. Estúdialas, apréndete su significado…y vive por ellas… algo así me dijo la maestra. Pero no entiendo”. “La vida te hará entender, y aprenderás”, terminaba la abuela sentenciosamente.

Curiosamente, en la medida que fueron pasando los años de su adolescencia, Alicia fue perdiendo la habilidad de abandonarse a estas elucubraciones o ensoñaciones fantásticas, se fue borrando en ella la facultad de sumergirse en los despeñaderos de su imaginación, de perderse en los vericuetos de su mente fabuladora y quimérica. Diluyó estas experiencias en las grietas de la memoria, o escogió no hablar más de ellas.

A medida que la niña se convirtió de adolescente en mujer Carlos Luis se fue alejando, aunque mantuvieron correspondencia hasta que éste se marchó del país. Según me contaron, y pude comprobar, existen cartas de Alicia a Carlos, encontradas por su sobrino y heredero, Alfredo Luis de Esquivel, la persona que se dedicó a investigar su vida y a la recolección y preservación de documentos y fotos cuando su tío faltó. Gracias a él existe la colección del Smithsonian y un libro de cuentos y trabalenguas en proceso de publicación.

También fueron halladas, entre sus papeles, cartas de Alicia en las que se transluce la relación especial que existía entre Carlos y ella. En la colección figura sobre todo una, a  su amiga-niña-adolescente de 11 años que se puede prestar a muchas especulaciones. Dichas misivas, encontradas hace tiempo por Lorina y adquiridas por Esquivel, han sido publicadas recientemente bajo el título: El país maravilloso de Alicia: Correspondencia, mitos y realidades. En el libro se incluye una entrevista a Lorina, donde aparecen detalles y conversaciones íntimas de Alicia con su abuela, de gran importancia para la interpretación de la vida y los mitos que han circulado alrededor de este interesante personaje.

Alicia se casó, no tuvo hijos, y su esposo un día desapareció…  Así me lo contó Lorina, con quien hablé hace años en la primera visita que hice a mi pueblo. Gracias a la publicación de Esquivel ha sido posible incluir en esta historia datos y situaciones que de otra manera hubieran quedado en el olvido. Se recomienda su lectura encarecidamente.

Y su final ¿cuál ha sido? ¿Dónde está? ¿Qué hace? ¿Vive? Se preguntarán. Pues, nuevamente he tratado de investigar, para saciar mi curiosidad y la de los lectores. De sus años más recientes tengo más de una versión. La primera, que después de varios traspiés por la Florida se fue a Hollywood, California, donde triunfó bajo el mismo nombre con distinto apellido y que hace unos años jugó papel protagónico en la última versión fílmica de Lolita, la “calentona” jovencita nabokoviana. La segunda, que intentó salir del país en los noventa, en un bote que se volcó, y que un tal Juan Rodríguez, testigo presencial y sobreviviente de este siniestro, juraba haber visto cuando la devoraban los tiburones. Aunque muchos me aseguraban la futilidad de mi persistencia, siguiendo pistas logré cierta información sobre la posibilidad de que todavía era parte del mundo de los vivos.

Interesada sobremanera en el personaje y en los avatares de su vida, proseguí con mi investigación. Y me enteré: ¡milagro!, ¡maravilla!…. que todavía vivía. Y se encontraba en el pueblo donde nació, de donde no se atrevió a salir nunca. Sus hermanas han muerto. Vive sola. . . con la mente algo ida. La ayudan un sobrino y algunos vecinos de buen corazón. Aproveché una segunda visita pendiente a esa tierra y fui a verla. Esos buenos vecinos me han contado que repite, entre otras locuras, una muletilla: “A estos les ha dado por arrancarle la cabeza a la gente… Es increíble que todavía estemos vivos” … que pasa largos ratos mirando su reflejo en un espejo de cuerpo entero, viejo y nublado, donde se busca y rebusca obsesivamente con la mirada. Cuando la llaman por su nombre, dice: “Alicia se ha perdido en el espejo”. La encontré físicamente pasable, aunque muy delgada y, al parecer, cuerda. Me dijo que me recordaba y me abrazó con efusión. Cuando nos quedamos solas, y con mucho misterio, me tomó de la mano, me condujo frente al espejo y, mirando a su alrededor con desconfianza, casi me susurró… “te voy a decir un secreto porque sé que eres mi amiga de verdad. Cada vez que necesito algo, el espejo se abre, como la puerta de una casa, y entro en ella, en él…. Ahí hay de todo…. Bellezas en ropa, zapatos…. Comida…. No falta nada. Pero no se lo digas a nadie….” Vi los cielos abiertos, ante la posibilidad de compartir con ella tal experiencia. ¿Podemos entrar ahora? -le pregunté ansiosamente. “Hoy no -me contestó con cara contrariada- la puerta está rota y la están arreglando”.

Su compañero constante es un gato.

Según las noticias más recientes de una vecina, con quien me he mantenido en contacto, la vida de Alicia* en los últimos tiempos no ha tenido variaciones que valga la pena mencionar.

*Nota aclaratoria: Por cuestiones de seguridad el nombre verdadero de la protagonista no ha sido utilizado.


Como edición especial (digital y gratuita) este libro se suma a los 22 ebooks de temática cubana que ya se pueden leer y descargar gratuitamente en nuestro blog EBETANIA: https://ebetania.wordpress.com   Para acceder a la lectura o descarga de este nuevo libro de Mirza L. González hay que pinchar en la segunda ventana EBOOK de nuestro blog.


Mirza L. González. Escritora y profesora cubana, nacida en Güines. Residió durante 40 años en Chicago, donde  terminó un Doctorado en Filosofía y Letras (Ph.D.) y fue catedrática de DePaul University (1966-2000), jubilándose como Profesora Emérita de dicha universidad. Actualmente reside  en Miami. Autora de los siguientes títulos: del libro de ensayo La novela y el cuento psicológicos de Miguel de Carrión (1979), de la voluminosa antología crítica Literatura revolucionaria hispanoamericana (1994) y de los libro cuentos Astillas, fugas, eclipses (2001) y Caracol de sueños y espejos (2017).


Caracol de sueños y espejos, de Mirza L. González.

Prefacio de Zoé Valdés.

Introducción de Jorge Rodríguez-Florido.

2017, 112 pp. Colección NARRATIVA.

ISBN: 978-84-8017- 384-1.

EBOOK.


 

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Nos complace presentar el libro de poesía Soledades (Betania, 2017) del reconocido poeta cubano-americano Pablo Medina, residente en Estados Unidos, donde ejerce la docencia en Emerson College de Boston, Massachussets.

Esta nueva entrega poética se divide en cinco partes (Hacia la Isla, El sueño de la razón, Manual de las estrellas, El gran despertar y Cuaderno de Bitácora) que contienen los 75   poemas que integran este volumen.

Como muestra del buen quehacer lírico de Pablo Medina, les ofrecemos unos poemas (de cada una de las partes que componen este libro) para que disfruten con su lectura:

 

LA FUERZA DEL DESTINO

 

Hoy mamá murió. Murió mamá

en tránsito a septiembre.

Mamá, con las banderas del socorro,

peinándose ante el espejo roto.

 

Así lo quisiste, ¿no?

Y así bebiste el elixir de la escarcha.

 

Aniquilar lo infinito

es la labor de la luz fría.

¿Quién tiene razón, el hombre o la mandrágora?

Ay, ¡qué nalgas, qué pezones

exentos de las lenguas,

qué alardoso el fraude de la niñez!

 

 

EL SUEÑO DE LA RAZÓN

 

El tirano duerme boca arriba.

Los parámetros de la noche

se instruyen de la telaraña.

Gracioso el tono del ronquido,

graciosas las cejas fruncidas,

cansadas de tanto absolutismo.

El tirano siente un deseo enorme

de ser dócil. Sueña que se atora

con  un caramelo y que unos ciegos marinos

se acercan con un puñal de sal.

 

 

LAS LEYES DEL SURREALISMO

 

Todo está tal como lo vi.

Las manos cortadas en un plato.

Dios a medias con el corazón en llamas

repitiéndose en cada esquina del barrio.

 

Sin rumbo, sin saber

el nombre de las cosas, termino en cama

haciéndole el amor a la dueña de los mares

con sus alas de arcángel y su voz de ratón.

 

 

EL TÍO CARLOS CONTEMPLA LA MUERTE

 

Un sapo se posa en una rosa.

La foca herida se desprende de los monos

cabezudos que alguna vez interpretaron muslos

como hinchazón de pie.

Nadie entiende nada que es lo que entiende él.

Se reúnen los lectores lampiños

a decir que toda piedra es risueña,

todo desierto es natal. Lo encierran

en la clepsidra y le ponen la mordaza

como si fuera el tiempo

la vida y el silencio virtud.

Así está el tío Carlos, calamárico, totémico,

con sus tubos y sus tembleques,

mordiendo galletitas, huracanando sienes.

 

 

CONO SUR

La corriente de fuego de su sangre.

Carlos Montenegro

 

 

La sangre siempre se dirige al sur,

el mundo ilícito se desplaza hacia el calor,

hacia los llanos, más allá de las montañas

donde crecen mis sueños y duermes tú

(tu pelo se hace mar sobre la almohada).

No quiero que despiertes.

Prefiero verte así, en la inquietud

de la esperanza que anticipa la luz,

como siempre llega el baldeo de las losas

en la mañana invisible del deseo

y un danzón que canta la criada,

suave, dulce, despacito.

 

Tanto en la portada, como en varias páginas interiores, se reproducen fotos del pintor y fotógrafo cubano-americano Geandy Pavón, residente en Nueva York, que a todas luces enriquecen la edición de este libro.


Pablo Medina. Poeta y narrador cubano-americano, es además traductor y profesor universitario. Autor de nueve poemarios: Pork Rind and Cuban Song (1975), Arching into the Afterlife (1991), The Floating Island (1999), Puntos de Apoyo (2002), Points of Balance (2005), The Man Who Wrote on Water (2011), Calle Habana  (2013), The Island Kingdom (2015) y Soledades (2017).  Ha publicado  cuatro novelas: The Marks of Birth (1994), The Return of Felix Nogara (2000), The Cigar Roller (2006), Cubop City Blues (2012) y el libro de testimonio Exiled Memories: A Cuban Childhood (1990 y 2002).

Ha traducido (al Inglés) obras de Federico García Lorca, Alejo Carpentier, Virgilio Piñera y Tania Díaz Castro. Galardonado por los Consejos de Arte de Nueva Jersey y Pennsylvania, las Fundaciones Cintas, Rockefeller y Guggenheim y el Consejo Nacional de las Artes de Estados Unidos.


Soledades de Pablo Medina

2017, 112 pp. Colección Betania de Poesía.

ISBN: 978-84-8017-393-3.

PV: 12.00 euros ($15.00).

Pedidos: Directamente a:  editorialbetania@gmail.com

O al distribuidor MAIDHISA: ismaroto@hotmail.com

Nos complace presentar el poemario Rimas del alma. Observando el mundo (Betania, 2017) del poeta cubano Carlos Manuel Taracido (Güines, 1943), residente en Miami.

Esta es su segunda entrega poética, después de Poemas de mi fantasía (1971), su opera prima. En este libro, el poeta -y también profesor universitario- reúne 89 poemas que divide en cuatro secciones: Versos entrañables, Reflexiones, El terruño y Tres poemas en inglés. En estas páginas se pueden leer poemas amorosos, versos nostálgicos o existenciales, hasta una fina poesía patriótica. Todo en un contexto variado, pero de una lírica pletórica con un alto nivel poético.

Acompañan, salpicando este tomo, once imágenes con pinturas o fotos realizadas por el autor, como Fertilidad que se reproduce en la portada. Así, poesía y arte (pintura y fotografía) se combinan, se mezclan, dando como resultado una bella edición.

Como muestra del buen quehacer poético de Taracido, les ofrecemos a nuestros lectores tres poemas de esta obra:

 

Observando el mundo

Sentado a la ventana

observando el mundo,

un viento fresco flota

acariciándome

por sólo un momento,

mientras nubes corren por el cielo

creando locas formas

en mi mente.

 

La máscara

Todo es una máscara,

una máscara

que luce radiante

pero que tiene mentiras.

 

Se llena de ideas sin fondo,

se llena de cosas no claras,

pretende, odia sin saña.

 

Todo es una mentira,

así le sonreímos a la vida.

 

Pasaron las horas

Cuando las horas pasaron

se vieron las olas del tiempo

sin muchos recuerdos del alma.

 

Se vieron los astros sin miedo,

como se ven las flores de un río.

 

Sin rumbo pasó una tiñosa

y de pronto

sentí las tinieblas de un pueblo…

 


Carlos Manuel Taracido (Güines, 1943). Poeta y profesor universitario cubano. Ha sido profesor de Literatura y Lengua española en varias universidades del área metropolitana de Filadelfia. Desde 1976 reside en Miami donde también fue profesor universitario hasta su jubilación en el 2011. Autor del poemario Poemas de mi fantasía (1971), del libro Esquema de prosodia española (1971) y de la Breve antología de la poesía en Cuba: 1800-1959 (1972) de la que recientemente se ha publicado una segunda edición: Antología de la poesía en Cuba: 1800-1959 (Betania, 2016).


Rimas del alma. Observando el mundo, de Carlos Manuel Taracido.

164 pp., 2017. Colección Betania de Poesía.

ISBN: 978-84-8017-392-6.

PV:   15.00 euros ($20.00).

Editorial Betania (fundada en 1987).

E-mail:  editorialbetania@gmail.com

Este artículo de la poeta y profesora cubana Aimée G. Bolaños (Cienfuegos, 1943) fue publicado en la revista digital hispanoamericana Otro Lunes (Berlín: Nº 46, abril 2017): http://otrolunes.com/46/este-lunes/notas-sobre-poesia-y-exilio-en-felipe-lazaro/

Foto de Jacqueline Alencart

Exilio es, en fin, reconocer las patrias menos obvias.
Juana Rosa Pita

Para pensar la significación del exilio en la obra de Felipe Lázaro, bastaría reparar en el título de su antología. Cuando el autor reúne en Tiempo de exilio1 una selección de su poesía de los últimos cuarenta años, el exilio está en el centro de un proceso creativo de muy variados matices, aún abierto.

Su escritura tiene nítidas referencias a una temporalidad histórica marcada por  los interminables tránsitos. Quien habla y firma el libro se hace en el exilio, omnipresente en los avatares del vivir a partir del éxodo originario. El sujeto poético de cada poema en sus desdoblamientos de “persona”, quiero decir, con sus diferentes máscaras, es expresivo de una experiencia transterrada que identifican al autor, escriba, antologador  y  editor de Tiempo de exilio.  A su vez, el exilio remite  la poesía de Felipe Lázaro a una genealogía poética: Ovidio, Dante, Baudelaire, figuras emblemáticas. Heredia, Martí, Lezama Lima, Baquero (tan caro a Felipe Lázaro), de diferentes formas en el continuum poético cubano.

Con toda razón, Francis Sánchez, al prologar el libro, subraya la significación del término que el autor reclama a pesar de haber salido de Cuba con solo 12 años (p. 7). Y vale recordar que si el exilio tiene marcas políticas evidentes, siendo histórico (muy patente, si bien no exclusivo, de la historia cubana), es también una dimensión existencial, supone una conciencia ontológica, consustancial a la poesía. Alude a la condición del artista y su vida espiritual, a una sensibilidad profunda en la trashumancia simbólica, como aquel albatros de Baudelaire exilado en las alturas. Más que un fenómeno o temática, implica una sensibilidad, un conjunto de actitudes, afectos y comportamiento que encarnan en la poesía.

 Tiempo de exilio, como compendio poético de Felipe Lázaro, naturalmente me lleva a reparar en las intrincadas y sostenidas relaciones entre su figura autoral y exilio. Si la poesía lírica con una propuesta de lectura oscilante problematiza la relación autor y yo de la enunciación con su ambigüedad; la poesía del exilio encuentra su fundamento en el efecto de realidad que identifica autor y sujeto poético. A diferencia de las estrategias de la autoficción –soy yo, pero no soy yo–, el autor afirma la identidad pragmática y ontológica del sujeto discursivo y el nombre al pie de libro. Esta estrategia, compartida por el lector, constituye el fundamento de una poética de registro testimonial autorreflexivo, entre el memorialismo y la autoconfesión, tan patente en la poesía del exilio y distintiva de Felipe Lázaro.

Con sus prácticas discursivas específicas, de modo marcado en Tiempo de exilio, la poesía exiliada redefine la figura del autor, oficiante de su propia historia y escritura,  crea un lugar donde se afirma y reconoce, un espacio en el que de manera verdadera, con todas sus contradicciones y ausencias, existe. El poeta escribe para no desaparecer. La poesía es última y primera prueba de existencia. El poeta reclama y proclama su referencia, existe fuera del texto. Vive y escribe su experiencia, se presenta como figura empírica, factual, de estatuto “real” del tejido imaginario, lo que es muy patente en los poemas de la poesía compartida en Tiempo de exilio. En ellos el autor se ficcionaliza junto a tantas figuras de la historia de la poesía cubana y latinoamericana exiliada en un formidable juego de espejos. De este modo, no solo aspira a la credibilidad, también a legitimar la experiencia del exilio que comparte con una comunidad sociohistórica, tanto autoral como lectora.

Viviendo su exilio, el poeta habita y es habitado por el espacio sin tiempo de la escritura  –“poetizando a diestra y siniestra” (p. 78)–,  contrapaso  al tiempo lacerante y los no-lugares o lugares terminales del exilio. En este espacio de la escritura se nombra, retornando a sí y cuanto fue suyo –“cotidiana fantasía” (p. 86) –, asumida la poesía como única y definitiva casa.

En esa dimensión intemporal y restauradora de la escritura, Tiempo de exilio muestra su otra cara de Jano: el tiempo humano del ser y la existencia. En esa densidad histórica que el poeta describe como “abismo de la extrañeza” (p. 24), el presente revisita un pasado declinante –“nostalgias arrebatadas del naufragio…” (p. 27)–, transitando entre diferentes tiempos y espacios referidos a una trayectoria de vida marcada por “la inmensa distancia, lo que nos une y separa” (p. 24).

El poeta representa su cotidianidad –odisea de los días–, se mueve entre ciudades, mujeres amadas, amigos-poetas, omnipresente la poesía de este viaje sin retorno. En este sentido, altamente expresivo resulta “Árbol extraño” que, según Francis Sánchez, “ofrece un arquetipo del exiliado, símbolo que resurge de una fisura ontológica” (p. 10). El poema, concebido como una conversación del sujeto de la enunciación con el hijo, alude a esa ruptura ontológica con la metáfora seminal del árbol ceniciento, pálido de frío que deberá revivir sus raíces en un trasplante-vuelta, deseo mitificado e imposibilidad. La extranjería-extrañeza se ha tornado radical:

Mas un día, hijo, lo volveré a trasplantar,
ya definitivamente,
aunque puede pasar que tampoco allí encuentre morada,
que no se sienta realizado en casa,
que después de tanto recorrer por el mundo
su pequeño lugar de nacimiento le sea ajeno.
Y será otra vez extranjero:
irreversible meteco,
noria de los pasos. (p. 39)

Metaforizado por el frío, el exilio alcanza significación simbólica. La dimensión metafísica dialoga con la histórica en “Nostalgia”, uno de los poemas más abiertos a la interpretación de la antología por su extrema hipérbole, síntesis metafórica y elíptica composición:

Tan fría es la ausencia
que hasta el silencio
se hiela. (p. 31)

Plurívoco e inclusivo, el autor crea una figura autorreferente y plural. El sujeto poético habla de sí como otro, la voz, siendo individual, es la de una comunidad exiliada, el movimiento se torna transgresivo, hacia la alteridad. Y en ese testimoniar al otro, se configura otro devenir y el poeta deviene otro, como puede leerse en “Fecha de caducidad”,  expresivo de una experiencia transpersonal al categorizar la figura del exilado con una enunciación metafórica muy viva –la patria es una balsa– que nomina las odiseas de mar cubanas:

Todo exiliado es un sobreviviente
que rescata del naufragio la patria
convirtiéndola en su única balsa.

(…)

A este triste y solitario náufrago
solo le queda rememorar su infancia
-su verdadero país-
mientras se niega a aceptar esta tragedia
impuesta por la Historia
-histeria patria-
y la lejanía no está en él
ni el espacio lo desune. (p. 84-85)

La memoria recurre en Tiempo de exilio al configurar el tiempo humano en movimiento tanto retrospectivo, dominante en la antología, como prospectivo: tiempo de la espera, de la profecía y el vaticinio. Expulsión del paraíso, tierra prometida inalcanzable, edén tropical ya desvaído, infancia mitificada, futuro conjetural componen una compleja trama en la que el dolor de la pérdida es tanto mítico como histórico, de evidente causalidad social. Extranjería, extrañeza, desarraigo, nostalgia son marcas de sensibilidad constantes. Y valdría actualizar la etimología de esta última palabra que tiene en su raíz nosteo y algeo(volver a la patria), indisolublemente asociada a las funciones imaginativas de la memoria y a la conflictiva percepción del paso del tiempo. Desde un problemático presente, el sujeto de “Tendrás casas invisibles” parece augurar cuando recuerda:

Tendrás casas invisibles
en el espacio desterrado.
Varios hogares descoloridos
-ascua vidriosa-
en el espacio congelado de palmas,
compartiendo el pan del olvido coagulado.
Así despertarás
fatigado,
de todo sueño esperanzador. (p. 35)

El proceso creativo de Felipe Lázaro vuelve continuamente sobre sí para interpretar, con imaginativas variaciones, el tema mayor del exilio,  moviéndose entre el adentro –minimalismo de la historia personal– y el tiempo de la Historia con mayúscula, magna estructura sociohistórica donde el sujeto poético lidia con la falta de sentido, tocando lo simbólico en el espacio compensatorio de la escritura. Así en “Epitafio para un aprendiz de poeta”, referido a un otro conjetural, el yo enunciativo oblicuamente se configura:

Sufrió lo indecible por una tierra lacerante.
sumergido en un pantano reseco por la lejanía
miraba sus poros como si fuera el universo
extraño, siempre extraño frente al espejo desnudo. (p. 61)

De libro a libro, de poema a poema, las formas compositivas de Felipe Lázaro van mudando y enriqueciendo sus significados en la identidad de una estética que privilegia la forma sentenciosa y reflexiva, la fragmentación y el decir elusivo, los efectos de oralidad y autorreferenciales, el sesgo narrativo, el dialogismo con el otro y con sí mismo. Su autoexamen y la mirada atenta al mundo que lo rodea dan vida a los espacios y tiempos de la errancia obligada, tanto en poemas de elaborada estructuración polifónica disonante, de cierto barroquismo  –“Las siete moradas de una Teresa llamada Carmen”, “Evocación de un encuentro”, entre otros memorables–, como en los de suma concentración, rupturas de sistema, acotaciones desafiantes y elocuente parquedad, como en “Señas de un preso”, dedicado al poeta Jorge Valls:

Lugar: La Cabaña-cárcel,
un camastro,
la mesita,
unos libros,
poca luz.
Una ventana con barrotes mohosos.
Nombre: Estudiante de Filosofía.
Tiempo: Veinte años.
Horas: Desfile de rejas. (p. 32)

La poesía amatoria es lugar de revelaciones en Tiempo de exilio. Los ditirambos amatorios de tesitura emotiva, más sensuales o idealizados –“Para el amor quedan recursos”, por ejemplo–, así como los punzantes poemas epigramáticos que reinterpretan el imperecedero “amo y odio” de Catulo –“Marvila la calculadora”, tan eficaz–, constituyen entradas en la intimidad, reveladoras de facetas de la biografía sentimental.

Provocativos, por su tono y asunto, los poemas lúdicos de las celebraciones báquicas se destacan por su intensidad. Con su enunciación irónica, catálogos etílicos y  crónicas alborozadas –encubridoras de vacío y nostalgia–, estos deliciosos divertimentos crean escenas de notable fluencia descriptiva y contadora. Representativo de esa cuerda “Un sueño muy ebrio sobre la arena” reúne poetas dispersos en la celebración de las afinidades electivas y el vino  –“las grandes jarras hermanan brazos. / La intolerancia se disipa con un buen jerez” (p. 69)–, convivio que integra sitios y figuras de la bohemia, quizás otra forma de la errancia y, a la vez, morada. Allí, en ese espacio heterotópico, con la visión de las “copas con ala”, fulgurante imagen martiana del umbral del poema, se yuxtaponen fragmentos del viaje siempre inacabado y el nomadismo cultural.

Especialmente he apreciado los retratos, tanto elegíacos como desacralizadores,  y los autorretratos, en los que el poeta da forma a estados espirituales y a su reflexión ética. En este tipo de poema, “Tiempo de exilio” paradigmático, puede ser revelador y reticente, el sujeto discursivo espectador lúcido y aturdido de sí mismo:

Haber heredado el silencio por costumbre.

La nada acumulándose a pasos agigantados,
estériles segundos que se suceden
cuando el calendario pesa más que la vida
y es incierto el respirar constante.

Ya nada asombra a no ser la verdad.
Y el equilibrio necesario de los días
aturdido
experimenta con la lejanía. (p. 89)

De notable riqueza y variedad resulta la galería de retratos de poetas exilados (grandes figuras y todos lo que optaron por el destierro desde 1959), poemas generalmente memoriosos, elegíacos, dialógicos. En “Memoria compartida (Poema a Gastón Baquero)”, la elegía es espejo imaginario de una muerte que se reparte:

Más visible que nunca antes
divagas alegre por silente viaje,
repiensas versos como recuerdos
ante el asombro de las estrellas
con tu corazón elegante convertido en Isla. (p. 80)

De emocional tesitura reflexiva, “Díptico del eterno exilado”, a la memoria de José Mario, abre con una cita Guillermo Rosales que no deja lugar a dudas: “Soy un exiliado total”. El poema rememora una vida poética y en la poesía, para culminar con la figura emblemática del poeta maldito, eternamente anhelante y dislocado, padeciendo su exilio absoluto:

Con tu poesía rodeas la esencia del verdor insular,
vitral ausente de todo tipo de emblemas patrios.
Sin datos escritos en tu pasaporte,
deshaces la telaraña de tus ensueños
y confirmas la más trágica verdad:
los hombres son más libres después de muertos.

Al final, quemaste tu vida a grandes sorbos:
rebelde, iconoclasta, irreverente,
doblemente exiliado,
poeta maldito en tu tierra y en el destierro. (p. 83)

Un rico pensamiento del arte poético, junto a vívidas memorias de trozos de vida compartida, se deja leer en los poemas de diálogo imaginativo e imaginario con poetas.

(Heberto Padilla, Manuel Díaz Martínez, León de la Hoz, Alfredo Pérez Alencart, Louis Bourne, José Lezama Lima, Saint-John Perse, José Martí, Dámaso Alonso, Charles Baudelaire, Nicanor Parra, entre tantos)2. El sujeto poético se transforma en un demiurgo que da existencia al otro, en él se reconoce y completa, ahondando sin desvelar el misterio de la poesía. Cada uno de estos poetas, a su manera incomparable, “es un artista del desequilibrio” (p. 56) que en la escritura se  rehace. De este modo los retratos interpretan la condición del poeta errante, conocedor de la fragilidad de cualquier frontera entre el desaliento y la esperanza:

Desterrado de sí mismo
como una provocación más en su vida
siempre lo acompañó el poder subversivo de un poema.

(…)

Este hombre masticó el exilio
y toda desesperanza le fue ajena. (p. 78-79)

Leídos de conjunto, los poemas de poetas, tanto retratos como autorretratos, integran una poética autoral tramada en y por el exilio; cada figura, ícono y emblema. Elogio de la palabra poética, ética, crítica y denuncia, conciencia de la transitoriedad de modas y modismos, todo ocupa su lugar en el pensamiento poético. Con la imago, Tiempo de exilio nos dice: la poesía es subversión, acto de rebeldía, sueño de verdades inconclusas, suma de voces sin estériles fronteras, fantástica realidad cotidiana, reconstrucción de la historia que se escapa, conocimiento ancestral, conjugación mística, coloquio humano trascendente, alegría que medita.

Finalmente, como alguien que comparte e intenta escribir la errancia, al pensar la poesía de Felipe Lázaro me han acompañado dos ángeles del imaginario. El primero, el ángel de Walter Benjamin tan citado que, lejos de agotarse, gana hoy nuevos significados. En la novena tesis sobre filosofía de la historia, Benjamin remite a un cuadro de Paul Klee, “Angelus Novus”, que representa un ángel atónito, de ojos desorbitados y alas abiertas. El Ángel de la Historia, dice, debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado, ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y las vuelca a sus pies. El Ángel quiere despertar a los muertos y componer el destrozo, pero sopla un vendaval que lo empuja hacia el futuro, al que vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece hacia el cielo3.

Junto al vendaval de la historia moderna y en nuestro caso al venturoso desastre del exilio, no solo destructivo, la poesía de Felipe Lázaro revive también otro Ángel, el de la Jiribilla, imaginado por Lezama Lima; ángeles no opuestos, más bien  simbólicos dobles complementarios. Sin desconocer las ruinas y la catástrofe, leyendo Tiempo de exilio, celebro esta imagen jubilosa, tan criolla y esperanzada, que rinde tributo a nuestra poesía:

Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte. Vigila las cenizas que retornan. Sé el guardián del etrusco potens, de la posibilidad infinita. Repite: Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad. Ya la imagen ha creado una causalidad, es el alba de la era poética entre nosotros4.

 

Notas del artículo

 

  1. Felipe Lázaro. Tiempo de exilio. Antología poética (1974-2014). Prólogo de Francis Sánchez. Prefacio de Margarita García Alonso. 2.ª Edición. Madrid: Editorial Betania, 2016. La antología acoge poemas de cinco libros: Despedida del asombro(1974), Las Aguas (1979), Ditirambos amorosos(1981), Los muertos cada día están más indóciles (1987), Un sueño muy ebrio sobre la arena (2003). Tiempo de exilio, última parte del libro, reúne poemas sueltos, no publicados en libro de autor. Todas las citas pertenecen a esta edición.
  2. Felipe Lázaro especifica y distingue: “Poetas a quienes escribo poemas como: Gastón Baquero, Alberto Baeza Flores, José Mario y Jorge Valls, y poetas a quienes dedico poemas, como: Díaz Martínez, Pio E. Serrano, León de la Hoz, Alfredo Pérez Alencart, Gaetano Longo, Louis Bourne, Carlos Contramaestre. Poetas que cito: Baudelaire, Perse, Mariano Brull, O. Paz, Eliot, H. Padilla, Martí, G. Rosales, y otros, más las tres citas iniciales: Rilke, Whitman y Borges.” Correo a la autora de 19 de febrero de 2017.
  3. Walter Benjamin. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Prólogo, traducción y edición de Bolívar Echevarría. México D.F.: ed. Ítaca, 2008, p. 160.
  4. José Lezama Lima. El reino de la imagen. Selección y prólogo de Julio Ortega. Caracas: ed. Ayacucho, p. 336.

Del Autor

Aimée G. Bolaños
(Cuba-Brasil). Escriba y lectora de ficción. Profesora del programa de posgraduación de la Universidade Federal do Rio Grande, Brasil. Fue docente en la Universidad Central de Las Villas, Cuba. Ha publicado numerosos artículos sobre  poesía y narrativa cubana trasnacional, el libro de ensayos Poesía insular de signo infinito. Una lectura de poetas cubanas de la diáspora  (2008) y la entrada sobre “Diáspora” para el Dicionário das mobilidades culturais: percursos americanos (2010, edición en francés,  2015). Entre sus libros de ficción: El Libro de Maat (2002), Las Otras. Antología mínima del Silencio (2004). Las palabras  viajeras (2010),  Escribas (2013), Visiones de mujer con alas  (2016) . En proceso de edición Oficio de lectora (ensayos). Ha sido traducida a diversas lenguas. Sus poemas aparecen en numerosas antologías, entre ellas, Catedral Sumergida (2014).

 

 

 

Honrar, honra.

José Martí

Nada puede secar el árbol de la poesía.

Gastón Baquero.

 

Hace ya veinte años (el 15 de mayo de 1997, otro madrileño día de San Isidro) fallecía en la capital española el poeta, ensayista y periodista cubano Gastón Baquero (1914-1997), uno de los grandes de la cultura cubana e hispanoamericana, tras 38 años de largo exilio vitalicio.

En este vigésimo aniversario es casi un deber con  Gastón Baquero -el Maestro y el amigo-  recordar su sobresaliente figura. Para ello, Betania se suma a esta conmemoración no solo para evocar su valiosa trayectoria literaria (poética y ensayística) y  de su aún poco estudiada obra periodística, sino para rememorar al hombre de letras, al patriota, al exiliado…Muchos son los recuerdos, las enseñanzas, las anécdotas que se agolpan en este instante en que escribo estas líneas. Palabras llenas de agradecimiento por su generosa amistad, por su ejemplar forma de ser cubano y por su visión universalista de la cultura que lo ha hecho trascender de la muerte física, transitando -después de estos veinte años- por una especie de renacimiento de su imagen y obra.

La presencia imborrable de Gastón Baquero en Cuba, con su poesía y su periodismo, ya ha quedado plasmada en las letras cubanas del pasado siglo, incluso la obra baqueriana ha dejado su impronta en una España -que tras un frío y poco solidario recibimiento  a su llegada al exilio español- ha terminado valorando al Maestro como uno de los grandes poetas y escritores hispanoamericanos de todos los tiempos. Reconocimiento al que Baquero ha aportado su importante bibliografía española, sobre todo, con su primordial poemario Memorial de un testigo (1966), seguido de Magias e invenciones (1984), Poemas invisibles (1991), Poesía completa, 1935-1994 (1995) publicada en Salamanca bajo la coordinación de Alfonso Ortega Carmona y Alfredo Pérez Alencart, y las dos ediciones de su Poesía Completa (Verbum,1998 y 2016) hasta la reciente antología Palabra inocente (Visor, 2017) compilada por Carlos Javier Morales; entre otros títulos poéticos. Sin olvidarnos de su valiosa obra ensayística publicada en España: Escritores hispanoamericanos de hoy (1966), La evolución del marxismo en Hispanoamérica (1966), Darío, Cernuda y otros temas poéticos (1969), Gertrudis Gómez de Avellaneda (1974),  Páginas escogidas de Simón Bolívar (1983), Indios, blancos y negros en el caldero de América (1991), Acercamiento a Dulce María Loynaz (1993), La fuente inagotable (1995), libro sobre José Martí,  Ensayos (1995) tomo que reúne casi toda su obra ensayística y que también fue publicada en Salamanca, Primeros textos, 1936-1945 (2001),  Eternidad de Juan Ramón Jiménez (2003), Geografía literaria, 1945-1966 (2007),  Andaluces (2009) y Apuntes literarios de España y América (2011).

En estos veinte años son muchas las publicaciones que se han hecho de  -y sobre- la obra de Gastón Baquero, incluyendo su poesía, sus ensayos y la recopilación de su periodismo cultural, pero conviene no olvidar a quienes desde finales de los años 60 y, sobre todo, en los años 80 y 90, auparon su nombre literario y se encontraron entre sus amigos de siempre; además de nuevos nombres que se han sumado a la labor de difundir el legado baqueriano. Me refiero a  autores españoles, como: Francisco Brines, Rafael Montesinos,  Guillermo Díaz Plaja, José García Nieto, Luis Suñén,  Luis Antonio de Villena, Luis Alberto de Cuenca, Luis Frayle Delgado, Leopoldo Alas, Ángel Luis Vigaray, José Ramón Ripoll, Alberto Linares Brito, Carlos Javier Morales, Víctor García de la Concha, Carlos Bousoño, Fernando Rodríguez Lafuente, Alfonso Ortega Carmona, J. J. Armas Marcelo,  Rafael Alfaro, Santiago Castelo, Antonio Fernández Ferrer, Carmen Ruiz Barrionuevo, Carlos Barbáchano, Ángel Rodríguez Abad, Javier Lostalé, Blas Matamoros, entre otros. Los latinoamericanos Alberto Baeza Flores, Alfredo Pérez Alencart, Pedro Shimose, Juan Gustavo Cobo Borda, Carlos Contramaestre, Elizabeth Burgos, Salvador Garmendia  y Carlos Meneses. Los cubanos Eugenio Florit, José Olivio Jiménez, Pío. E. Serrano, Efraín Rodríguez Santana,  León de la Hoz,  José Prats Sariol, Isabel Castellanos,  Orlando Rossardi, Carlos Espinosa Domínguez, Armando Álvarez Bravo, Walfrido Dorta,  Amaury Francisco Gutiérrez Coto, Oscar Fernández de la Vega, Bladimir Zamora Céspedes, Alberto Díaz Díaz, Nelson Simón González, Virgilio López Lemus, Alfredo Zaldívar, Luis Yuseff,  Jesús J. Barquet, Rosario Hiriart,  César López, Rosario Rexach, Raúl Rivero, Alberto Lauro, Fabio Murrieta, Manuel Gómez-Reinoso, Remigio Ricardo Pavón, Camilo Venegas,  Jorge Luis Arcos, Luis Rafael Hernández, Antonio José Ponte, José A. Torres, Jorge Ribail Reyes,  Nidia Fajardo y quien escribe estas líneas, entre otros. Todos (hispanos, americanos y cubanos) han ayudado a aumentar la ya extensa bibliografía  baqueriana. Sin olvidar a sus traductores:  Elena Jaratsi (griego), Gaetano Longo (italiano), Greg Simon y Stephen F. White (inglés), Juana y Tobías Burghardt (alemán), Jacobo Machover (francés), a los estudiosos de su obra, como: Niall Binns y Clément Akassi Animan y los reconocidos pintores  Sylvain Málet, Luis Cabrera y Miguel Elías con sus bellos retratos del Maestro hasta la famosa y más reproducida foto de Jesse A. Fernández,  que es la imagen más conocida de Baquero. Así como el documental Retrato de Gastón Baquero (2014, 60 minutos) realizado por Manuel Rodríguez Ramos y Marié Pereira.

Para homenajear al poeta, en este vigésimo aniversario, reproducimos la portada del periódico madrileño La Prensa del Caribe (Nº 1, junio de 1997) con la citada foto de Fernández y un artículo de mi autoría que se publicó en ese número, días después de su fallecimiento:

 

 

Gastón Baquero: Maestro y amigo

Por Felipe Lázaro.

 

Si en abril, “el mes más cruel”, según Eliot, fallecía Dulce María Loynaz; mayo ha sido demoledor con la muerte de Gastón Baquero. El mismo mes que nos arrebató a José Martí, repite la tragedia cubana con el fallecimiento de otro Maestro.

Aún recuerdo nuestro primer encuentro en el Madrid estudiantil de finales de los sesenta. Estábamos reunidos un grupo de universitarios cubanos, en la siempre memorable cafetería del Instituto de Cultura Hispánica, cuando nos presentaron. De entrada, nos impresionaron su gran estatura y su elegancia al vestir: parecía un patricio cubano del siglo XIX. Pero tan pronto comenzó a hablar, nos dejó a todos aún más sorprendidos por su gran sabiduría y erudición: era como una enciclopedia abierta, repasando toda la historia política y literaria de Cuba en breves minutos; dándonos una especie de improvisada lección magistral.

Al final de la conversación nos insistió, una y otra vez, que estudiásemos; recordándonos el ejemplo del universitario Martí en España. Después, antes de despedirse, pagó nuestra repetidas consumiciones y, desde entonces, comprendí su gran generosidad y su constante disposición a dialogar con los más jóvenes. Así, Gastón se convirtió para mí en una de las fuentes recurrentes de mis años universitarios: ¿Cuántos libros prestados? ¿Cuántos libros me recomendó que leyera? La lista seria innumerable, aunque debo confesar que como buen maestro me indicó una lectura imprescindible para el joven poeta que entonces se iniciaba: “Rilke, Felipe, lee a Rilke”.

Aquellos jóvenes cubanos de entonces, asistíamos a sus múltiples conferencias o disertaciones en aquel Madrid franquista (en el Colegio Mayor Guadalupe o en Cultura Hispánica), no como seguidores de una cubanidad trasnochada, sino sabiendo que estábamos ante un maestro. Como años más tarde, con la recién estrenada democracia en España, lo escuchamos en la Residencia de Estudiantes o en la Casa de América en Madrid, no como un escritor cubano más, sino ya sabiendo que era uno de los cubanos más ilustres de nuestro siglo.

Peregrinar a su madrileña casa de Antonio Acuña fue, siempre, como regresar a la Isla en una especie de viaje imaginario o saciar de toda una puñetera vez nuestra sed de nostalgia. En uno de esos momentos, me presentó a varios poetas cubanos que residían en la Isla y gracias a él pudimos conocernos. Como sucedió con Blamidir Zamora, con quien publiqué en 1995, la antología Poesía Cubana: La Isla Entera (1), que comienza con sus palabras:  “A los poetas que llegan y seguirán llegando. A los muchachos y muchachas nacidos con pasión por la poesía en cualquier sitio de la plural geografía de Cuba, la de adentro de la Isla y la de fuera de ella”. Curiosamente, Bladimir, junto a otro poeta cubano, Camilo Venegas, fueron invitados -en 1991- a leer sus poemas en la Casona del Vigía en la ciudad cubana de Matanzas, pero, en vez de leer sus poemas, ambos leyeron los de Baquero, siendo los primeros en la Isla en rescatarlo de un silencio impuesto desde 1959. (2)

Tampoco puedo olvidar las cenas cubanas en su casa: congrí, yuca y plátanos fritos, o cuando asistíamos al restaurante asturiano cercano a la misma, con innumerables amigos. Aunque, quizás, la más memorable fue una especie de cena cubano-venezolana con Carlos Contramaestre y Salvador Garmendia, donde el americanista Gastón brilló en toda la extensión de la palabra, como otros recordables almuerzos con el profesor José Olivio Jiménez o con  Reinaldo Arenas. También recuerdo otras comidas, como las dos que organizó el Ministerio de Asuntos Exteriores español, una, más improvisada, en el restaurante asturiano que quedaba cerca del domicilio de Gastón y otra más oficial en el restaurante de la madrileña Casa de América, cuando se celebraron las Jornadas de Poesía Cubana “La Isla Entera” (1994) que reunió a poetas de dentro y fuera de la Isla. (La presencia de César López, José Prats Sariol, Efraín Rodríguez Santana y Jorge Luis Arcos, entre otros, que viajaban desde La Habana, junto a Heberto Padilla y José Kozer, entre otros exiliados, convirtió aquellos banquetes en algo verdaderamente inolvidable). Como la concurrencia y presencia  diaria de Gastón: mañana y tarde en dichas Jornadas, que se repitió en el evento de cuentistas cubanos al año siguiente, a pesar de su ya maltrecha salud. (3)

Pero lo más importante de su última trayectoria madrileña fue su constante asistencia a las presentaciones de libros de jóvenes autores cubanos, de dentro o fuera de la Isla, con lo cual demostraba su gran interés por conocer a la nueva generación de escritores cubanos.

El autor de Poemas invisibles (1991) vivía para la poesía y para Cuba, siendo éstas, dos constantes de su vida y de su extensa obra, tanto en la poesía como en la prosa; que lo ha convertido en el gran maestro de la literatura escrita en español de este siglo. Y siempre se le recordará, además, por su inmensa labor periodística, desarrollada desde su más temprana edad y que aún está por estudiar.

Actualmente, la mayoría de sus poemas –felizmente- ya se leen en La Habana o en Caracas, en Matanzas o en Salamanca y no digamos en este Madrid donde le sorprendió la muerte:

 

Parece que estoy solo,

diríase que soy una isla, un sordomudo, un estéril.

Parece que estoy solo, viudo de amor, errante,

pero llevo de la mano a un niño misterioso.

 

Así comienzan los primeros versos de su poema “Silente compañero”. Como ya es un clásico de la poesía cubana “Palabras escritas en la arena por un inocente”, con su verso inicial:

 

Yo no sé escribir y soy inocente.

 

O este fragmento de su poema “Fábula”;

 

Mi nombre es Filemón y mi apellido Ustariz.

Tengo una vaca, un perro, un fusil y un sombrero;

vagabundos, errantes, sin más tierra que el cielo,

vivimos cobijados por el techo más alto;

ni lluvias ni tormentas, ni océanos ni ríos,

impiden que vaguemos de pradera en pradera.

 

¿Quién no ha leído en voz altas el comienzo de su “Memorial de un testigo”?

 

Cuando Juan Sebastián comenzó a escribir la Cantata de café,

yo estaba allí:

llevaba sobre sus hombros, con la punta de los dedos,

el compás de la zarabanda.

 

¿Quién no peregrinó a la calle de Antonio Acuña, cual Velintonia o Trocadero, en busca de sueños compartidos? Y

 

¡todos felices de pronto, todos gozosos

devorando el asombro de la luz!

 

Definitivamente, después de 38 largos años de exilio, Gastón Baquero no regresará físicamente a Cuba; aunque su poesía, como su poética evocación de La Habana, siempre se escuchará en la Isla.

 

Yo te amo, ciudad

aunque sólo escucho de ti el lejano rumor,

aunque soy en tu olvido una isla invisible,

porque resuenas y tiemblas y me olvidas,

yo te amo, ciudad.

 

 

Madrid, mayo de 1997.

Fuente: La Prensa del Caribe (Madrid: Nº 1, junio 1997; pág. 14). Este artículo también fue publicado en el libro Gastón Baquero: La invención de los cotidiano (Betania, 2001) de Felipe Lázaro; págs. 27-33.

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Con esta entrada rendimos un merecido homenaje al autor de Memorial de un testigo, recordando -como si fuese ayer- sus días habaneros y madrileños, rememorando sus libros y leyendo sus poemas; además de no cansarnos de resaltar su ya reconocida obra literaria. Y aunque falleció hace ya veinte años, a los 83 años de edad, después de un duro destierro de casi cuatro décadas, sin poder volver a ver su amada tierra cubana (otro de los crímenes más espantosos e injustificables del régimen del 59), ya hoy sabemos que Gastón Baquero ha vencido a la muerte y que sus versos recorren todos los rincones del imaginario cubano, incluyendo el exilio; pues isla y destierro conforman la patria entera, la  Cuba plural que tanto nos enseñó a amar. Hoy ya nos consta que su poesía siempre ha estado -y está, más que nunca-  presente en tierras cubanas. Sabemos que sus poemas se leen desde Banes hasta su querida Habana, pues los poetas nunca mueren,  renacen, como la rosa baqueriana en uno de sus más bellos poemas fundacionales “Qué pasa, qué está pasando…”:

 

Qué pasa, qué está pasando siempre debajo del jardín

que las rosas acuden sin descanso.

Qué está pasando siempre debajo de ese oscuro espejo

donde nada se oculta y disuelve.

Qué pasa, que está pasando siempre debajo de la sombra

que las rosas perecen y renacen.

Que nunca se desmiente su figura,

que son eternas sombras, idénticos recuerdos.

Qué está pasando siempre bajo la tierra oscura

donde la luz levanta rubias alas

y se despliega límpida y sonora.

Qué está pasando siempre bajo el cuerpo secreto de la rosa

que no puede negarse al cielo temporal de los jardines,

que no puede evitar el ser la rosa, precisa voluntad, sueño visible.

Qué pasa, qué está pasando siempre sobre mi corazón

que me siento doliéndole a la sombra,

estorbándole al aire su perfil y su espacio.

Y nunca accedo a destruir mi nombre,

y no aprendo a olvidarme, y a morir lentamente sin deseos,

como la rosa límpida y sonora que nace de lo oscuro.

Que se inclina hacia el seno impasible de la tierra

confiando en que la luz la está esperando, creándose la luz,

eternamente fija y libertada bajo el cuerpo secreto de la rosa.

 

Felipe Lázaro

Escalona, mayo de 2017.


Notas de actualización (mayo, 2017):

 (1)  La antología  Poesía Cubana: La Isla Entera (Betania, 1995; 392 pp.), compilada por  Felipe Lázaro y Bladimir Zamora, reúne a 57 poetas cubanos que -entonces- residían dentro o fuera de Cuba: Miguel Barnet, José Mario, José Kozer, Isel Rivero, Pío E. Serrano, Rafael Catalá, Belkis Cuza-Malé, Guillermo Rodríguez Rivera, Reinaldo García Ramos, Nancy Morejón, Magali Alabau, Lina de Feria, Julio E. Miranda Delfín Prats, Raúl Rivero, Lilliam Moro, Maya Islas, Felipe Lázaro, Luis Lorente, Gustavo Pérez Firmat, Rolando Estévez Jordán, Alina Galliano, Lourdes Gil, David Lago González, Rafael Bordao, Orlando González Esteva, Mercedes Limón, Reina María Rodríguez, René Vázquez Díaz, Badimir Zamora Céspedes, Jesús J. Barquet, Carlota Caulfield, Iraida Iturralde, Elías Miguel Muñoz, Víctor Rodríguez Núñez, Roberto Valero, Daína Chaviano, Ángel Escobar, León de la Hoz, Ramón Fernández Larrea, Alberto Lauro, Teresa Melo, Sigfredo Ariel, Reinaldo García Blanco, Emilio García Montiel, Arístides Vega Chapú, Sonia Díaz Corrales, Omar Pérez López, Antonio José Ponte, Nelson Simón González, Laura Ruiz Montes, Damaris Calderón, Camilo Venegas y Norge Espinosa. (Muchos de los poetas que residían en la Isla en 1995, con los años -y sucesivamente- optaron por el exilio y hoy residen fuera de Cuba).

(2) Estas lecturas de poemas de Gastón -que realizaron Bladimir Zamora y Camilo Venegas en la ciudad de Matanzas- se dieron en un acto organizado por el poeta y editor cubano Alfredo Zaldívar en 1991. Con posterioridad, el profesor, escritor y crítico de poesía cubana José Prats Sariol leyó en la Universidad de La Habana su ponencia “Baquero, el instinto indomable” el día 26 de enero de 1994, siendo la primera oportunidad en que la obra poética de Gastón Baquero fuera mencionada in extenso en Cuba desde 1959. (Véase: Conversaciones de Gastón Baquero (Betania, 1994) donde aparece este artículo como Epílogo, págs. 53-75. Dos años más tarde, se publica una selección de la poesía baqueriana en Testamento del pez. Antología (Matanzas: Ediciones Vigía, 1996), edición del poeta y editor cubano Alfredo Zaldívar y no es hasta varios años después que se publica en Cuba toda la obra poética de Baquero: La patria sonora de los frutos. Antología poética de Gastón Baquero (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2001). Edición a cargo de Efraín Rodríguez Santana. También ese mismo año, Walfrido Dorta gana el Premio UNEAC con su libro Gastón Baquero, el testigo y su lámpara: para un relato de la poesía como conocimiento en Gastón Baquero (La Habana: Ediciones Unión, 2001) y en el  2013 se publicó la antología Poderosos pianos amarillos. Poemas cubanos a Gastón Baquero (Holguín: Ediciones La Luz) compilada por Luis Yuseff  y Prólogo de Virgilio López Lemus.

(3) Las Jornadas de Poesía Cubana: La Isla Entera se celebraron del 21 al 25 de noviembre de 1994 en Madrid y fueron organizadas por la Secretaría de Estado para la Cooperación Internacional y para Iberoamérica del Ministerio de Asuntos Exteriores español. Se celebraron, por la mañana, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid y, por la tarde, en el anfiteatro de la Casa de América. Participaron 24 poetas e intelectuales cubanos. Desde Cuba: Rafael Alcides, Guillermo Rodríguez Rivera, José Prats Sariol, Cleva Solís, Jorge Luis Arcos, Efraín Rodríguez Santana, César López, Delfín Prats, Reina María Rodríguez, Enrique Saínz, Pablo Armando Fernández y Bladimir Zamora. Desde el exilio: Manuel Díaz Martínez, Albero Lauro, Mario Parajón, Gastón Baquero, Orlando Rossardi, Heberto Padilla, Pío E. Serrano, José Kozer, José Triana, Nivaria Tejera, León de la Hoz y Felipe Lázaro. (Algunos de los que viajaron en esas fechas, desde la Isla, hoy residen en el exilio).

TURRIALBA LITERARIA  y  LATIN POETS OF NEW YORK
PRESENTAN

LECTURA DE POESÍA
con
MAGALI ALABAU y MANUEL ADRIÁN LÓPEZ

SÁBADO 13 DE MAYO A LAS 2:00 PM

THE CHANIN LANGUAGE CENTER AT HUNTER COLLEGE
West Building Room 209
en
HUNTER COLLEGE
695 Park Ave
NY, NY 10065

Introducción a cargo de Dinapiera Di Donato (Premio Paz 2013)
Coordinadora: Marisa Daniela Russo (Hunter College Dept. of Romance Languages)

 

Manuel Adrián López nació en Morón, Cuba. Sus libros publicados son: Yo, el arquero aquel (Poesía, Editorial Velámenes, 2011), Room at the Top (Short Stories, Eriginal Books, 2013), Los poetas nunca pecan demasiado (Poesía, Editorial Betania, 2013. El barro se subleva (Cuentos cortos, Ediciones Baquiana, 2014) y Temporada para suicidios (Cuentos cortos, Eriginal Books, 2015), Muestrario de un vidente (Poesía. Proyecto Editorial La Chifurnia, 2016), Fragmentos de un deceso/El revés en el espejo, en conjunto con David Sánchez Santillán para la colección Dos Alas (El Ángel Editor, 2017), El arte de perder/The Art of Losing (Poesía Bilingüe, Eriginal Books, 2017) y El hombre incompleto (Poesía, Dos Orillas)

 

  Magali Alabau, nació en Cienfuegos, Cuba.  Sus libros de poemas: Electra, Clitemnestra (Editorial El Maitén, Chile. 1986)  La extremaunción diaria (Ediciones Rondas, Barcelona, 1986), Ras (Ediciones Medusa, New York, 1987), Hermana (Editorial Betania, Madrid, 1989), Hemos llegado a Ilión (Editorial Betania, Madrid, 1992), y Liebe (Editorial La Torre de Papel, Coral Gables, 1993). Después de dos décadas de silencio u a partir de 2011 el Editorial Betania, ha publicado Dos Mujeres, Volver y Amor Fatal en 2016.
Ir y Venir, (2017) Poesía reunida 1986-2016 acaba de ser publicada por Leiden Bokeh sello editorial de Almenara Press.

 

 

 


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